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Extrañando a Dina - Capítulo 11

 ***** (8 opiniones)
Creative Commons Apuntes de Marioalonso Madrigal - 19 de Febrero de 2007
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12. Capítulo 11

Capítulo 11

Pasaron los días y yo, como de costumbre desde que terminé con Dina, echándola de menos, tanto como la noche del día en el cual partió. Pero ya estaba harto de eso, deseaba olvidarla o bien, extrañarla con menor intensidad.

 

Para este momento, yo había logrado comprender -de manera intelectual-, que después de una separación se sufre un duelo, pero me costaba asimilar eso a mi propia vivencia. A veces esperaba dejar de sentir tristeza, casi de forma inmediata.

 

Después recordaba que toda pérdida requiere -si se desea superar-, de paciencia, y además, tolerancia para soportar el dolor durante un tiempo.

 

Uno de esos días, tratando de darme un poco de calma, me sugerí a mí mismo:

 

¡Paciencia! Mientras espero el cese de este maldito pesar, mientras me desintoxico del profundo dolor producido por esta situación, e incluso, mientras aguardo la llegada de un nuevo amor a mi vida.

 

Aunque en ese momento no estaba pensando en tener novia nuevamente, sí me parecía agradable la idea de más adelante, formar una relación bonita con alguien, pero sabía que ello también requería paciencia.

 

Luego, un rato después de haberme sugerido tener paciencia, en un brusco arranque de cólera, me pregunté:

 

Pero, pensándolo bien, ¿qué es tener paciencia? Es esperar, pero ¿cuánto? ¿Semanas?, ¿meses?, ¿años? ¿Y si no puedo esperar tanto?

 

Inmediatamente surgió “la voz de mi mente” -como yo la llamaba-, pero esta vez no como un susurro sino como un grito fuerte, dando la impresión de ser alguien desesperado por hacerme entender:

 

 ¡La verdadera paciencia no es esperar mucho tiempo por un futuro incierto, es dejar de esperar obsesivamente el mañana y vivir con lo que se tiene hoy!

 

Un momento después -cuando cesó la estupefacción que esa frase me provocó-, se aclaró mi entendimiento al respecto y comencé a pensar:

 

¡Claro, no hay nada que esperar! En materia de amor, no es paciente quien aguarda -aunque pueda hacerlo durante un siglo-, sino quien no espera nada, pero recibe con gratitud lo que la vida le entrega.

 

¿Cuál es el sentido de aguardar durante mil años algo que sólo durante un minuto podré disfrutar? Mejor procuro no hacerme ideas preestablecidas sobre lo venidero ni acerca de cómo eso debe ser, entonces, lo que el porvenir me depare, aunque sólo dure un pequeño instante, lo consideraré una gran bendición.

 

De la misma manera debo tener paciencia en relación con mi aflicción. Ese sentimiento estará en mí el tiempo necesario y se irá cuando así deba ser. Esa es mi realidad, la cual debo aceptar y si quiero cambiarla, es necesario hacerlo poco a poco y sin presionarme, es decir, teniendo paciencia.

 

Pero paciencia de verdad, no la paciencia fingida de quienes creen que su presente no es como debería ser, y por ello lo desperdician pensando obsesivamente en el ideal que según ellos, debe proveerles el futuro.

 

¿Para qué desesperarme por la llegada del fin de semana si de nuevo vendrá el lunes? ¿Por qué esperar obsesivamente a alguien si en algún momento deberá partir?

 

Siempre he afrontado las adversidades acompañado por el vicio de la impaciencia, y eso solamente ha provocando que mi dolor se multiplique. De ahora en adelante, haré todo lo posible por tener... paciencia.

 

Pensar y sentir así no disminuyó mi pesadumbre, pero sí me dio un poco de serenidad, ya que, al no mostrarme impaciente por modificar mis emociones, le permití a éstas, fluir más naturalmente.

 

Sin embargo, aunque dejar fluir mis emociones generaba cierta tranquilidad, hacerlo no era fácil para mí, ya que todo eran sensaciones desagradables; dolor, desconsuelo, amargura, desesperación, aburrimiento, etc.

 

Constantemente sentía deseo de acudir a la represión con el supuesto fin de eliminar mi dolor más aprisa, pero como sabía que esa no era la salida, saqué valor para seguir tolerando esos fastidiosos sentimientos, los cuales llegaban continuamente y a veces, en momentos bastante inoportunos. Hasta que un día, esas engorrosas sensaciones dieron en conjunto un golpe decisivo en este duelo.

 

Venía del trabajo y estaba a punto de llegar a mi vivienda, de hecho ya me había bajado del autobús. Mientras caminaba el trayecto de la parada hacia mi hogar, me preguntaba por qué a pesar de estar afrontando esta situación con paciencia, seguía sufriendo tanto. Un momento después se me ocurrió una posible respuesta a ese cuestionamiento:

 

Tal vez este pesar me está diciendo algo. Quizás sin darme cuenta haya estado ignorando alguna cosa por ser dolorosa, y el no pensar en ello ni intentarlo resolver debido al miedo de enfrentarlo, produce que el sufrimiento se mantenga constante.

 

Sentí que algo cambió en mis adentros cuando pensé eso, entonces me dije:

 

¡Di en el clavo! ¡Eso es, hay algo que por temor, no he querido ver!

 

Para ese momento ya estaba a unos pasos de mi casa, al abrir la puerta sentí de repente un gran malestar caer sobre mí, como si me hubieran empujado hacia una cascada de agua helada.

 

Cerré la puerta de un golpe, me acosté en un sillón y en unos segundos pude descubrir el motivo por el cual me estaba sintiendo así, era porque acababa de despertar en mi mente la idea que por temor había estado ignorando; haber sido utilizado por Dina. Esto es, que ella se mantuvo conmigo no por cariño, sino porque yo estaba ayudándole económicamente.

 

Aunque no sabía si ese pensamiento tenía fundamento en la realidad, yo lo sentía, por tanto, era real para mí. Las razones por las cuales esa idea cobró fuerza en mi mente eran varias:

 

Primera, decidió distanciarse justo después de negarme a vivir con ella. Segunda, se enojó definitivamente conmigo cuando le pedí mi dinero. Y última, por eso que dijo de tener la vida resuelta, lo cual -me parecía-, implicaba volver con el marido sólo porque le brindaba estabilidad financiera. 

 

En ese momento recordé que Dina en algún momento dijo haberse casado con él únicamente porque deseaba salir de la casa donde vivía, y no tenía dinero para hacerlo. Sintiéndome tremendamente indignado me reprendí a mí mismo:

 

¡Qué estúpido e ingenuo fui! Si estaba con él por eso, ¿por qué no habría de estar conmigo por lo mismo? Al no poder obtener de mí todo lo que deseaba, se devolvió con su esposo. Para ella lo más importante al unirse en pareja es solventar sus necesidades económicas, ¿cómo no pude verlo antes?

 

Eso era lo que tanto me estaba doliendo y yo no había querido ver, debido al temor de afrontar la posibilidad de que el supuesto gran amor de ella hacia mí, haya sido una farsa.

 

Estaba desconcertado, sentía que aquellos estupendos momentos vividos con ella, -en los cuales yo había puesto enteramente mi alma y los llegué a considerar como la mejor época de mi vida-, eran un embuste, una invención completamente ajena a la realidad.

 

Intentando apaciguar el dolor empecé a pensar que tal vez estaba equivocado y quizás sí me quería, aunque fuera un poco. Pero algo me decía que de todos modos debía enfrentarme a la otra posibilidad; quizá Dina no se parecía en nada a la hermosa y sublime mujer de la cual yo me enamoré.

 

Eso me asustaba demasiado por resultarme parecido a una gigantesca y prolongada alucinación, a hacerse una fantasía y creérsela durante mucho tiempo, para luego comprender que la realidad no tiene la menor similitud con ello. Algo así como haber entendido con mil dificultades, que nuestro amor pertenece al ayer, y más tarde darme cuenta de que el ayer nunca fue.

 

Me brotaron un montón de lágrimas automáticamente y empezaron a llegar a mí, muchas sensaciones dolorosas. Me sentía ridiculizado, engañado, traicionado, decepcionado, lastimado. Una tras otra de forma acelerada, constante e intensa, venían esas y otras amargas sensaciones. Era como si me hubiese introducido justo en la parte final de una película grotesca y terrorífica, donde al ritmo de una lúgubre música, transcurre velozmente una síntesis de las escenas más desagradables.

 

Empecé a pensar en cuan fácil puede resultar salir herido y ser engañado, pero inmediatamente me atribuí a mí mismo la responsabilidad de ello; por creer ilusamente que dar garantiza el recibir, por insistir tanto en hablarle -y de esa manera terminar conociendo cosas que quizás era mejor no saber-, por entregar mi corazón de forma atropellada, y por no distinguir la diferencia entre regalar los sentimientos y regalarse uno.

 

También supuse que posiblemente desde el inicio de nuestra relación, extrañaba al esposo, a pesar de haberme asegurado ya no quererlo.

 

Todo eso que sentía y pensaba, en la sala de mi casa, acontecía al mismo tiempo. Era un montón de sensaciones e ideas, entremezcladas, produciéndome un malestar tan indefiniblemente horroroso que por un instante me hizo desear la muerte.

 

Nunca en mi vida había sentido un dolor tan grande. Me sentí a punto de enloquecer, parecía como si mis emociones fuesen a explotar en total caos

 

Un momento después, consideré la posibilidad de algún día volver a vivir una situación así, y eso me provocó mucho miedo. Éste empezó a crecer de forma acelerada y causaba que segundo a segundo fuera perdiendo el control de mí mismo. Era como una tenebrosa sinfonía, la cual, a cada momento se pone más pesada.

 

Y en el clímax de dicha sinfonía, cuando me sentía a un paso de la locura, de manera rápida, automática e involuntaria, simplemente... caí en un profundo sueño.

Autor y licencia de 'Extrañando a Dina - Capítulo 11'

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