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Capítulo 10
Al día siguiente de que aconteció esa situación, no fui a trabajar; la noche anterior olvidé preparar el reloj despertador, por lo cual me desperté un poco más tarde de lo acostumbrado. Pude haberme levantado, irme a la oficina y de alguna manera justificar la llegada tardía, pero me sentía tan decaído que sin pensar en nada, decidí seguir durmiendo.
Desperté cuatro horas después. Había dormido durante casi quince horas y ya mi cuerpo me estaba pidiendo levantarme. Sin embargo, dormir era lo único que quería, e incluso sentía un leve deseo de no despertar jamás.
Estuve unos minutos dando vueltas en la cama antes de levantarme. Fui al teléfono público y llamé al trabajo para justificarme con el pretexto de alguna enfermedad que ya ni recuerdo. Me creyeron probablemente debido al apagado tono de voz con el cual yo hablaba en ese momento. Esa ausencia laboral marcó el inicio de una relativamente larga serie, de constantes llegadas tardías en el trabajo y fallos en la universidad.
Me devolví a la casa y empecé a prepararme algo de comer. Cuando recordaba que ya se habían perdido todas las esperanzas de volver con Dina, sentía dolor, miedo y un vacío intenso en el pecho.
Ante esas emociones tan desagradables para mí, yo sólo agachaba la cabeza, respiraba profundo, apretaba los puños y esperaba a que fueran desapareciendo. A ratos me lograba sentir mejor, pero en otros momentos volvía a caer en un estado profundo de tristeza. En algunas ocasiones lloraba, en otras me enojaba, conmigo mismo y con la vida.
Estuve así durante varios días; entristeciéndome, enfadándome, y decayendo tanto en el trabajo como en la universidad.
Cierta mañana en la oficina, le conté a Viky sobre mi encuentro con Dina acaecido unos días atrás en la universidad. Le comenté al detalle sobre lo que hablamos. Viky se mostró molesta por la actitud de Dina, se preguntó cómo, siendo capaz de perdonar a un hombre como el esposo, me había juzgado a mí tan severamente y no quiso darme ni una oportunidad. También me dijo que probablemente ella se estaba acostando con él desde antes de terminar conmigo.
No supe cuál fue el motivo por el cual Viky dijo eso último, pero no me preocupé por averiguarlo, ya que me parecía inútil seguir pensando al respecto.
Sin embargo, quizá esas palabras calaron en mi mente sin darme cuenta, ya que después del trabajo, en la noche, cuando estaba en mi casa, de una forma inesperada vino a mí, el recuerdo de Viky hablándome, y detrás de ello, como un navajazo en el corazón, la imagen de Dina diciéndome: “yo ya tengo mi vida resuelta”.
Eso dijo cuando hablamos por última vez, haciendo referencia al hecho de haber vuelto con el esposo. Pero lo más doloroso era estar recordando de manera repentina, que esa misma frase me la dijo por teléfono el día después de terminar nuestra relación. Con mucho dolor, pensé:
Entonces, cuando ella dijo ya tener la vida resuelta al día siguiente de haber finalizado nuestro noviazgo, quiso decir que se había reconciliado con el marido. ¿Habrá vuelto con él un día después de terminar conmigo? Por lo visto no sentía por mí, tanto amor como decía. ¿Habrá estado saliendo y hablando con él desde antes, como dijo Viky? Podría ser por eso que desde unos días antes de terminar la relación, yo la percibía extraña y con intenciones de dejarme.
De todos modos, aunque no hubiera vuelto con él al día siguiente de terminar conmigo, volvió en un lapso de tiempo relativamente corto, o sea, prácticamente me dejó para irse con otro.
¡Me parece increíble! ¡Cómo desconfiaba de mí y me celaba absurdamente, pensando que yo me podría ir con otra y fue ella quien lo hizo!
Eso último lo pensé porque Dina era muy celosa. En diversas oportunidades tuvimos discusiones bastante largas y aburridas -por lo menos para mí-, a causa de sus tantas explosiones de celos, las cuales me parecían absurdas, ya que nunca tuvieron el menor fundamento en la realidad.
A veces ella empezaba -de un pronto a otro y sin estar hablando de ello-, a decir cosas como; “por ser vos cuatro años más joven que yo, tal vez otras muchachas de tu edad o menores te coqueteen y entonces me vas a dejar”. Yo intentaba a toda costa, explicarle que no tenía por qué pensar así, pero no me escuchaba, entonces permanecía callado mientras ella seguía durante un buen rato con lo mismo, hasta terminar furiosa.
En ocasiones esos comportamientos me parecían bastante cercanos a la locura. Era impresionante ver lo irracional que podía llegar a ser cuando le daba connotación de absoluta realidad, a algo existente sólo en su imaginación. Sin embargo, como estaba tan enamorado procuraba ignorar esas situaciones y no enojarme.
Pero ahora, cuando me encontraba en mi casa evocando sus continuos ataques de celos y conjeturando que probablemente sí andaba con el esposo desde antes de terminar conmigo -como dijo Viky-, empecé a sentir mucha ira. En un arrebato, dije en voz alta:
¡Qué ser más hijueputa es Dina, de verdad se merece estar con ese miserable agresor y no conmigo! Nunca la creí capaz de hacer algo similar a lo que tanto me recriminaba.
Estuve durante un rato sentado esperando a que pasara el malestar producido por la cólera. Mientras tanto venían a mí, recuerdos de algunas ocasiones en las cuales me atemorizaba su actitud tan desconfiada, debido a que me hacía visionar un futuro muy limitado, en el sentido de verme obligado a disminuir significativamente mis salidas con amigos, -porque según ella me presentarían mujeres-, e incluso abandonar completamente, actividades normales para mí, como visitar a una amiga.
También recordé cuando una vez le di mi opinión en materia de fidelidad; uno nunca puede estar absolutamente seguro de su pareja, eso es cuestión de tenerle confianza a la otra persona, y de no ser así la relación se convertirá en un martirio constante, por estar perennemente sintiéndose mal a causa de algo incierto. Pero para ella esas palabras no tenían valor, seguía igual de celosa.
Me acordé además, de pocos y cortos momentos en los cuales daba mínimas muestras de entender que “a veces” se llevaba esa situación al extremo, pero aun así seguía igual; celándome hasta en las formas más ilógicas.
El estar rumiando esas vivencias, me hizo preguntarme si los celos tendrán alguna función positiva. Se me ocurrió que podrían obedecer a un mecanismo de protección sicológica de los seres humanos, por lo cual, hasta cierto punto y en determinadas ocasiones, podrían estar justificados.
Especulé que si el vínculo de pareja representa, no sólo la satisfacción de ciertos placeres, sino también la inclusión de uno en el mundo del otro, con el afán de compartir sus vidas y estar juntos, resulta natural si en determinada circunstancia uno de los dos se manifiesta contra ciertos comportamientos de la otra persona, por considerarlos perjudiciales para la relación.
Incluso consideré normal el sentirse limitado en uno que otro aspecto, a causa de la unión de pareja. Eso, porque hay un acuerdo a seguir para poder convivir juntos, y violarlo podría conllevar un daño a la relación. Pero cuando esta situación se torna cada vez más intensa y termina cruzando la transparente y sutil línea definitoria de hasta dónde esto es sensato, se convierte en una estallido de celos enfermizos, como me parecía, era el caso de Dina.
Al terminar de reflexionar sobre este asunto de los celos, intenté consolarme presumiendo que quizás me había librado de algo muy mortificante, como lo es una persona celotípica.
Suponer eso apaciguó un poco mi dolor, pero ese alivio no duró mucho. Un rato después empecé a sentirme mal otra vez a causa de un nuevo pensamiento que había llegado a mi mente: me abandonó a pesar de que la trataba bien, para irse con quien la había herido tanto.
Yo ya había escuchado sobre muchos casos similares de personas aferradas a quienes las agreden. Pero que fuera Dina quien estaba en esa situación me parecía inconcebible. No entendía cómo podía querer estar al lado de quien le maltrata continua e intencionalmente.
Pensar en eso me hizo sentir una gran decepción, pero posteriormente recordé que para esas personas, dejar a sus parejas y manejar adecuadamente esas situaciones, representa una notable dificultad. Al respecto discurrí:
Dina se acostumbró a su prisión y no toleró la libertad. Logró salir de ese ambiente violento pero se sintió descontrolada por no conocer el nuevo entorno al cual pasaría. Prefirió no enfrentarse a lo desconocido y pagar un altísimo precio por ello.
Al terminar de pensar en eso empecé a llenarme de pena por imaginar que Dina volvería a un infierno de vida.
Eran muchas las cosas que estaba sintiendo hacia Dina, en algunas ocasiones enojo y en otras, tristeza, a veces compasión, y a ratos, lástima. Era bastante incómodo tanto cambio repentino en mis emociones. Lo único que no había en mí, era alegría. Sin embargo, un rato después empecé a sentir tranquilidad al recordar que ya no tenía motivo por el cual seguir aguardando la esperanza de volver con ella.
Considerando la posibilidad de que en unas horas esa serenidad se transformara, -sin mi consentimiento-, en dolor, abatimiento o enfado, procuré disfrutarla al máximo mientras duraba. Entretanto me dije:
Bueno, de cuanto he reflexionado hoy, puedo concluir que los celos extremos y la dependencia emocional, pueden llegar a generar muchísimo sufrimiento y son capaces de aniquilar una relación. Por ello, si en algún momento me encuentro padeciendo alguno de estos males, debo buscar inmediatamente, cómo remediarlos.
Permanecí acostado sin pensar en nada más. Un par de minutos después decidí levantarme de donde estaba para realizar unos mandados. Al ponerme de pie me embargó una sutil sensación, la cual me avisaba que como en ocasiones anteriores, estaba a punto de oír un susurro en mi mente. Me mantuve a la expectativa durante unos segundos hasta escuchar:
Aunque es bueno meditar, recuerda que no puedes estar completamente seguro de las conclusiones a las cuales llegas. Tal vez la frase “ya tengo la vida resuelta”, no quiere decir lo que tú crees.
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