Los resultados económicos de la guerra fueron incluso más serios que sus consecuencias políticas. Las pérdidas territoriales causaron un shock económico importante entre las potencias derrotadas. El conflicto que se sumó, surgió, al parecer, de las ilimitadas demandas de indemnizaciones. Pero los vencedores también hallaron que la marcha no era nada fácil. Las regiones industrializadas de Francia y Bélgica fueron devastadas. En Europa oriental, la falta de semillas, fertilizantes e implementos agrícolas produjo una marcada decadencia de la producción agrícola. Todas las potencias, particularmente Inglaterra, habían perdido importantes mercados externos. Asimismo, un retorno general a las tarifas proteccionistas atrasó en todas partes la recuperación.
Los efectos de la crisis económica de posguerra se hicieron sentir de muchas maneras. Cinco años después de la guerra, la producción industrial total de Europa alcanzó sólo dos tercios de su nivel de preguerra. El desempleo, que nunca fue un problema en el pasado, tomó proporciones alarmantes. Otra repercusión se hizo sentir en materia de finanzas. Todos los países importantes sufrieron una severa inflación.
En la recuperación europea, el capital norteamericano desempeñó un papel importante en las economías de Europa. La mayoría de los préstamos norteamericanos fueron privados y a corto plazo. Su devolución se hacía difícil por la política arancelaria de Norteamérica. En lugar de ayudar a los deudores extranjeros a saldar sus obligaciones mediante el aumento de las exportaciones, los Estados Unidos se circunscribieron a las altas murallas arancelarias. Esa política pronto provocó una oleada universal de proteccionismo. Los economistas advirtieron insistentemente contra la falta de previsión, finalmente la Liga de las Naciones se vio obligada a convocar una Conferencia Económica Mundial en 1927. En su informe final, los delegados instaron a sus gobiernos a disminuir los aranceles tan pronto como fuera posible. Antes que se pudieran tomar medidas, comenzó la Gran Depresión. Entre sus causas, de ninguna manera estaba el proteccionismo.
A pesar de sus advertencias sobre los aranceles, la Conferencia Económica Mundial fue optimista. Francia había reconstruido sus devastadas regiones, había modernizado su industria y estabilizado su moneda. Alemania se había recuperado del shock de la inflación y había mejorado tanto su producción que nuevamente era el líder industrial de Europa. La recuperación de Inglaterra fue más lenta por su adhesión al patrón oro, a métodos productivos anticuados y al alto nivel de vida de los trabajadores. En Italia, el gobierno fascista de Benito Mussolini aumentó exitosamente la producción alimentaria. En Rusia, una nueva política produjo una gradual mejora económica.
Sin embargo, esta aparente recuperación económica también tenía sus puntos débiles. Se limitó principalmente a la industria.
La agricultura continuó padeciendo de la superproducción y la competencia externa. La decadencia del poder adquisitivo rural surtió efecto en la industria. Algunos productores, atraídos por los préstamos norteamericanos y los sus métodos masivos de producción, se extendieron más allá sus mercados. Cuando, después de la quiebra norteamericana en octubre de 1929, los préstamos norteamericanos se suspendieron y los viejos préstamos se anularon, la economía europea, privada de su inyección financiera, colapsó.
En una década, Europa vino a completar el ciclo de la desesperanza mediante la esperanza y el regreso a la desesperanza.
La disminución de la tensión internacional, la recuperación económica, así como el aire de estabilidad general y de prosperidad parecían completamente reales. Ello se tomó como una prueba de que Europa había encontrado finalmente la paz que tanto había buscado. Podría preguntarse qué hubiera pasado exactamente si la recuperación hubiera tardado otros diez años.
No hay que esforzarse para entender los desagradables acontecimientos de los años 30 y 40, la Gran Depresión parecía inevitablemente larga.