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El reinado de Felipe III - El pacifismo de Felipe III: la Tregua de los Doce Años. Paz con Inglaterra

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Creative Commons Apuntes de UnedHistoria - 23 de Agosto de 2005
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4. El pacifismo de Felipe III: la Tregua de los Doce Años. Paz con Inglaterra
El gobierno de Felipe III era un gobierno conservador.  Aceptaba en sus pun­tos esenciales los objetivos nacionales que se habían formado en el curso del S. XVI: la defensa de los intereses españoles en el N. de Europa y, en la penín., la perpetuación de un equilibrio entre el poder de Castilla y los de­rechos de las regiones. Pero las circunstancias econ. empezaban a volverse contra España; un sector bá­sico de la econ., el comercio de las Indias, inició, después de una centuria de crec. casi constante, un período de estancamiento y, luego, de depre­sión. En política exterior, la agresión alternaba con la inercia y, en el interior, Castilla comenzó a reajustar sus relaciones con la periferia.

La crisis financiera de los últimos años del reinado de Felipe II era motivo suficiente para impedir la acción española en el N. de Europa.  La paz firma­da con Francia en 1598 fue el reconocimiento de que España no podía luchar en 3 frentes al mismo tiempo.  En los P. Bajos, la transferencia de la so­beranía a los archiduques fue un intento tardío de poner fin al enfrentamiento con las provs. del norte por medios pacíficos y de cerrar uno de los capítu­los de gastos.  El archiduque Alberto era un hombre realista y utilizó su sobera­nía para reducir aún más los compromisos.  Por iniciativa propia envió un em­bajador a Londres para iniciar negociaciones con el nuevo monarca de Inglaterra, Jacobo I, e instó a Madrid a poner el asunto sobre la mesa de las negociacio­nes.  Esa política fructificó en el tratado de Londres (1604), que puso fin a la larga guerra angloespañola.  Con la excepción de Lerma, el gobierno de Felipe III no mostró gran entusiasmo respecto a la retirada militar en el norte de Euro­pa. Pero incluso en Madrid fue necesario plegarse a los argumentos financieros.

Fueron los P. Bajos los que reaccionaron + fulminantemente ante las dificultades espa­ñolas. Desde el decenio de 1590 y la costosa intervención en Francia, la Re­pública holandesa había realizado nuevos progresos políticos, econ. y militares y el mantenimiento del «camino español», nexo vital entre la metró­poli y sus distantes dominios, dependía de la buena voluntad de Francia, que era la que podía bloquearlo.  Los acontecimien­tos del año 1600 no podían haber sido + negativos.  La guerra contra las Pro­v. Unidas se libraba ahora también en otro frente -el océano Indico- ­y en los P. Bajos el amotinamiento de las tropas que no habían recibido a tiempo su soldada empeoró las perspectivas españolas.  Pero la decisión de Felipe III de continuar la lucha se vio repentinamente recompensada.  En 1602-1603, la expansión cíclica en el comercio de las Indias reportó beneficios comparables a los obtenidos en los años + brillantes y permitió al gobierno aumentar las consignaciones a los P. Bajos.  Esto dio pie a reanudar las operaciones militares y realizar con éxito el asedio de Ostende, dirigi­do por un nuevo y brillante comandante militar, Ambrosio Spínola.  La victo­ria de Ostende de 1604 fue el preludio de una ofensiva a gran escala en el curso de la cual Spínola penetró en Frisia para abrir una cuña en las Prov. Uni­das y cortar sus líneas de comunicación con Alemania.  Pero la campaña de Yssel concluyó bruscamente en 1606.  La dificultad del terreno y la habilidad táctica de los holandeses abortaron la ofensiva española.  Sin embargo, no eran estos los únicos obstáculos, pues otro grave motín de las tropas españolas, en 1606, desarboló el esfuerzo de guerra desde dentro.  La causa del motín fue la falta de pago a consecuencia de las dificultades financieras derivadas de la dis­minución de las remesas de las Indias en los años 1604-1605.

La revuelta de los tercios en 1606 quebrantó la convicción española respec­to a la posibilidad de reconquistar las Prov. Unidas y, junto con la sus­pensión de pagos de 1607 y las pérdidas sufridas en el comercio de las Indias ese mismo año, convenció al gobierno español de que había llegado el momento de negociar.  Sin embargo, una vez + fue la adm. en Bruselas la 1ª en afrontar la realidad.  El archiduque Alberto era consciente de que las Prov. Unidas nunca aceptarían una rendición incondicional.  Ahora era un Estado, reconocido como tal por muchas potencias europeas, que poseía una adm. eficaz, un próspero comercio internacional y una protec­ción natural contra cualquier ejército invasor.  Pese a sus éxitos iniciales, la re­ciente campaña había demostrado simplemente la imposibilidad de reducir a los holandeses por la fuerza.  Así, el archiduque concluyó, por propia iniciati­va, un alto el fuego con los holandeses en marzo de 1607.  Concesión trascen­dental de principio, ya que incluía el reconocimiento de la soberanía de Holan­da mientras durase el alto el fuego.  Pero aún fueron mayores las concesiones en las negociaciones subsiguientes, pues era obvio que España tendría que re­conocer la soberanía holandesa en unos términos que no permitirían una cláu­sula de salvaguardia en favor de los católicos.  Fueron todos ellos duros golpes contra el orgullo castellano, hasta el punto de que Madrid se resistía a aceptar las recomendaciones de paz del archiduque, por mucho que contara con el apoyo del experto militar, Spínola.  Felipe III intentó evadir la decisión definitiva.  El año 1608 constituyó un éxito sin precedentes en el comercio transatlántico, lo que indujo al gobierno español a acariciar la idea de romper las negociacio­nes de paz y financiar una nueva ofensiva.  Pero el gobierno se vio obligado a aceptar lo inevitable y firmar una tregua de 12 años con las Prov. Unidas en 1609.

La decisión de 1609 constituyó un hito en la política española.  España con­siguió un respiro en los P. Bajos, reduciendo su ejército a una fuerza de sólo 15.000 hombres y recortando la asignación anual de 9 a 4 mills. de flo­rines.  Es cierto que en ultramar los holandeses continuaron asediando las posi­ciones de las potencias ibéricas.  Pero, indudablemente, España había sufrido una derrota política, militar e ideológica, que había supuesto una grave afrenta para su prestigio.  Castilla, frustrada en el exterior y herida en su autoestima, iba a hacer gala de una nueva y + intensa sensibilidad en sus relaciones políticas; comenzó a buscar compensaciones en lugares menos alejados y a considerar + atenta­mente su posición en la penín.
Autor y licencia de 'El reinado de Felipe III - El pacifismo de Felipe III: la Tregua de los Doce Años. Paz con Inglaterra'
UnedHistoria Extraído de: http://www.geocities.com/unedhistoria/

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