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Extrañando a Dina - Capítulo 9

 ***** (7 opiniones)
Creative Commons Apuntes de Marioalonso Madrigal - 19 de Febrero de 2007
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10. Capítulo 9

Capítulo 9

Después de la noche en que escribí La Canción del Verdadero Amor, gracias al hecho de haber comprendido tantas cosas sobre el amor y las relaciones de pareja, podía manejar un poco mejor el sufrimiento producido por la ausencia de Dina. Sin embargo, no dejaba de extrañarla, seguía sintiendo deseos de mirarla, hablarle, tocarla, besarla, y de vez en cuando venía a mí, la esperanza de volver con ella. 

 

Como había dejado de creer en casualidades, me intentaba consolar diciéndome a mí mismo que probablemente era mejor terminar la relación por un motivo; para primero reflexionar y aprender sobre el amor, la soledad y las relaciones humanas, antes de constituir una relación más estable.

 

Durante unas pocas semanas estuve con la imagen de ella viniendo cada cierto tiempo a mi mente, con deseo -muy fuerte en ocasiones-, de volverla a ver, y sintiendo una tristeza constante, aunque menos intensa que antes.

 

Sin embargo, ese sentimiento que parecía ir mejorando y según yo, estaba a punto de extinguirse, empeoró de manera drástica e inesperada, un día mientras estaba en la universidad.

 

Iba por un pasillo -venía saliendo de clases-, cuando vi a Dina caminando en dirección hacia donde yo estaba. Me sorprendí tanto que no se me ocurrió nada, simplemente me quedé quieto, aguardando a ver si me saludaba. Pasó a la par sin hablarme y mirando hacia otro lado.

 

El que me ignorara no me sorprendió, debido a que unas semanas atrás, en los primeros días de ese período lectivo, ya la había visto y sucedió algo similar; ese cuatrimestre sólo matriculé dos asignaturas, una era los lunes y la otra los miércoles, ambas en la noche. Yo pensaba en la posibilidad de verla en alguno de esos cursos, y aunque no tenía intención de seguirle insistiendo, sí conservaba la esperanza de que ella me hablara a mí.

 

Dina no estaba matriculada en la primera asignatura de la semana. En la segunda, el primer día de ésta, yo llegué un rato antes de las 6:00 p.m. -hora en que iniciaban las clases-. Estaba sentado en un pupitre conversando con un compañero, cuando entró Dina diciendo:

 

_Buenas Tardes.

 

Los que estábamos ahí respondimos lo mismo en coro. Yo me sentí nervioso pero traté de disimular. Mi corazón se empezó a acelerar. Muchos pensamientos aparecieron en mí simultáneamente:

 

¿Me hablará normalmente o se mantendrá distante?, ¿seguirá molesta?, tal vez esta sea una nueva oportunidad, quizá podamos volver a intentarlo, ¿qué le digo?, ¿cómo le hablo?

 

Ella dio un par de pasos adelante para entrar al aula y se detuvo en cuanto me vio, su expresión cambió, miró hacia otro lado, se quedó inmóvil durante un momento, -el cual se hizo eterno para mí-, se volvió hacia la puerta y salió del aula.

 

Unos minutos después sonó el timbre anunciando la entrada a clases y ella no llegó. Pensé que tal vez se había equivocado de aula, pero cuando la profesora empezó a pasar lista, su nombre estaba ahí. Había pagado el curso pero decidió salir para no estar conmigo, o por lo menos así lo pensé, ya que tampoco volvió a ninguna de las siguientes lecciones de esa materia.

 

A causa de esa situación acontecida unas semanas antes, fue que ahora, al verla de nuevo, no me sorprendía que me ignorara.

 

Un instante después de topármela nuevamente en la universidad, -cuando pasó a la par de mí y no me habló-, volteé la vista en dirección hacia donde ella iba y vi que empezó a utilizar un teléfono público.

 

Empecé a llenarme de muchísima ansiedad, no sabía si irme o intentar hablar con ella. Ni siquiera sabía qué decirle. Para mí estaba claro que ella no quería discutir absolutamente nada conmigo, pero aun así, debido a mi terquedad no pude controlarme y decidí hablarle. Sin haberme dado tiempo de pensar si estaba haciendo lo correcto o no, me le acerqué y la saludé.

 

Como aún estaba hablando por teléfono, sólo hizo una seña con la mano pidiéndome que aguardara. Me quedé esperando cerca de ella, no duró ni 20 segundos cuando colgó. Me volvió a ver e inmediatamente le dije:

 

_Me gustaría conversar un momento contigo.

 

Le dije eso porque yo tenía una enorme necesidad de aclararle que si actué de manera incorrecta, no fue por malintencionado, sino por una equivocación de mi parte. Ella contestó:

 

_Pero ya habíamos hablado.

_Quisiera explicarte algunas cosas -le dije-.

_Pero a mí no me interesa hablar nada más.

_ ¿Por qué no?

_Porque yo ya tengo mi vida resuelta.

_ ¿Eso qué significa aparte de no querer conversar?, ¿te volviste a casar o algo así?

_Volverme a casar, no. Volví con mi esposo.

 

En ese momento una espantosa sensación recorrió todo mi cuerpo. Sin embargo, al mismo tiempo sentí muy en el fondo de mí, algo de alivio, probablemente porque eso destruía todas las esperanzas de volver con ella, las cuales me estaban mortificando. Continué hablándole:

 

_ ¿Volviste con un infeliz que te trataba de zorra mientras te agarraba a patadas? -le pregunté muy dolido e indignado-, ¿fuiste capaz de perdonar a ese agresor pero no a mí?

_Mientras estuvimos separados mi marido tuvo una novia que le enseñó muchas cosas, entre ellas, la de ser una mejor persona, él ya cambió y prometió no agredirme más.

_ ¿Y tú le creíste?, ¿no recuerdas que te había jurado lo mismo mil veces antes y los cambios eran temporales?, esa fue la principal razón por la cual decidiste separarte de él ¿cierto?, porque no cambiaba a pesar de prometerlo una y otra vez, ¿ya lo olvidaste? Además, si esa mujer le enseñó tanto, ¿por qué putas no se quedó con ella?

_Bueno, no me parece necesario discutir esto, ya estoy con él y eso es todo.

_Pero podrías dejarlo.

_Sí, pero no lo quiero dejar.

 

Me sentí tan desconcertado que me quedé sin habla un instante. Después, titubeando le pregunté:

 

_Pero... ¿me querías?, ¿me amabas como lo decías?

_Sí existió un querer, Mario Alonso. Hubo cierto cariño pero ya se acabó.

 

Aunque tenía varias preguntas más, en ese momento decidí solamente decir:

 

_Bueno, adiós.

 

Me quedé mirándola bajar las gradas -estábamos en un tercer piso-, hasta perderla de vista. En relación con las últimas palabras que dijo, pensé:

 

Ella decía amarme y no haber estado nunca con alguien tan especial como yo, ahora me dice que hubo “cierto” cariño.

 

En ese momento, a causa de haber tantas emociones en mi interior, no sabía como llamar a lo que sentía. Había una mezcla de profunda tristeza, con enojo, sentimiento de derrota, resignación y otras emociones desagradables, desconocidas para mí. Y sentir todo al mismo tiempo era bastante extraño y molesto.

 

Terminé de arreglar un asunto y empecé a caminar hacia la salida de la universidad con el fin de abordar el bus. Podía notar que todo a mi alrededor me resultaba confuso. Percibía la realidad de forma muy extraña; la gente parecía caminar lento, sentía mi cuerpo muy pesado y la luz más brillante. Era una sensación bastante particular, como si estuviera en un sitio desconocido o bajo los efectos de alguna sustancia. El mundo me resultaba, no sólo deprimente sino también lejano a mí.

 

Al llegar a la estación del bus, pude ver a Dina muy cerca de ahí, parecía como si estuviera esperando a alguien. En medio de tanta confusión me dejé llevar por el impulso de acercarme a ella y decirle:

 

_ ¡Volver con ese animal, definitivamente estás enferma!

_Ese es mi problema -respondió muy seriamente y sin mirarme-.

_También fue mío en algún momento.

 

Se alejó unos cuantos metros y sin decir nada. Inmediatamente pensé:

 

Tal vez está a punto de llegar el esposo a recogerla, y se aparta con el fin de evitar la posibilidad de que yo le ocasione a él un problema cuando lo vea venir. Quizás ni siquiera le ha contado sobre nuestra relación. Siendo tan machista como decía Dina, es capaz de romperle los dientes si se entera de que ella estuvo -prácticamente-, viviendo con otro.

 

Me fui a la parada del autobús, el cual llegó y se marchó antes de que Dina se fuera. Lo supe porque desde donde yo estaba podía verla, y al abordar el bus e irme, ella aún seguía ahí.

 

Llegué a mi casa todavía con esa sensación de extrañeza con la realidad. Me senté en un sillón y empecé a llorar como nunca lo había hecho. Ya había derramado lágrimas por Dina anteriormente desde que ella partió, pero esa ocasión fue como ninguna otra, lloré de forma demasiado intensa. Mi hermano no había llegado aún, pero de haber estado en su alcoba, hubiera podido oír mis lamentos.

 

Me sentía emocionalmente destruido; dolor, aflicción y desesperación, se mezclaron en una sola sensación de enorme magnitud, la cual se convirtió en una tortura.

 

Un buen rato después de ese llanto descontrolado y atormentador, empecé a sentirme más calmado, seguí llorando con menos fuerza durante unos minutos más, hasta que las lágrimas cesaron.

 

Ha sido característica mía, que cuando lloro me da sueño después. En esa ocasión, como el llanto fue tanto la somnolencia resultó extrema. Entonces me fui a acostar sin preocuparme de nada; no ordené la casa, tampoco hice los usuales preparativos de ropa y comida para el siguiente día de trabajo, ni siquiera me lavé los dientes, simplemente me quité la ropa, la tiré en el suelo, y a pesar de que aún era relativamente temprano, me acosté a dormir.

Autor y licencia de 'Extrañando a Dina - Capítulo 9'

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