Otro terreno en el que la nobleza no perdió posiciones es el de su influencia en los municipios, pues conservó un claro predominio en Castilla (donde en muchos lugares copaba todos los cargos municipales y en otros conservaba la ½ de los oficios), predominio que los Decretos de Nueva Planta propiciaron en Aragón, donde los ayuntamientos habían contrarrestado anteriormente la ofensiva aristocrática.
Al igual que en los siglos anteriores, el estamento eclesiástico compartió con la nobleza los privilegios que la estructura legal del antiguo régimen le reconocía; asimismo durante el XVIII no conoció cambios fundamentales que transformaran su esencia, ya que las reformas emprendidas bajo el reinado de Carlos III sólo afectaron a aspectos superficiales del estamento, pues aquellas medidas que podían haber tenido una mayor trascendencia, por ej., la reducción de órdenes religiosas, no fueron llevadas a sus últimas consecuencias o, simplemente, fueron tergiversadas antes de su posible promulgación, como sucedió con el expediente sobre la amortización eclesiástica, tan preparado por Campomanes.
En cuanto al nº de eclesiásticos, la época de la Ilustración supuso un evidente cambio respecto al desmesurado crec. que había conocido el clero durante el S. XVII. Al menos, ahora, se tendió hacia una estabilización, lo que suponía en términos relativos una disminución debido al aumento demográfico de la pob.; pero además un estudio de los censos de la 2º ½ de la centuria permite afirmar que existió una disminución real, por lo que respecta al clero regular, especialmente apreciable entre 1768 y 1787, los años de mayor incidencia de las medidas reformadoras de Carlos III. La elevada cifra de eclesiásticos no aseguraba que estuviese atendida la cura de almas de toda la pob., pues el nº de párrocos -en torno a 16.000 en 1787- era muy inf. al nº de parroquias -unas 19.000-, desfase que plantea grandes interrogantes sobre la atención espiritual de una parte de la pob. rural, pues además su distribución dejaba bastante que desear: se aglomeraban en las regiones + favorecidas y en los núcleos urbanos, mientras que amplias zonas rurales se encontraban con una escasa asistencia religiosa.
Muy dif. fue la postura de la adminis. ilustrada frente a los eclesiásticos, pues mientras se mostró favorable hacia el clero secular por considerarlo útil en la tarea de educar al pueblo, no sucedió lo mismo con el clero regular, al que consideraba como un grupo parásito de la sociedad, necesitado de una profunda ref. y reducción del nº de sus miembros. A estos 2 fines se encaminaron muchas de las acciones de gobierno en tiempos de Carlos III. En 1er. lugar, al clero secular se le encomendaron misiones educativas para conseguir súbditos + útiles con la preparación técnica adecuada que reclamaban los nuevos tiempos. La elevación intelectual del clero, especialmente con la erección de seminarios, estaba también en esta línea, pues a pesar de ejs. aislados en sentido contrario (Tavira, Climent...), su nivel cultural era bastante bajo. Por su parte, el clero regular conoció, como hemos visto, difs. intentos de reforma; sus resultados no fueron todo lo profundos que hubiesen deseado sus gestores.
El patrimonio eclesiástico permanecía tan boyante como en tiempos anteriores. Se calcula que las tierras propiedad de la Iglesia -arrendadas con modalidades muy diversas- producían 259 mill. de reales, el 25% aprox. del producto nacional bruto, que era de 1.076 mill.; en el terreno de la ganadería el porcentaje era inf., el 10% poco + o menos, pues de los 220 mill. de reales que era el producto bruto ganadero, la Iglesia aportaba 22. En cambio, en la percepción de rentas diversas, la participación de la Iglesia se incrementaba claramente: 136 mill. de los 306 que se recaudaban en total. Mientras que en lo relativo a los ingresos producidos por el comercio y la industria no significaba nada, prácticamente (10 mill. de reales entre un total de 475,5). En el apartado de las rentas, la partida + imp. seguía siendo la de los diezmos, cuyos rendimientos se han estimado en 80 mill. de reales, de los que la Corona percibía, como venía siendo habitual, el excusado y las tercias.
Aparte de otros ingresos no desdeñables, como los derechos de pie de altar y demás, todo ello generaba una masa de bienes que seguía mal repartida dentro de la institución, provocando grandes desequilibrios entre organismos y clérigos de rango similar ubicados en regiones difs. También llegaron a este campo los intentos reformistas de los ilustrados, aunque terminaron sin el éxito deseado, a pesar de algunos logros en cuanto a conseguir ingresos mínimos para los párrocos rurales.
En el S. XVIII, la Iglesia será objeto de ataques que cuestionan su condición de estamento privilegiado, su vinculación a Roma -especialmente, las facultades del Papa sobre la Iglesia española- y su riqueza. Tal ofensiva procede de diversos frentes. Por un lado, tenemos a la Monarquía, deseosa de terminar con todas las jurisdicciones especiales y así se entienden el regalismo, como actitud gubernamental, y las desamortizaciones que se llevan a efecto en el reinado de Carlos IV. Por otro lado, la ideología ilustrada arremete contra la Iglesia por lo que tiene de "irracional". También, la influencia social de la Iglesia parece mitigarse, hecho que tiene un cierto refrendo en la clara disminución de vocaciones, como se va comprobando cada vez + claramente a medida que progresa el siglo. Sin embargo, la Iglesia conservará su influencia institucional, su poder econó., sus privilegios fiscales y su régimen especial.