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Capítulo 2
Estuve todo el día, con mucho dolor, pensando en lo que había pasado. Cuando ya era de noche, mientras estaba cenando, empecé a extrañarla muchísimo y a sentirme muy arrepentido por no haber intentado solucionar nuestros problemas. Entonces me puse a pensar:
¿Por qué terminamos? Aunque en el momento lo creí oportuno, ahora, pensándolo mejor, me parece que no hay un buen motivo como para acabar con la relación. Además, nos amamos, y cuando hay cariño no se deja ir todo así nada más. Si sigue existiendo amor y no ha habido irrespeto, deberíamos continuar.
Terminé de cenar, me lavé los dientes, salí, abordé un taxi y me fui a su apartamento con el fin de platicarle sobre eso que había pensado. Tal vez si hablábamos más claramente podríamos entendernos mejor, pensaba yo.
Dina era divorciada, me había contado que su esposo la agredía de muchas formas, desde cosas tan simples como obligarla a utilizar el "speaker" cuando hablaba por teléfono, para él poder escuchar, hasta cosas tan degradantes como patearla mientras la trataba de zorra, o prohibirle cerrar la puerta del baño cuando hacía sus necesidades, para asegurarse de que no le ocultaba nada.
De hecho, me había comentado que no lo quería lo suficiente cuando se casaron, pero lo hizo principalmente porque deseaba dejar de vivir con su madrastra e irse a otro lado, pero no tenía recursos económicos para hacerlo sola.
Mientras iba en el taxi pensaba:
Dina estuvo casada, debe saber que todas las parejas tienen problemas, y después de haber vivido con ese patán, difícilmente querrá tirar a la basura una relación tan linda como la nuestra, sin hacer un último esfuerzo. Hablaré con ella, haré todo lo posible por entenderla y le pediré que lo intentemos de nuevo.
Llegué a su apartamento y no estaba, o si estaba no me quiso abrir. Llamé a casa de su abuela y no se encontraba ahí. Entonces llamé a su madrastra.
_Aquí no está -me dijo con una voz fría y cortante-, pero vendrá mañana como a las 8:00 a.m., si quiere llámela a esa hora.
Por su tono de voz supuse que ya se había enterado de nuestra ruptura.
Me devolví a casa sintiendo una inmensa necesidad de tenerla a mi lado y preguntándome por qué había sido tan idiota de dejarla partir así nada más, sin hacer mayores esfuerzos por llegar a un acuerdo. En la madrugada quería levantarme, tomar un taxi e ir nuevamente a su apartamento a buscarla, pero logré controlarme y pude dormir.
Al día siguiente, estaba a las ocho en punto de la mañana llamando por teléfono:
_Mario Alonso, Dina aún no ha venido -me respondió su madrastra-, pero definitivamente no quiere continuar con la relación. Está muy molesta porque usted, conociendo la difícil situación económica por la cual está pasando, le pidió la plata de un pronto a otro.
_Se la pedí porque simplemente se iba a ir sin decirme absolutamente nada -le dije-, y como le había vendido la refrigeradora a usted, entonces aproveché que tenía suficiente dinero como para pagarme y cancelar su alquiler. Pero de todos modos, yo no quisiera terminar con ella, porque la quiero y no me parece que haya sucedido nada tan grave como para acabar con nuestro noviazgo, además...
_Pero usted, por ser hombre, no debió haberle pedido el dinero ni aunque terminaran, porque el varón siempre se debe encargar de la mujer, y la plata que le da debe darla por perdida.
Yo sabía que esa señora era una persona muy machista a la cual resultaría imposible explicarle que a mi parecer, el noviazgo entre Dina y yo no era una de esas relaciones hechas a la antigua donde el hombre está obligado a mantener a la mujer. Que para mí, las mujeres tienen las mismas obligaciones del varón; si yo le hubiera pedido dinero prestado a Dina, lo normal es pagárselo después, por lo cual ella debería actuar de la misma manera. Que Dina muchas veces se había catalogado a sí misma como una persona muy liberal en todo sentido, incluyendo el económico, y que yo también estaba necesitando ese dinero, el cual no había podido usar por ayudarla. Sin embargo, preferí no decirle nada para no entrar en una discusión.
_Un momento, ya viene Dina -me dijo-, voy a decirle que usted desea hablar con ella.
_ ¿Sí? -contestó Dina en un tono bastante seco-.
_Hola -respondí-, ayer te fui a buscar en la noche.
_Sí, me contó mi vecina que te vio.
_Necesitaba hablar contigo.
_Pero yo no quiero hablar con usted, he visto que no es quien yo creí, con esa actitud tan maldosa de pedirme el dinero conociendo mi situación económica.
_Yo no lo hice para molestarte o hacerte sentir mal.
Le expliqué por qué había sido, pero ella no aceptaba mis razones.
_Olvídelo Mario Alonso -me decía-, yo ya tengo mi vida resuelta, no hay nada más por hablar, y no crea que me va a convencer, porque cuando yo tomo una decisión soy firme en ella.
_Bueno, si no quieres volver conmigo está bien -le respondí-, pero quisiera conversar contigo.
_No, yo no quiero hablar con usted.
_Mira, te pido disculpas si ese asunto del dinero te lastimó, no fue mi intención hacerte sentir mal. Quiero hacerte saber que te amo y quisiera charlar para intentar llegar a un acuerdo, me gustaría decirte varias cosas que he pensado.
_Pero yo no quiero discutir nada más, entiéndalo y sepa que todo terminó.
_ Si a tu ex-marido le aguantaste tantas groserías, y a tu madrastra le sigues hablando después de como te ha tratado, ¿por qué eres tan inflexible conmigo?
_No le voy a dar explicaciones acerca de eso, adiós.
Cuando colgó el teléfono me sentí destrozado, sabía que hablaba en serio, entonces me dije a mí mismo:
Si te interesa no te debes rendir así nada mas, debes luchar hasta donde puedas.
Llamé a su madrastra en la noche y le estuve hablando varias cosas, entre tantas, que yo amaba a Dina y no la quería solamente como novia sino como mi futura esposa, que ella y yo habíamos hablado del hecho de vivir juntos y tener o adoptar niños, pero a mí me parecía preferible terminar nuestras carreras antes de intentarlo.
Le dije que nunca le había hablado sobre esto, de manera tan clara a Dina, por lo cual quería decírselo, hacerle saber que si quería una relación más formal, por mi parte sí la podíamos tener, pero teniendo paciencia.
También le mencioné que deseaba preguntarle a Dina por qué no me quería dar, ni siquiera la oportunidad de hablarle.
Me recomendó llamar dentro de unos días, cuando a Dina se le bajara un poco el enojo, pero me advirtió que ella había dicho no querer volver a hablar conmigo nunca.
Al ver la decisión de Dina me decidí a hacerlo lo mejor posible, escribí una carta para dársela en la noche del siguiente día (lunes), cuando la viera en la universidad, en la cual le manifestaba no sólo mis sentimientos hacia ella, sino también lo que a mi parecer, podríamos llegar a hacer en un futuro.
Al día siguiente llegué a la universidad justo cuando estaba empezando la clase, por lo cual me vi obligado a esperar hasta la salida para poder hablarle. Cuando terminó la lección me acerqué a donde ella estaba e inmediatamente me dio el dinero. Intenté dialogar y no quiso hacerlo. Le expliqué muy rápidamente mi opinión respecto a lo acontecido y le pedí disculpas, pero ella solamente me evitaba y decía que todo había acabado. Por último, le di la carta y le pedí por favor llamarme si cambiaba de opinión, ella asintió con la cabeza y se marchó.
Esa noche me fui muy apesadumbrado para mi casa, me sentía embargado por una profunda sensación de impotencia.
Al día siguiente, mi amiga y compañera de trabajo, Viky, -quien conocía la situación y yo le había contado lo sucedido la noche anterior-, me sugirió no hacer nada más y esperar la decisión de Dina, pero no le hice caso. Era tal mi desesperación que decidí seguir intentándolo de otras maneras.
Ese día entregaban la nota final de una materia que Dina y yo llevábamos juntos, procuré ser el primero en llegar y el último en irse, pensando que tal vez ella me hablaría cuando me viera. Como no había clases y era sólo entrega de nota final, los compañeros únicamente llegaban, recogían su calificación y se iban. Estuve esperando a Dina hasta que el profesor se marchó. No llegó.
Tres días después volví a llamar a su madrastra y me dijo que nada había cambiado en la decisión de Dina. Empecé a cuestionarme sobre el porqué de su inflexibilidad:
¿Por qué toma esa decisión conmigo y con el sucio de su esposo, sí estuvo durante largo tiempo, y lo perdonó en muchas ocasiones?
Según ella nadie la había hecho tan feliz como yo, ya que soy distinto a sus novios anteriores, quienes eran hombres excesivamente machistas, entonces ¿por qué no puede tan siquiera dirigirme la palabra?
Como no pude dar respuesta a esas preguntas, dejé de pensar en eso para continuar ideando la manera de hacerla regresar conmigo. Decidí enviarle a casa de su madrastra un ramo de rosas, acompañadas con una nota un poco más larga que la anterior.
Esperé un par de días, luego envié las flores, seguí esperando unos cuantos días más, pero no dio ningún resultado.
Estaba por rendirme cuando se me ocurrió algo con respecto a la madrastra de Dina:
¡A como es de hijueputa esa vieja, tal vez botó las rosas, no le ha dado ni un solo recado, y Dina no sabe que he estado insistiendo!
Ante esa duda llamé por teléfono a la abuela de Dina, a quien yo consideraba una persona muy amable y servicial. Le conté brevemente acerca de lo sucedido y le pedí permiso para llegar en la tarde del día siguiente -cuando yo terminara de trabajar-, con una carta dirigida a Dina, en la cual expresaría de forma amplia mis sentimientos hacia ella y mi opinión con respecto a nuestra relación. La señora se comportó muy amable conmigo y me dijo que con gusto recibiría la carta para entregársela a Dina. Al terminar de hablarle me dije:
Bueno, haré una carta mucho más extensa que las dos anteriores, con fin de dejarle muy claro mi forma de pensar y sentir. Pero esto debe ser lo último que haga, me he arrastrado demasiado y ya es mucho más que suficiente.
Al día siguiente -el último de trabajo antes de salir a vacaciones en la empresa donde yo laboraba-, sonó el teléfono de la oficina mientras me encontraba almorzando y contestó Viky. Llegó ella al comedor y me dijo:
_Te llama Dina.
Yo corrí hacia el teléfono:
_Hola -respondí emocionado-.
_Mario Alonso -dijo-.
_Sí, ¿cómo estás?
_Llamaba para pedirle un favor; deje de molestarme.
_Solamente necesitaba conversar contigo para hacerte saber algunas cosas, pedirte disculpas y aclarar algunas dudas.
_Pero ya me pidió disculpas antes, además, no me interesa hablar nada. Yo tomé una decisión y usted no la ha respetado, así que por favor deje de molestarme y no moleste a mi abuela ¿está bien?
_Está bien.
Y colgó.
_ ¿Qué te dijo? -preguntó Viky-.
_Que dejara de molestarla, ¿ella le dijo algo a usted?, -le pregunté-.
_No.
Me quedé en silencio por un momento.
_No se aflija -me dijo Viky-, usted sabía a qué atenerse si seguía insistiendo.
Me levanté, saqué de mi salveque una manzana que pensaba dejarle a Dina cuando fuera donde su abuela -ya que le gustaban mucho-, y la dejé en el comedor del trabajo.
Fui al baño con la gran carta que la noche anterior había durado varias horas escribiendo, le di una leída, la rompí en pedacitos y la tiré al basurero. Con muchísima tristeza pensé:
Muy bien, ya es hora de aceptarlo, todo terminó.
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