El objetivo principal de la regulación económica fue mejorar el bien común, no aumentar las riquezas de los individuos. Pero para el rey la definición de bien común era la fuerza y la seguridad de su reino, no el aumento general del consumo o el nivel de vida.
Para evitar pérdidas, se estimuló a las industrias y la marina mercante del país, así como a las colonias que proporcionaban las materias primas, de otra manera, se hubiera requerido su compra en el exterior. En la esencia del mercantilismo estuvo la convicción de que el comercio era la más importante de las actividades económicas, que la regulación del comercio era la empresa económica más vital del gobierno y que la regulación debería generar la autosuficiencia y la disposición para la guerra.
Los mercantilistas favorecieron a las colonias tropicales que aumentaran la fuerza de la metrópoli mediante el suministro de productos como el azúcar y el té, así como con la compra de productos manufacturados.
El aumento de los precios que caracterizó el siglo XVI, se redujo en el XVII e incluso se pudo revertir por un tiempo. Mientras que los precios se cuadruplicaban entre 1500 y 1600, éstos no aumentaron más del 20 % durante los siguientes cien años.
Con precios que aumentaban con mayor rapidez que los ingresos del gobierno, la bancarrota estaba siempre a la vista. Los problemas de deflación eran más serios. Los impuestos daban menos, mientras que los gastos del gobierno (mayormente para las guerras) continuaban en aumento. Las clases que se habían beneficiado con la inflación del siglo XVI -mercaderes, banqueros, hombres que invertían en la tierra (como la pequeña burguesía inglesa)- encontraron una atmósfera financiera espeluznante en el siglo XVII.
En Inglaterra, después de 1688, surgió un gobierno que obtuvo la confianza del parlamento así como de la comunidad comercial, fue capaz de construir un sistema excepcionalmente fuerte de finanzas públicas con impuestos parlamentarios, un banco nacional y una deuda pública permanente. En una era dominada por el comercio, un estado con comercio floreciente, merecedor de la confianza de sus comerciantes, podía resistir cualquier tormenta financiera.
La primera mitad del siglo XVII fue el umbral de lo que los historiadores han llamado la Primera Europa Moderna. Se sentaron las bases para la monarquía institucional en Inglaterra. Se asistió a la decadencia de España. Francia se convirtió en la potencia más fuerte de Europa. La competencia económica entre Europa y ultramar se convirtió, a partir de aquel momento en el tema predominante de los asuntos internacionales.
Durante la última mitad del siglo XVII, Francia fue la principal nación de Europa. Su población era dos veces mayor a la de España y cuatro a la de Inglaterra. Su tierra era fértil y su comercio e industria crecían.