Breves apuntes a la cantiga que Alfons X dedicó a cierto deán de Cádiz - El estado de la cuestión (II)
2 - El estado de la cuestión (II)
La cantiga ¾ insisto¾ no se enmarca en tonos zahirientes para con el estamento clerical; cabe, no obstante, observar en esas hipérboles una mezcolanza de propósitos que, lejos de inserir la burla en matices de escarnio, sí aúna, en su perfecto reverso, ese tono hiperbólico de lo procaz a una necesidad más propagandística por parte del poeta regio. Quiero pensar, llegados a este punto, en una siguiente conjetura que esboce no sólo la naturaleza sino también la procedencia de los dos libros que leía nuestro deán.
Aduce Villanueva diversas conjeturas en favor de dichas obras. Y alega luego libros como el Picatrix, las Partidas, el Lapidario o el Libro de las formas e de las imágenes; citados todos ellos a tenor de las traducciones alfonsíes pero, sobre todo, debido a sus contenidos relativos a la magia y la hechicería. Ahora bien, el crítico opta por prescindir de plano del tema de la magia. Descartada toda posibilidad de hechicería, se aviene luego a los livros d’arte, es decir, a esos tratados de amor que circulaban en el contexto del XIII. Las conjeturas trazadas por Villanueva en este punto son en su caso bastante parciales; habida cuenta, sobre todo, de la consabida tendencia del crítico a inclinarse por las tesis arabistas. A tenor de ello descarta sin más el Ars Amandi de Ovidio por estar "fuera de contexto" y acto seguido pone su punto de mira en los tratados orientales de erotología, cuyos ecos circularían sin ninguna duda en tierras de Al-Andalus y culmina-rían en una obra concreta: El collar de la paloma de Ibn Hazm.
A sabiendas entonces de la parcialidad de Villanueva he optado por llevar a cabo una revisión que, de alguna manera, relativice dichos planteamientos. Planteamientos que, en buena medida, resultan válidos por cuanto con ellos se señalan unas fuentes que muy bien podrían estar en el trasfondo de la cantiga; pero que, por contrapartida, deben ser tomados con suma cautela ¾ máxime si se parte, como ya se ha dicho, de esas tendencias arabistas en el crítico. En el examen de las fuentes he acudido por tanto a los libros mentados por el orientalista tanto en lo tocante a los tratados amorosos, como a todos aquellos libros apuntados a tenor de las traducciones relativas a la magia y la hechicería.
En lo que respecta a los livros d’arte, cabe notar ante todo que el Ars Amandi de Ovidio no es, en efecto, la fuente expresa en la que se inspire la cantiga. Dejando de lado que la obra ovidiana estuviera o no aureolada por el respeto que la cultura latino-eclesiástica suscitaba, su contenido, simplemente, no se adecúa al poema. Pero es que tampoco se adecúa en ello el libro de Ibn Hazm citado por el crítico y que, sin duda, la difusión del XIII había puesto en voga en Al-Andalus ¾ doy por sentado que El Collar de la paloma estaría muy presente tanto en la tradición oral como en la escrita: la crítica es bien unánime al punto. Pero que tengamos presente esa fuerte divulgación de textos árabigos no implica que debamos hacer leña de todos los árboles ¾ aun cuando conocemos la enorme importancia que esos textos cobran en las traducciones alfonsíes. Porque el Collar de la paloma, aún siendo un tratado de amor erótico, está concebido con un len-guaje tan refinado y exquisito que cualquier procacidad en él resulta del todo impensable. Ni remotamente puede verse en ello la fuente de la cantiga. En una lectura muy forzada alguien observaría acaso un antecedente en el capítulo XXVI a tenor de la pasión amorosa que extravía el conocimiento del cerebro provocando así la confusión e inversión de algunas de las visiones. Ahí el dato sustentaría la confusión de los cuervos en grullas y de las anguilas en gusanos de seda; pero la referencia me parece remota, forzada e insuficiente, por lo que puede prescindirse de ella sin ninguna clase de reparos.
Esto en cuanto a los livros d’arte propuestos por Villanueva. En lo tocante a las obras colindantes a la magia y la hechicería cabe descartar, por lo mismo, el Picatrix, cuyo contenido supone más que nada una apología de la hechicería, la astrología y la nigromancia. Pero nada más. Raras veces refiere el Picatrix algún encantamiento concreto porque su exposición, como digo, de la magia se esboza en líneas muy genéricas y con un tono y un propósito esencialmente panegíricos.
Tampoco es en las Partidas donde cabe buscar la fuente. Como bien es sabido, las Partidas es uno de los códigos legislativos más completos de toda la Edad Media, por lo que no deja de resultar desconcertante que Villanueva se haya referido a ellas a propósito del tema la brujería. Queda fuera de lugar, por tanto, observar en ello los livros en los que el deán se ilustra para ejercitarse en el arte do foder; casi resulta ocioso decirlo. Como enojoso resulta tener que descartar por lo mismo el Lapidario de Alfonso; obra destinada a la exposición de las cualidades beneficiosas o perjudiciales de las gemas según el influjo que en ellas ejercen los signos zodiacales, las constelaciones, la conjunción de los planetas, etc. Tampoco en esas peculiaridades gemológicas y supersticiosas hay nada que pueda indicarnos que la obra sea trasunto de la cantiga. Ni en segundas lecturas ni en forzadas alusiones que puedan dar pie.
Sólo cuando uno pretende asomarse al Libro de las formas e de las imágenes se vislumbra esa débil luz de probabilidad. Del Libro de las formas no conservamos, sin embargo, contenido alguno. Lo que nos ha llegado es, en su caso, un índice preliminar de la obra que revela las fechas en las cuales se compuso así como la estructura en los diversos tratados y la división de éstos, primero en signos zodiacales, después en capítulos. Nuestro desconocimiento del contenido es entonces notorio; no obstante, los epígrafes recogidos en el índice dan bastante que pensar. Por de pronto, evidencian ese punto de intersección en el sumario que inflexiona, de un lado, el campo de la temática erótica; de otro, el arte de la hechicería y de la nigromancia. Un sucinto apunte de algunos epígrafes resultará suficientemente sugestivo para remitirnos al contenido de la cuarta copla:
Pora saber bien el arte de nigromancia et seer auenturado en ella.
Pora fazer uenir aqui quisiere algun mal acaescimiento et toller gelo otrossi.
Pora fazer endiablar a qui quisieres.
Pora toller el mal de qui quisieres.
Pora se allongar si vida et seer sabidor de magia et de nigromancia.
Pora servir se delos espiritos que son en las tinieblas.
Por auer poder sobre los demonios.
Pora obedeçer te todos los espiritos que moran en las tinieblas o en los infiernos.
El Libro de las formas debía de tener un contenido esotérico y, colindante a ello, tintes de carácter visionario:
Aquí comiençan los capítolos de la segunda parte que fabla de otra manera de ymagenes que se fazen en las piedras.
Pora fazer aqui quisieres que semeie perro et que andan aderredor mucho perros.
Pora veer las estrellas tan bien de dia como de noche.
Pora fazer fremosas las formas de las mugieres et feas las de los uarones.
Pora demostrar milagros e marauillas.
Rayando esos matices cabe apuntar igualmente epígrafes que evidencian visos bien cercanos al proceso de philocaptio:

Pora fazer uenir el uaron a la mugier a qual logar quisieres.
Pora amar te quantas mugieres quisieres.
Pora fazer uenir apriessa et con amor aqui quisieres.
El primer capitolo es pora amar mugieres e non quitarse dellas.
Por seer amado de las mugieres.
Pora auer poder de iazer muchas vezes con mugier.
Por seer amado de quantas te uieren.
Pora seguir te qualquier mugier.
Pora seer amado et reçebido de qualquier mugier.
Pora obedecer te la mugier e que faga tu voluntad.
Epígrafes que resultan suficientes para comprender el significado de los versos 20-24. Porque el Libro de las imágenes, como vamos viendo, tiene un contenido tan relacionado con la magia y los procesos de philocaptio como con los tratados de arte figurativo. De ahí que anteriormente resultaran tan desconcertantes las apreciaciones de Villanueva, habida cuenta de que según el crítico la cantiga no hace mención expresa de talismán, piedra o conjuro alguno. Debe admitirse, desde luego, que los procedimientos de philocaptio sí precisaban de la expresa intervención de cada uno de estos elementos. Pero una cantiga que se mueve en propósitos meramente jocosos y en necesidades que toman un cariz propagandístico supone siempre una forma estrófica tan mínima y cerrada que no es posible atender a ese tipo de minucias. Que la composición no contenga referencia alguna a objetos o talismanes no implica que los tratamientos relativos a la philocaptio no encontraran lugar en la obra alfonsí.
Amén de todo ello, el Libro de las formas viene aderezado igualmente con parámetros visionarios de otra índole. En el pensamiento quisiera circunscribir el difícil pasaje citado anteriormente a propósito de la confusión de los cuervos en grullas y de las anguilas en gusanos de seda. Nótense a este propósito los siguientes epígrafes:
Pora amansar las aues et por fazer las maneras.
Pora quel obedezcan las aguilas e los leones e toda aue.
Pora fazer semeiança de cueruo
(el subrayado es mío)
Epígrafes cuyas referencias nos permiten encajar con aplastante evidencia los vv. 11-13 de la cantiga. Acaso pudiera echarse en falta la cumplimentación de la referencia de los cuervos con las grullas para demostrar sin género de dudas que la correlación entre ambas aves es indiscutible en el contenido de la obra. El índice del Libro de las imágenes está impregnado, sin embargo, de numerosas alusiones a las aves. Por lo que, no es de extrañar que el contenido de dichos epígrafes remitiera a todo ello ¾ hay muchos más en el libro pero me he limitado a espigar sólo aquéllos que he estimado más representativos a la hora de conjugar matices visionarios y formas enmarcadas en contextos de conjuros y hechicerías que disciplinas tales como la emblemática tampoco se detienen a explicar.
Cabe retomar también una somera aclaración lingüística. Como bien es sabido una de las variantes adiáforas de la cantiga es precisamente aquella del verso 13 en la que la forma aguias ¾ águilas¾ alterna con anguias ¾ anguilas. Piénsese que el Libro de las imágenes no recoge mención expresa a anguilas que puedan semejar gusanos; aún así necesitamos fijar la lectura del verso en anguias y no en aguias. Se trata de una mera exigencia apriorística ¾ semántica y metafórica¾ que nos permitirá acoplar a posteriori ambas referencias en un mismo símil.
Nuestro índice ofrece igualmente alusiones al gusano de la sedaxi:
Pora seer los gusanos de la seda guardados que uayan pora bien.
Pora que mueran los gusanos de la seda.
Bien es cierto que en sendos epígrafes no se alude expresamente al verso de la cantiga o no, como mínimo, en una lectura referencial. La crítica, no obstante, se muestra unánime a la hora de ver en el pasaje una confusión ¾ debida acaso a algún tipo de alucinación¾ de carácter obsceno que escaparía nuevamente a nuestras conjeturas. De ahí que pudiera interpretarse esos anteriores epígrafes en un sentido más alucinógeno que in-mediato y siempre en relación al apareamiento y la nigromancia. Nos movemos, sin embargo, en meras hipótesis y la cautela obliga a no ir más allá.
Más aspectos que evidencien la lectura de nuestro índice: las propiedades curativas:
Pora sanar el quartanario.
Pora sanar de qualquier enfermedat.
Pora toller el mal de qui quisieres.
Pora guareçer el apilentico o al loco o al enfechizado.
Pora seer saluo de uenino e de fiebre.
Pora los que an fiebre con calentura o calentura atal desta natura.
Pora deliberar e guardar e guareçer de fiebres quartanas e toller las muy ligeramente.
Pora guardar e defender de fiebre terciana.
Pora sanar de la fiebre aguda.
Propiedades que vienen a relacionarse nuevamente con la magia negra:
Pora fazer enfermar aqui quisieres.
Pora fazer endiablar aqui quisieres.
Pora toller el mal de qui quisieres.
Pora seer de muchas palabras et demoniado et antoiadizo.
Pora auer poder sobre los demonios.
Pora obedeçerte todos los espiritos que moran en las tinieblas o en los infiernos.
Epígrafes estos que no pueden dejar de relacionarse, por cierto, con la exorcisación a la que aludían los versos 26-28 de la cantiga. La referencia, por tanto, a la facultad de exorcisar mediante el arte do foder iría implícita en todo ello ¾ téngase en cuenta que la diversidad de epígrafes de los distintos tratados aglutina, las más de las veces, todo ese tipo de componentes curativos, eróticos, nigrománticos o visionarios que aderezan ese contenido tan cercano al de la cantiga dirigida al deán.
Cabe aducir aquí un último aspecto que pone nuevamente en relación ambos textos. Pienso en la alusión que recoge la última copla de la cantiga con respecto al fue-go de San Marcial:
E, con tod’esto ainda faz al
conos livros que ten per bõa fé:
se acha molher que aja o mal
deste fogo que de Sam Marçal é,
assi a vai per foder encantar
que, fodendo, lhi faz ben semelhar
que é geada ou nev’e non al.
Así que, con esos libros, los encantos del deán resultan tan provechosos que ejerciendo este arte do foder con una mujer que padezca el fuego de San Marcialxii puede sugestionársela hasta tal punto que termine creyendo que su quemazón es hielo o nieve. La interpretación implica nuevamente la intersección de lo procaz en el terreno de lo curativo. Por lo que no resulta peregrino traer a la vista un último epígrafe:
Pora que non te faga mal la calentura nin te queme fuego.
(el subrayado es mío)
No parece casual, en fin, que tantas alusiones hayan venido engarzándose en uno y otro texto como por azar. En su encabezamiento El libro de las imágenes refiere una fecha de inicio ¾ 1276¾ y otra de finalización ¾ 1279. Si la composición de la cantiga la estimábamos en un momento inmediato o ligeramente posterior a 1276 ¾ año en el que, recordemos, se documenta esa primera carta del rey con intención de iniciar las conversaciones con los miembros del cabildo¾ , no creo descabellado suponer que la cantiga remitiera a dos de esos tratados que componen el Libro de las imágenes. Dos tratados que estarían en una primera fase de composición y que darían cuerpo a ciertas procacidades de un deán cualquiera del cabildo gaditano; siempre con un tono de hipérbole acorde a la necesidad de Alfonso de aducir una de sus obras; hipérbole ésta en la que bien poco se reconocería el anónimo deán.
