Letralia: una tierra de letras para un mundo de bytes - Francfort, Alemania, 8 de octubre de 2003
Ocho edificios, cada uno de tres a cuatro pisos, albergaron durante cinco días de octubre a mil escritores de todo el mundo, y a varios miles más de representantes de 6.400 editoriales de 104 países. La Feria Internacional del Libro de Francfort, este émulo de la torre de Babel, desarrolló un total de 2.500 actividades especiales que incluyeron presentaciones de libros, reuniones de negocios, conferencias de alto nivel y eventos artísticos.
Depauperado, relegado, disminuido, el libro electrónico fue el menos afortunado de los asistentes a este coliseo del mercado editorial. Quienes otrora apostaban con miopía a la desaparición del libro impreso aprovecharon Francfort para admitir que prácticamente nadie estaba comprando libros electrónicos, y que éste era apenas, del mercado editorial, un pariente venido a menos que nunca superó 1% de las ventas de libros impresos.
La definición de libro electrónico que manejan los editores profesionales es simple: se trata de un archivo informático que contiene el texto completo de lo que en formato impreso sería un libro. Ahora bien, los soportes informáticos llevan implícito un problema aún no resuelto y es que tecnológicamente no existe manera de establecer barreras que impidan en su totalidad la copia ilegal del libro.
Si bien reproducir ilegalmente un libro impreso representa un gasto para los infractores, la copia de un archivo es un procedimiento técnico de una sencillez abrumadora. La industria editorial lleva una década probando con diversos experimentos para intentar una solución. Rocket E-Book, Glassbook, Microsoft y otras compañías crearon programas informáticos que asignaban ciertos códigos a los libros electrónicos, de manera que sólo pudieran ser leídos por quienes los adquirieron. Pero todavía es relativamente sencillo saltarse los obstáculos que ellos construyen.
Para empeorar la situación, cada empresa que se embarcaba en el negocio creaba sus propios mecanismos y un libro electrónico producido para el programa de Microsoft no podía ser leído en programas de otras compañías. Al no existir un mecanismo estándar, los usuarios debían decidir entre adquirir los programas que ofrecían una mayor diversidad de libros electrónicos o limitarse a leer los que eran producidos para el programa de una sola compañía.
Los grandes editores esperaban obtener del libro electrónico grandes ganancias y en pos de su objetivo emprendieron todas las estrategias que estaban a su alcance, inclusive la muy perversa de anunciar con gran alborozo que el libro impreso estaba condenado a morir.
El principal obstáculo que impide al libro electrónico convertirse en el negocio editorial del siglo XXI es, ni más ni menos, la plataforma. Con la tecnología actual, leer un libro electrónico requiere una inversión previa nada desdeñable, pues es imposible sin una computadora. La mayoría de los usuarios tiene computadoras de escritorio, que en promedio ocupan un espacio aproximado de un metro cuadrado y aun cuando se trata de un equipo con miles de usos además de leer libros electrónicos es un armatoste incómodo para la lectura.
Para intentar acercar la experiencia de leer un libro electrónico a lo que originalmente conocemos como lectura hay que pensar en equipos más pequeños, pero éstos son aun más costosos. El más pequeño hasta el momento es el PDA, una variante de la computadora portátil que puede llevarse en un bolsillo. Una consulta simple en el sitio de ventas electrónicas mercadolibre.com.ve nos indica que el precio promedio de un PDA usado está alrededor del millón de bolívares. Y aun adquiriendo una de estas maravillas de la tecnología nos sentiremos defraudados al comprobar que tampoco en ellas la lectura es una experiencia agradable.
Hasta ahora, todo parece indicar que el ser humano está demasiado aferrado al libro clásico, cuyas páginas pueden ser pasadas con el uso de dos dedos. Esta estructura, cuyo origen precede inclusive a la aparición de la imprenta, tiene una gran ventaja: mientras que para leer un libro electrónico es preciso dominar ciertos procedimientos informáticos, el disfrute de un libro impreso sólo requiere de saber leer. Este es un gran obstáculo que la industria no sabe aún cómo saltar.
El libro electrónico está destinado a convertirse en un artículo de primera necesidad, pero antes debe estar encarnado en un dispositivo que reúna las mejores virtudes de ambos mundos, el digital y el impreso. El libro del futuro tendrá que disponer de una versión muy compacta de nuestros actuales discos duros en la que quepan cientos o miles de libros. Deberá ser inteligente para ofrecer información personalizada, atendiendo, como ya previó Nicholas Negroponte, nuestras respectivas predilecciones en materia de información, hábitos de entretenimiento y comportamiento social. Deberá obtener su energía de algún tipo de batería independiente, para hacerlo tan portátil como un libro de verdad. Y, lo más importante: necesitará algo parecido a una pantalla para mostrar texto e imágenes, pero de una superficie casi tan delgada y flexible como el papel y que funcione igual que un monitor común.
La última de las características que el libro del futuro deberá satisfacer es la más difícil de lograr. Si bien todo lo anterior ya es una realidad en su fase experimental, el aspecto económico es por ahora insalvable. El libro del futuro no sólo deberá ser portátil y versátil: también deberá ser tan económico que cualquiera pueda tenerlo. Entonces será un artículo de primera necesidad.
Pudiera pensarse que el desánimo de los editores en Francfort representó la sentencia de muerte para el libro electrónico. Pero no es así. Las editoriales han decidido dejar para después el libro electrónico de tipo comercial (y no sentenciarlo a muerte) porque la plataforma es costosísima. Pero esta realidad cambiará en cualquier momento.
|
Opiniona sobre 'Letralia: una tierra de letras para un mundo de bytes - Francfort, Alemania, 8 de octubre de 2003' (0)
Opina sobre este apuntes |

