Desde la época del descubrimiento hasta el siglo XIX, el liderazgo mundial de Europa fue virtualmente indiscutible. Los Estados Unidos habían fueron la primera posesión europea de ultramar en obtener la independencia, pronto tuvieron lugar movimientos similares en otras regiones de América donde los europeos se habían establecido. A pesar del poder de Europa durante el siglo XIX, hubo algunas señales de que los días de la supremacía europea llegaban a su fin.
A principios del siglo XIX, los Estados Unidos eran una potencia de segunda clase, desempeñaban sólo una función menor en los asuntos internacionales. Un siglo después, se habían convertido en el árbitro decisivo en la guerra más grande que Europa y el mundo jamás habían visto. La comprensión del recién llegado a los asuntos mundiales fue un proceso lento y gradual. A lo largo de la mayor parte del siglo XIX, América se mantuvo políticamente aislada, tanto que "aislamiento" se convirtió en un término que se aplicaba comúnmente en la política exterior norteamericana.
En 1 823, con la Doctrina Monroe, América exhortó a Europa a que desistiera de cualquier colonización futura en el hemisferio occidental. A pesar del aislamiento político en el que los Estados Unidos concibió su destino, las relaciones culturales entre la nueva república y el viejo continente se mantuvieron fuertes, aunque América fue ante todo un receptor en lugar de un contribuidor en su cambio cultural. América había participó de la moda europea del Romanticismo. Hacia mediados del siglo XIX, los escritores norteamericanos atrajeron la atención del extranjero hacia la literatura norteamericana.
En el plano político, los esfuerzos exploratorios de los reformistas norteamericanos en la defensa de los derechos de la mujer, el pacifismo y la moderación provocaron respuestas de ultramar, así como la gradual adopción en Europa del sufragio universal del hombre, la educación pública gratuita obtuvo un gran provecho del ejemplo norteamericano. En cuanto a las invenciones técnicas, los Estados Unidos mostró signos del talento que al final lo convirtió en la principal nación industrial del mundo. El intercambio cultural entre Europa y los Estados Unidos se hizo, de ese modo, menos injusto. El perfeccionamiento de los medios de comunicación también desempeñó su papel. En la década del 60, el barco de vapor había comenzado a competir exitosamente con el barco velero y la colocación de un cable transatlántico en 1858 favoreció el intercambio de noticias e ideas.
En el plano demográfico, el crecimiento territorial de los Estados Unidos se relacionó estrechamente con el crecimiento fenomenal de su población. De menos de 4 millones en 1790, la población aumentó a 60 millones durante un siglo. Mucho de este crecimiento se debió al flujo continuo de inmigrantes europeos, que totalizaron más de 35 millones entre 1815 y 1914.
Muchos de ellos huían de la persecución política o religiosa, también las oportunidades económicas del Nuevo Mundo atraían a muchos. El suministro constante de mano de obra barata, proveniente de la inmigración, fue una bendición para la creciente economía norteamericana. La rápida norteamericanización de los nuevos ciudadanos se favoreció con el hecho de que los Estados Unidos no tenía clases privilegiadas, ni iglesia establecida, ni casta militar.
La idea de oportunidades económicas para todos, una sociedad abierta, en la cual la habilidad y el trabajo duro conducían al éxito, fueron los ingredientes del "sueño americano", si no, siempre la realidad.
En el sentido económico, como la mayoría de los países europeos, los Estados Unidos, en la primera mitad del siglo XIX, era un país primordialmente agrario. La abundancia de tierra atrajo a europeos hambrientos de ellas. Pero el aumento de la población requirió de soluciones económicas adicionales, que fueron proporcionadas por la industria. A mediados del siglo XIX, los estados del este habían desarrollado la industria. Al mismo tiempo, la expansión de los territorios del oeste proporcionó un mercado en constante expansión. La industrialización a gran escala no ocurrió hasta después de la Guerra Civil (1 861-1 865). Sin embargo, antes de 1 860, muchos de los efectos sociales de la industrialización, observados en Europa, se hacían sentir. Durante la primera mitad del siglo XIX, los sindicatos norteamericanos comenzaron a organizarse, pero un movimiento sindical en el sentido moderno, en Norteamérica como en Europa, no se desarrolló hasta mucho después.
En su filosofía económica, Norteamérica compartió la fe de los liberales europeos en la libertad del control estatal. La revolución norteamericana había luchado contra las restricciones mercantiles impuestas por la metrópoli. Cuando esas restricciones desaparecieron, quedaron pocos obstáculos para la libre empresa. De ese modo, una filosofía de liberalismo vino a permear la vida económica de los Estados Unidos. Con el área de libre comercio más amplia del mundo dentro de sus propias fronteras, los industriales norteamericanos desearon ansiosamente mantener fuera a los competidores extranjeros.
El espíritu revolucionario en Europa después de 1815 tuvo su paralelo en la inquietud que prevaleció en los Estados Unidos durante los años 20. La fuente de esa inquietud fue económica y social. Como la población de Norteamérica aumentó y los nuevos territorios obtenidos con la adquisición de la Luisiana (1803) y de la Florida (1819) se colmaron con los nuevos asentamientos, se suscitaron diferencias entre los intereses establecidos en el este y las nuevas fuerzas en la frontera oeste. El descontento entre los nuevos trabajadores inmigrantes del este y en los asentamientos del oeste se expresó en la urna electoral, como resultado del desarrollo del proceso democrático después de la revolución.
Ahora bien, la democracia en los Estados Unidos tardó en llegar a todas las capas de la sociedad; no fue hasta después de los años 20 que se adoptó el sufragio del hombre en la mayoría de los estados. La democratización de la política continuó con la adopción de la protección o del "sistema de premiar servicios al partido con empleos públicos" y con la práctica de obtener candidatos presidenciales nominados por convenciones nacionales y no entre un puñado de líderes de partidos.