



(8 opiniones)
Capítulo 12
Veía colores entremezclarse unos con otros, sombras apareciendo por aquí y allá, imágenes con formas desconocidas. Oía sonidos extraños y voces, pero no reconocía lo que éstas decían. Estaba en un lugar completamente desconocido.
Vi en lo alto una silueta flotando en el aire y bajando lentamente hacia mí. Era demasiado brillante, por lo que no podía ver las facciones de su rostro. Cuando estaba frente a mí, me tomó de la mano y dijo:
“No te quejes si te enteras de que tu vida es un fraude; eso representa un paso más hacia el conocimiento de la verdad”
_ ¿Eres tú la voz de mi mente? -le pregunté-, ¿esa que dice frases y me ayuda a encontrar respuestas?, ¿quién o qué eres?
Y se desvaneció sin decir nada. Continué caminando en ese extraño pueblo donde había gente que cambiaba su forma de un instante a otro. Me quedé viendo con mucha curiosidad como un árbol crecía, y cuando comenzaba a dar sus frutos oí una voz detrás de mí, la cual dijo:
“A veces es mejor tolerar el dolor en vez de triplicarlo con el esfuerzo que se hace por vencerlo. Aunque suene extraño, a veces no vale la pena esforzarse”.
Volteé a ver quién era y en ese momento aparecí en mi casa, acostado en el sillón, con los ojos abiertos. Pero era una sala diferente, estaba llena de luz y alegría, como si alguien la hubiese bendecido sin que yo me diera cuenta.
Me fui a mi habitación a apuntar las frases que oí con el fin de poder recordarlas después -como siempre lo hacía-. Al terminar de anotarlas, pude notar que no sólo la sala estaba llena de ese resplandor, también el cuarto, el resto de la casa y yo.
Me sentía mucho mejor y aunque aún había tristeza en mí, todo lo veía completamente diferente, de forma más positiva. No es que hubiera ocurrido una curación mágica en la cual el dolor cesa de forma inmediata, pero ya había aceptado la realidad; yo había fabricado una fábula extraordinaria mientras estuve con Dina, ahora ella estaba ausente y no volvería, quizás no me quería tanto como ella decía, o tal vez ni siquiera me quería.
Ya podía aceptar todas esas cosas y cualquier otra de las situaciones negativas que acontecieron. Igual había pena al pensar en ello, pero no tenía necesidad de negarlo, disfrazarlo o justificarlo, así era y punto.
Mi pesar, el cual se mantuvo constante y casi inmodificable desde la partida de Dina, estaba empezando a disminuir, de forma lenta pero lo hacía.
Además, estaba seguro -a diferencia de antes-, de que ese decaimiento en algún momento desaparecería. Sólo era cuestión de tener verdadera paciencia, ahora sí me sentía capaz de hacerlo, puesto que mi actitud había cambiado y me resultaba más sencillo ver todo de forma optimista.
Por miedo al dolor no había enfrentado una realidad, y eso provocó que el sufrimiento se mantuviera estancado. Al hacerle frente a la verdad, todo mi esfuerzo por olvidar a Dina estaba empezando a surtir efecto. Así como las cosas aprendidas durante ese tiempo, dejaron de ser simples palabras resonando en mi cabeza, para convertirse en una provechosa enseñanza arraigada en lo más profundo de mi ser.
Al terminar de apuntar las frases, inmediatamente me paré, erguí la espalda y levanté la mirada, en señal de que nuevamente me encontraba muy orgulloso de vivir. Caminé despacio hacia la sala, serenamente me senté en un sillón, e inspirado por la satisfacción que sentía, comencé a pensar:
Hoy he aceptado la realidad y eso me ha liberado. Ayer actué como quien cree que cuanto más se engañe, más feliz será. Tal vez de manera inconsciente, creí morir si abandonaba mi fantasía, lo cual quizás sea cierto. Al conocer la realidad deseé y posteriormente sentí, la muerte. Pero eso no fue malo, ¡morí para renacer, una nueva vida en mí, está por empezar, y aunque me siento triste, estoy lleno de felicidad!
¡Qué hermoso es lo verdadero, pero es duro admitirlo! Ya veo por qué muchas veces recurrimos a las drogas, a la mentira, al disfraz, a la distorsión. Porque duele ser sincero consigo mismo, y nuestros niveles de tolerancia a la realidad a veces están muy bajos, lo cual provoca que en algunos momentos nos mostremos incapaces -aunque no lo somos-, de aceptarla.
Ahora, que puedo tolerar la verdad con una nueva actitud, sin tanto “pero”, sin tanto “¿por qué?”, sin tanto “ay”, y con todo lo que he aprendido, puedo imaginar una nueva forma de vivir el amor de pareja; con la especial característica de procurar no basarse en la idealidad. Es decir, una relación más realista y por lo tanto más bonita. Lo ideal nunca será tan bello como lo real.
Me entregué a Dina con todas mis fuerzas y si ella no valoró eso, aun así no me arrepiento de haberlo hecho, ya que para mí ha sido un precioso obsequio el poder amar de esa manera, y después aprender tanto sobre ello.
En este instante puedo entender que nada de lo acontecido fue casualidad, todo ocurrió con un propósito; mi crecimiento mental, emocional y espiritual.
Gracias a ese especial motivo sucedieron tantas cosas; las coincidencias entre Dina y yo, el amarla, el terminar con ella, los momentos de soledad, la extraña experiencia acontecida con mi hermano, los largos ratos de reflexión, el llanto, la frustración, el dolor, la desesperación, el intenso miedo, mi indeleble esperanza de pronto ser muy feliz, y las frases que de repente oía.
¡Qué útiles me resultaron esas frases! No sé si alguien o algo me las habrá transmitido, o si habrá sido mi propia mente de forma inconsciente. Sin embargo, en este momento me siento capaz de ser yo, concientemente, quien formule una de ellas. Después de todo esto que he vivido puedo decir:
Todo lo que sucede, sucede para bien, y sucede en el momento adecuado.
Todo lo que pasó, pasa y pasará, es positivo.
Nada fue, es, ni será nunca, un fracaso... ¡me es imposible fracasar!
Con una sonrisa acompañada de lágrimas me dije:
Al fin puedo ver tierra en el horizonte de este oscuro mar. Ahora sí he podido cortar mis vínculos con Dina, no sólo los racionales, sino también los lazos emocionales que yo seguía conservando. Hoy por primera vez, tengo la certeza de haber terminado con ella no sólo con la mente, sino también con alma y corazón.
Un momento después me levanté, sequé las lágrimas de mi rostro y me decidí a elaborar una “despedida final” de forma escrita.
Tomé dos hojas blancas y en medio coloqué un pliego de papel carbón y me senté a escribir durante aproximadamente quince minutos. Al terminar, tomé la copia y la guardé, pensando que en algún momento podría serme útil.
Después encendí una vela, puse música instrumental, tomé el original de las notas que había escrito, lo leí en voz alta, lo doblé en dos partes, en medio introduje mi única foto de Dina, -la cual anteriormente había utilizado varias veces para torturarme-, y le prendí fuego.
Me quedé admirando la belleza de las llamas consumiendo la hoja y el retrato. Luego apagué la vela y esperé a que ambas cosas se quemaran completamente.
Era mi forma de incinerar a la Dina habitante dentro de mí y a la gastada esperanza de volver con ella. Como un funeral donde sacaba a la difunta enterrada en mi alma y la convertía en cenizas que quedarían esparcidas en quién sabe cuál lugar. El papel decía:
Discúlpame por no haberte dejado marchar tranquila, pero los espléndidos días vividos contigo me hicieron olvidar que no eres mía y que no soy responsabilidad tuya.
Discúlpame por haberte molestado diciéndote...
...que vengas a donde no quieres venir
...que te acerques cuando ya no quieres acercarte
...que vuelvas precisamente cuando ya no quieres volver
Lo que pasó fue que junto a ti me sentí como nunca antes y eso me hizo olvidar...
...que no naciste pegada a mí, ni yo a ti
...que aunque te pudiera amar como nadie lo hará, nunca llegaré a fusionarme contigo en un solo ser, tú seguirás siendo tú y yo seguiré siendo yo.
Olvidé que soy un ser individual.
Olvidé que a como llegaste, te podías ir.
Olvidé que no eres estática
Olvidé que existes para ti, antes que para mí.
¿Cómo fui a olvidar lo obvio?
¿Cómo pude creer que lo nuestro obligatoriamente debía durar una eternidad?
Fuiste para mí lo increíble, la belleza, el arte, el deseo, la pasión pura, lo impensable, la luz, el agua y el calor...
Asumir que jamás te irías fue tan cómodo, fue el paraíso por unos instantes, fue armonía total en un escalón de mi existencia.
Y eso me impidió entender...
...que no necesito la permanencia de una persona en mi vida para ser feliz.
...que la soledad no siempre es mala.
...que siempre estoy solo, aunque esté con alguien.
Porque la soledad siempre anda a mi lado, al lado tuyo, al lado de cualquiera, acompañándonos y esperándonos
Instantes vividos a tu lado, llenos de magia y grandiosidad, me hicieron olvidar...
...que el mundo cambia y que tú puedes cambiar.
...que estar acompañado no significa adherirse a esa persona, ni tampoco pertenecerse el uno al otro, no significa perder mi “yo”.
Momentos divinos, cargados de magníficos sentimientos me hicieron pretender inmovilizar el tiempo, para hacer de esas horas una eternidad.
Fue un fantástico y peligroso viaje subjetivo el fantasear y sin darme cuenta, sumergirme en el universo Tú.
Como deseé que la realidad quedara estática, que el lindo obsequio de tu presencia se extendiera en el resto del tiempo
Tanto placer fue peligroso para mí, me hizo olvidar...
...que eres un ser individual.
...que no nacimos pegados.
...que al conocerte no venías con una garantía para mí.
Por eso, ahora te dejo partir tranquilamente (aunque ya te fuiste hace tiempo).
Te dejaré de insistir, de suplicar, de buscar, de esperar... te dejo la libertad a la cual tienes derecho.
Dentro de mí haré una despedida interior y partiré, con unas cuantas lágrimas pero libre y feliz.
Ya recordé que recibir algo hoy, no asegura el poseerlo mañana.
Ya recordé que si estar acompañado implica seguridad de tener a esa persona conmigo infinitamente, entonces siempre estoy solo, porque la única compañía que tendré durante cada segundo de mi vida será la de mí mismo.
También recordé que así es como debo viajar por la existencia, disfrutando de la compañía y el amor que me den, pero sin pretender apropiarme de ello.
Sensaciones hermosas producidas por el brillo de tu sonrisa y la delicadeza de tu piel me hicieron olvidar la realidad...
¡Pero ya la recordé!... ¡Y la volví a aceptar! ¡Que alegría!, ¿verdad?
Al admirar este movimiento continuo, bello y misterioso, de la existencia, de la vida, de mí y de ti, derramo una lágrima, me escalofrío y pregunto ¿qué sentido tienen todas las cosas?..
No lo sé... ojalá algún día lo pueda saber.
Pero sí estoy seguro de algo... te llevaste algo de mí y yo algo de ti.
Chao, quizás algún día, en este mundo o en otro, nos volvamos a ver.
Pero si no es así, no me preocupa, porque ahora sí puedo aceptarlo.
Ahora sí te puedo decir...
Adiós.
|