La Gran Depresión abarcó ambas guerras mundiales - sus raíces se remontan a la primera y sus efectos contribuyeron a la Segunda. Mientras los gobiernos trataban de reparar los daños del cataclismo de 1929, las nubes anunciaban la catástrofe de 1939. En esta crisis creciente, el firme liderazgo era un imperativo. La necesidad de liderazgo se sintió con fuerza entonces, en los Estados Unidos.
El descontento con muchas de las medidas republicanas fue el principal responsable del giro democrático de las elecciones de 1932. Por más de once años, Franklin D. Roosevelt guió a los Estados Unidos. El nuevo presidente enfrentó las más difíciles necesidades internas y externas con una determinación y una confianza que lo hizo ganarse la admiración de la mayoría de los norteamericanos.
Algunas de las medidas de Roosevelt tuvieron un resultado inmediato, algunas necesidades, sin embargo, perduraron hasta el presente. Los republicanos denunciaron que la interferencia gubernamental con la libre empresa tendía a corromper el espíritu de guía de Norteamérica y su propia seguridad. Al establecer impuestos para los ricos y ayudar al pobre, Norteamérica fue mucho más lejos, repudió su tradicional fe en el liberalismo. El creciente nivel de vida aceleró, en lugar de retardar, el desarrollo del comercio norteamericano. Si bien el "nuevo convenio" creó asombrosas cargas financieras, la nación como un todo parecía dispuesta y capaz para llevarlas.