Debe introducir al menos 3 caracteres en el buscador.
Inicio / Wikis / Apuntes / Extrañando a Dina - Capítulo 3

Extrañando a Dina - Capítulo 3

 ***** (8 opiniones)
Creative Commons Apuntes de Marioalonso Madrigal - 19 de Febrero de 2007
Temas Relacionados: Desarrollo personalArteAutoayuda
4. Capítulo 3

Capítulo 3

Ese día no pude terminar de almorzar. Simplemente me devolví a la oficina a seguir trabajando y a esperar el fin del último día de trabajo en el año.

 

Al ser la hora de salida, probablemente yo era el único de todo el personal en la institución que no deseaba tener vacaciones, porque como también había terminado el período lectivo en la universidad, estaría mucho tiempo desocupado y sabía que eso me entristecería más.

 

Al llegar a casa mi hermano aún no había llegado. Me senté en el sillón de la sala y comencé a pensar:

 

Nuevamente me encuentro en la soledad que tanto odio. ¿Por qué?, me esforcé tanto con el fin de hacerla regresar y nada. Tal vez luego llegue alguien a mi vida, pero cabe la gran posibilidad de que también se vaya, ¿entonces?

 

Me quedé un rato sentado y en silencio, sin pensar en nada más. La tristeza empezó a hacerse cada vez más intensa, y cuando mis lágrimas estaban a punto salir, me levanté bruscamente y pensé:

 

No puedo quedarme aquí dejando que la soledad me destruya, debo buscar la manera de distraerme.

 

Así que inmediatamente tomé una decisión; pasar esas vacaciones de la forma más alegre posible, con la compañía de algunos amigos. Sin embargo, sucedió algo muy curioso, y fue que durante todos esos días no pude salir con ninguna de mis amistades. Les llamaba y por algún motivo no estaban, o no podían salir cuando yo les proponía.

 

Intenté comunicarme una y otra vez con una amiga llamada Carol y jamás la localicé, posteriormente me di cuenta de que había cambiado su número telefónico.

 

Llamé varias veces a Viky, y siempre me decían que no estaba, nunca pude hablar con ella.

 

Uno de tantos días, acordé con un ex-compañero de universidad, salir a algún lado a tomar algo, convenimos vernos en cierto lugar a las 6:00 p.m., pero no llegó. Me tuve que devolver a la soledad de mi casa.

 

En varias ocasiones estuve telefoneando a Viviana, -otra amiga-, cuando por fin la localicé me dijo que en un rato se iría de vacaciones a un lugar relativamente lejano.

 

También hablé con mi prima y llegamos al acuerdo de que la llamaría cierta tarde, a cierta hora, para salir a algún lado. Cuando intenté comunicarme con ella por teléfono, no estaba.

 

Le propuse varias veces a Susan -una vecina-, que fuésemos a algún lado, pero siempre estaba comprometida.

 

Después de varios días de esa situación, Leo, el hijo del esposo de mi madre, me dijo que llegaría cierta noche a revisar unos fallos en mi computadora. Durante la mañana del día que yo le esperaba estuve pensando:

 

Bueno, ahora más tarde viene Leo y hablamos un rato, aunque no salga a ningún lado, por lo menos no la pasaré aquí tan solo.

 

Al comunicarme con él un rato antes de la hora acordada para vernos, me dijo que no podría llegar. Desesperado y triste me pregunté:

 

¿Qué pasa?, por más intentos que hago siempre me encuentro solo, si no fuera por la ocasión en la cual salí con Roberto, me la hubiera pasado aquí encerrado día y noche.

 

Roberto es mi hermano, y la única vez que habíamos salido juntos durante esas vacaciones, fue mientras él andaba en una reunión con unos amigos y yo me incluí.

 

Luego hubo un par de días en los cuales pude salir, pero fue porque literalmente, me colé. Primero con unos vecinos que ya tenían planeado ir a pasear y fui con ellos. Luego con mi amiga Vanesa, pero también porque ella iba de fiesta con algunos amigos, y yo llegué a donde estaban.

 

El asunto fue que no pude salir con nadie a quien yo se lo propusiera. Ese día que anduve con Vanesa, ella y yo nos pusimos de acuerdo para recibir el año nuevo, juntos, el cual estaba a unos pocos días.

 

En la mañana del 31 de diciembre, la llamé para ponernos de acuerdo sobre la hora a la cual nos veríamos; me dijo que no podría verme.

 

Para colmo, ese día mi hermano andaba de viaje con unos amigos, se había ido desde el 29 y volvía el 3 de enero.

 

Aunque pudiera parecer que los pocos días en los cuales fui a pasear eran suficientes, por la partida de Dina y a causa de no estar en el trabajo ni en la universidad, me sentía mucho tiempo en soledad. Además, esos ratos de diversión fueron bastantes cortos. En relación con toda esta situación, pensaba:

 

Tras de ya no tener a Dina después de haberme acostumbrado a su presencia, todo el mundo me deja solo, lo peor es que como soy una persona de pocas amistades, ya agoté todas las posibilidades.

 

En esa soledad que a mí me resultaba tan dolorosa, pasé todo diciembre. Nunca había tenido unas vacaciones, navidad y año nuevo, tan horribles.

 

Los primeros días de enero -cuando ya había retornado al trabajo y estaba a punto de entrar a la universidad nuevamente-, me empezó a pasar que, cuando me encontraba desocupado, sentía una gran necesidad de reflexionar sobre la soledad que viví durante esos días. Una noche en mi casa me cuestioné:

 

¿Por qué sucedió eso?, parecía como si alguien o algo hubiese decidido que yo estuviera sólo. Fue demasiada casualidad que no hubiera con quien pasear precisamente cuando todo el mundo había salido de clases y estaba sin trabajar.

 

Empecé a reflexionar acerca de si existe algo que a veces nos guía hacia cierto camino y muchas veces no le hacemos caso. Consideraba lo acaecido como mucho más que casualidad, sentía como si todo se hubiera puesto de acuerdo para dejarme a solas y mostrarme algo.

 

En ocasiones anteriores, había notado como en muy poco tiempo me sucedían varios acontecimientos relacionados, pareciendo como si alguien intentara enseñarme algo, es decir, dando la impresión de ser más que una coincidencia. Por ello me pregunté:

 

¿Qué debo aprender? ¿Cuál es el significado de lo sucedido? Puedo notar que el destino me proponía estar solo, pero por qué, si yo odio eso, a mí me gusta estar rodeado de gente con la cual compartir, ¿por qué ese algo que parece estar guiando parte de mi vida no me brinda compañía en vez de soledad?

 

En ese momento una voz dentro de mi mente susurró:

 

“Quien no está preparado para la soledad

tampoco está preparado para la compañía”

 

Me quedé sorprendido ante esas palabras. Estuve bastante rato en absoluto silencio, con esa idea en la mente.

 

Después, de un pronto a otro comencé a sentir que comprendía profundamente esa frase, y en un instante empezó a surgir en mi mente, una gran reflexión al respecto, pero de una forma sumamente fluida y sencilla. Es decir, era yo quien pensaba pero al mismo tiempo sentía como si alguien me dijera las palabras:

 

¡Quien no está preparado para la soledad, tampoco está preparado para la compañía! ¡Es verdad! A veces busco la compañía, pero no precisamente por el gusto de tener a cierta gente a la par, sino por el temor a estar solo.

 

Estar preparado para la compañía implica no pretender eternizarla, más bien, es saber y aceptar que puede acabar. También es, no creer que obligatoriamente la compañía acarrea alegría, y la soledad, tristeza. La felicidad y la desdicha pueden hacerse presentes, independientemente de si me encuentro o no, con alguien.

 

Si no estoy preparado para la soledad, veré la compañía de una manera muy nociva; como mi salvación o el único motivo para ser feliz.  Eso podría llevarme a creer que si una relación no dura para toda la vida, entonces es un fracaso, lo cual puede provocar el aferrarme a relaciones destructivas.

 

Por eso, si no estoy preparado para la soledad, tampoco lo estoy para la compañía, ya que el recibirla me producirá daños emocionales, debido a que en vez de compartir y disfrutar, crearé dependencia y sujetaré mi felicidad a la presencia de esa persona.

 

Por eso muchas personas se aferran a quien no les hace sentir bien; “porque estoy muy viejo para encontrar a alguien que me quiera”, “porque todas las personas que pasan por mi vida son iguales, entonces debo aceptarlo”, “porque le amo y no puedo dejarle”, y por quien sabe qué cosas más. Pero todo se resume en su gran temor a recorrer la vida, solos.

 

Y cuando muchas personas se deciden a abandonar esa relación que tanto daño les hace, dicen algo así como; “estoy solo pero pronto eso cambiará, debo esperar para que algún día llegue el gran amor de mis sueños”, lo cual en apariencia podría parecer un pensamiento positivo, pero no lo es, porque al no aceptar plenamente lo que la vida le entrega -la soledad-, está alimentando el temor a ésta.

 

Eso es lo que se ha hecho en nuestra cultura; creer que durante los momentos de soledad, la dicha se ausenta. Muchas canciones románticas parecen promover un sentimiento muy positivo al afirmar que alguien al fin encontró la verdadera dicha y un motivo para existir cuando conoció a la persona con quien se encuentra, lo cual puede parecer muy bonito, pero es igual que escuchar una de esas canciones que muestran la partida de la pareja como una gran desgracia que estropea por completo las ganas de vivir. Desde ambas perspectivas hay temor a estar solo.

 

Lo mismo sucede con algunas novelas televisivas, las cuales consisten en echarse a morir por tener a alguien al lado. Seguramente su auge se debe a que incluyen dos características muy importantes de la vida sentimental de mucha gente; la primera es lo que realmente viven, y la segunda es lo que les gustaría vivir. Lo que viven es el dolor, la obsesión, el sufrir más que gozar, a causa de alguien. Lo que les gustaría vivir es el encontrar a su alma gemela, esa relación perfecta con una pasión de adolescente que dure para toda la vida, con alguien sumamente atractivo, inteligente y de hermosos sentimientos, que les comprenda y ame siempre.

 

Si hasta ahora, sin darme cuenta me he identificado con eso o por lo menos con una buena parte, será mejor empezar a cambiar, porque no sé cuántos serán los días que pase a solas y quiero aprovechar al máximo cada uno de ellos.

 

Un momento después de haber pensado en todo eso me dije:

 

Bueno, me siento un poquitín mejor al ver todo lo que he aprendido en tan poco tiempo. Parece que debo aprender a ver mi soledad de manera positiva, pero ¿cómo hago eso si siento lo contrario?

 

Me quedé en silencio acostado en el sillón durante un rato, con esa pregunta en la cabeza. Después de un rato volvió a surgir en mí, una gran comprensión de forma espontánea y fluida, la cual dio lugar a que de una manera rápida y continua, comenzara a pensar:

 

En primer lugar, debo entender que la alegría no depende de la compañía, sino de mí mismo y mi capacidad para estar bien en cualquier momento, viviendo de la manera más satisfactoria posible. Cuando comprenda eso dejaré de esforzarme tanto por tener a alguien a mi lado y no me aferraré a relaciones inconvenientes, ni a ideales amorosos esperando que algún día traigan consigo la dicha.

 

En segundo lugar, debo aprender a fijar mi atención en el momento que estoy viviendo, no en el que ya pasó o en el que está por venir. He dedicado mucha energía a comparar mi soledad actual con la compañía que alguna vez tuve, con la que podría tener o con la que algún día llegará, y a causa de ello termino concentrándome en momentos que, o ya han pasado, o no han llegado, y dejo de prestarle atención al instante más importante; mi presente. Es decir, esperando ese “gran” momento del mañana desaprovecho el hoy.

 

Me sentí satisfecho por haber podido pensar eso, sin embargo, después de un pequeño rato se me ocurrió que también era necesario entender qué es soledad y qué es compañía. Entonces continué reflexionando:

 

¿Qué significan esas dos palabras? Entiendo por soledad el no estar con alguien cerca, aunque también me puedo sentir solo teniendo gente alrededor. Cuando estoy con alguien puedo decir que estoy acompañado, pero ¿a partir de qué momento dejo de estar con alguien? Si me encontrara con Dina, la tengo abrazada y le estoy hablando, podría decir que estoy en compañía de ella, si nos distanciamos un par de metros y continuamos hablando, podría decir que sigo con ella. ¿En qué momento dejamos de estar juntos?

 

Si nos separamos varios kilómetros de distancia, sí podríamos decir que ya no estamos juntos, ¿por qué?, treinta kilómetros o dos metros, ambos siguen siendo una medida, y de cualquier manera ya perdí el contacto físico con ella, ¿será a causa del no poder interactuar?

 

Sin embargo, si me encontrara con ella acostado en la misma cama, no le estoy mirando, ni hablando, ni tocando, y en ese momento alguien me pregunta por teléfono si estoy con alguien, probablemente respondería que sí. Entonces no necesito interactuar para sentirme en compañía.

 

Si ella se acabara de ir a trabajar y estuviera a menos de diez metros de la casa, y alguien me llama para preguntarme lo mismo, seguramente contestaría que no. Entonces ¿cuál es la diferencia? ¿El que los dos no nos encontremos dentro de esa estructura llamada alcoba o casa? Pero sí estamos dentro del mismo vecindario, país, planeta y universo.

 

Si me comunicara vía Internet con ella, ¿estamos juntos o no? Si estoy hablándole, escuchándole y observándole a través de una pantalla, puedo decir que estamos interactuando, pero como nos separan cierta cantidad de kilómetros, entonces ¿estoy o no con ella? ¿Me puedo sentir en soledad a pesar de estar interactuando con alguien?, ¿o acompañado sin hablar con nadie y tal vez hasta sin tener a ninguna persona a la par?

 

Si me encuentro en un estadio rodeado de mucha gente, pero llegué allí sin ningún conocido, y me preguntan por teléfono si estoy solo, yo respondería afirmativamente, aunque en ese momento esté pasando a través de un tumulto y teniendo contacto físico con muchas personas. Incluso podría dirigirle la palabra a un hombre para pedirle que me venda un refresco y aun así sentir que estoy solo. ¿O podría sentir lo contrario si quisiera?

 

¿Será que todo es cuestión de interpretación? Yo pude en algún momento, llegar a mi casa creyendo erróneamente que Dina se encontraba durmiendo en la alcoba, si en ese instante me hubiesen buscado para preguntarme si me encuentro con alguien, yo hubiera respondido que sí, porque eso es lo que creo. Entonces, ¿será que todo depende de la actitud y de lo que se quiera creer?

 

Después de pensar en eso, me quedé nuevamente en silencio y unos instantes después pude responder:

 

“Soledad” y “compañía” podrían ser la misma cosa. Equivocadamente se utiliza esta última palabra para referirse al hecho de estar a cierta distancia de alguien, pero siempre estaré a cierta distancia de alguien. Lejos o cerca, es relativo.

 

Compañía no es estar lo suficientemente cerca de una persona como para poder interactuar, ya que también puedo comunicarme con quien se encuentra a muchos kilómetros de mí.

 

El poder ver, oír o sentir a otra persona tampoco son características indispensables de la compañía, ya que ésta puede existir aun en la oscuridad, el silencio y la distancia.

 

Siempre tendré la misma cantidad de soledad y de compañía, percibir una cosa u otra, depende de mí.

 

 

Comprender eso me ayudó a enfrentar la partida de Dina, al saber que podía seguir con ella todo el tiempo que quisiera.

 

Es decir, había entendido que -a pesar de ser necesario dejar de esperarla y extrañarla-, no tenía porqué dejar de estar con ella, ya que siempre se puede estar con las personas queridas, independientemente de poder o no, hablarles, mirarles y tocarles.

 

En ese momento supuse que quizás esa fue la enseñanza del destino cuando me mantuvo lejos de mis amigos; que de igual manera ellos estaban conmigo.

 

Al comprender que la compañía no se encuentra condicionada por la distancia, pude entender que el amor tampoco.

 

Cuando Dina era mi novia y me despedía de ella para ir al trabajo, yo sentía que seguía conmigo, pero porque estaba seguro de volverla a ver más tarde. Ahora, aunque nuestra relación había acabado, yo sabía que si deseaba, podía seguir sintiéndome junto a ella.

 

Eso no significa que me encontraba dispuesto a seguir eternamente enamorado de ella, lloriqueando y deseando su regreso. Más bien, estaba aprendiendo que el “estar” con alguien tiene muchas formas, y debía aceptar la de ese momento en vez de quejarme.

 

Después de pensar en todo eso me levanté del sillón, fui a mi alcoba y empecé a escribir algo que un rato después pegué en la pared de mi cuarto, con el fin de estarlo leyendo cuando me entristeciera, decía:

 

No debo establecer diferencias entre la soledad y la compañía, ambas son lo mismo percibido de manera diferente.

 

Nunca estoy solo, ya que siempre estoy con gente a mi alrededor, a unos pocos metros de distancia o a miles de kilómetros, en el mismo salón o en el mismo planeta.

 

Pero al mismo tiempo siempre estoy solo, porque nunca ninguna persona llega a fusionarse con mi ser.

 

Estoy con todos y al mismo tiempo no estoy con nadie, ya que soy parte del “todo”, pero por más que interactúe con alguien e influyamos uno sobre el otro, siempre seremos seres individuales, en ningún momento uno se adherirá al otro.

 

Cuando me aflija por la soledad en la cual me encuentro, pensaré que siempre cuento con la presencia de mí mismo. Debo valorar mi propia compañía antes de recibir la de otros, para así no perderme por encontrar a alguien.

 

Caminaré conmigo a través de mi soledad que en realidad es compañía, y cuando me encuentre acompañado recordaré que siempre estoy solo.

 

No volveré a confundir compañía con cercanía y mucho menos con felicidad, porque cometería el gran error de ver la soledad como sinónima de tristeza.

 

Dejaré de considerar la compañía y la soledad como un objetivo o algo a evitar, sino como momentos que la vida me ofrece; con la misma disposición que acepte uno, aceptaré el otro. De esa manera, nadie me engañará brindándome falsa compañía.

 

Al terminar de escribir esas líneas, las leí con detenimiento y un rato después me dije a manera de conclusión:

 

Hay momentos para estar a solo, y momentos para estar acompañado, nada más, y ninguna situación es mejor que la otra.

 

Pero esa conclusión la asimilé mejor, cuando un rato después surgió de nuevo una voz en mi mente -dándome la idea con la cual debía finalizar lo que había escrito-, diciendo:

 

“Nadie vino para quedarse eternamente... quien llega, en algún momento tendrá que partir”

Autor y licencia de 'Extrañando a Dina - Capítulo 3'

Wikis relacionados con 'Extrañando a Dina - Capítulo 3'

El presente trabajo se plantea el análisis filosófico de las 3 conferencias M. Heidegger que... Más »
Durante 1993 y 1994 se concentraron buena parte de las sorpresas que parecieron insinuar la... Más »
Es una lista de frases que contiene las más comunes y utilizadas. This is a medium-sized... Más »
Es posible conseguir una suma apreciable de dinero a través de un gran número de... Más »
Aqui veremos la relacion entre la transformada-z y el plano complejo. especificamente, la creacion de... Más »
¿Estás seguro de que deseas eliminar este capítulo?