Capitulos de este wiki
  1. 1 Francfort, Alemania, 8 de octubre de 2003
  2. 2 Illinois, Estados Unidos, algún día de 1971
  3. 3 Internet, 20 de mayo de 1996
  4. 4 Bibliografía consultada

Letralia: una tierra de letras para un mundo de bytes - Illinois, Estados Unidos, algún día de 1971

2 - Illinois, Estados Unidos, algún día de 1971

Apuntes creado por Jorge Gómez Jiménez. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero25/letralia.html
26 de Septiembre de 2006

Michael Hart es un hombre afortunado. En 1971 fue incorporado al equipo que dirigía el sistema informático del Laboratorio de Investigaciones Materiales de la Universidad de Illinois. Ese sistema, construido por la empresa Xerox, era tan robusto que nadie conocía exactamente su potencial. Los técnicos de entonces eran literalmente liberados dentro de los sistemas para que dedicaran el mayor tiempo posible en utilizarlos a su albedrío.

Hart se dio cuenta de que no estaba capacitado para darle una utilidad netamente informática. Sencillamente, no era su área. Entonces escribió: “El mayor valor intrínseco en las computadoras no está en la computación, sino en su capacidad para almacenar, recuperar y localizar datos”. Entonces transcribió la Declaración de la Independencia de Estados Unidos y, al terminar, la envió a una docena de usuarios de la red a los que tenía acceso.

La exitosa experiencia lo animó a transcribir otros documentos. Unos días más tarde diseminó entre sus suscriptores primigenios la Carta de Derechos. Luego, la Constitución de Estados Unidos. Más tarde seguiría la Biblia, libro por libro, y William Shakespeare, obra por obra. Había nacido el Proyecto Gutenberg. Michael Hart, un hombre afortunado, continúa haciendo exactamente lo mismo. Él es la prueba viviente de que el libro electrónico es un adulto contemporáneo en la plenitud de sus treinta.

Y es que hay dos formas de entender el libro electrónico. La que manejan las grandes corporaciones es la del objeto de consumo que puede ser descargado de la red por una determinada suma. La otra se atiene literalmente a una definición como tal: es un libro no impreso, una obra que no ha sido publicada en papel sino en un soporte compuesto de bytes. Pero el libro electrónico no es otra cosa que la punta de un iceberg. Internet es el gran artefacto para la difusión de contenidos.

Aun antes de que Internet se masificara hubo pioneros que distribuían contenidos en cintas, disquetes y otras formas de almacenamiento. Algunos de ellos llegaron inclusive a traspasar fronteras, como la revista argentina de ciencia ficción Axxon, cuyos entusiastas lectores se copiaban las ediciones entre sí a lo largo y ancho del continente.

La masificación posterior de Internet ha producido un efecto correlativo en los mecanismos de difusión de contenidos. El mismo Hart ha escrito: “Todo lo que se transcriba en una computadora es factible de ser reproducido hasta el infinito”. Nuestra afición por las bibliotecas nos ha llevado a sistematizar el flujo de contenidos de mil maneras. Una de ellas es la revista electrónica, que traduce al entorno cibernético nuestra experiencia en la producción impresa de publicaciones especializadas. Otra está representada por los sitios temáticos, más cercanos en el tiempo y producto del desarrollo de conceptos tales como directorios, buscadores e inclusive las mismas revistas electrónicas.

Este entorno ha influido sobre la literatura. Lo que Michael Hart vio en su momento fue el nacimiento de la última revolución informativa; esta revolución ha tenido su equivalente en la literatura contemporánea, que en Internet fluye a través de dos vertientes principales: registro y difusión.

Con la primera, el registro, nos referimos a la transcripción línea a línea de toda la producción literaria previa a Internet. Una premisa que a lo largo de los años ha sido desarrollada en distintos países por iniciativas públicas y privadas que se esfuerzan por ofrecer al mundo un muestrario de sus literaturas nacionales. Argentina, Chile, Ecuador, Honduras, Paraguay tienen ya en Internet sitios con datos de sus autores de todos los tiempos y muestras de sus obras. Un apartado en el que, por cierto, cabe llamar la atención de nuestros compatriotas: salvo por el sitio Ficcionbreve.com, que construye dignamente el escritor Héctor Torres, y que sólo se ocupa de la narrativa, Venezuela carece de un registro sistemático de su literatura en Internet.

La segunda, la difusión, consiste en la multiplicidad de posibilidades que Internet ofrece para dar a conocer textos de autores de las tendencias más disímiles. Internet añade un valor adicional a esta experiencia y es la facilidad para establecer contacto con estos autores para criticarlos, elogiarlos o simplemente hablar de literatura con ellos; algo otrora impensable, con los rudimentarios medios de comunicación de que disponíamos. Por otra parte, la existencia de comunidades electrónicas en torno a temas comunes ha terminado por agregar al ambiente literario un componente que antes sólo se sospechaba: los lectores. Así, en estos momentos se sientan las bases de una nueva realidad literaria en la que todos podemos compartir un summum general de conocimientos.

Con todo, la difusión de literatura en Internet es un paso en la carrera del escritor. El objetivo final siempre es la edición en papel. Aunque algunos sitios literarios en la red han demostrado, a fuerza de constancia, tener más criterio y un mayor grado de profesionalización que muchos de sus pares tradicionales, aún se interpreta al papel como la recompensa a la excelencia literaria.

Por ahora es natural, y hasta justo, que esto siga siendo así. La difusión de literatura en Internet es un trampolín para acceder al libro impreso, lo cual no significa que deba ser subestimada. Los sitios literarios que pueblan la red cumplen el rol de cajas de resonancia, de vitrinas para la realidad literaria de nuestros días. La presencia interviniente del lector tiene la facultad de evitar la ascendencia de ídolos con pies de barro, tan comunes en el ámbito de la difusión literaria impresa.

Dentro de este rol tan específico existen sitios que definen los estándares de calidad. Son verdaderas editoriales del medio electrónico, que publican materiales de excelente factura y se convierten, gracias a su trayectoria, en los faros que delimitan la literatura en Internet y, en medida creciente, la literatura.

Pero, como émulo de nuestra sociedad, Internet no está exenta de vicios. De la misma manera como la tecnología nos permite ver el florecimiento de reductos de excelencia en los predios cibernéticos, la facilidad para crear un sitio en Internet redunda en la proliferación de publicaciones de dudosa calidad. Trampas cazabobos que con el ardid de un diseño visualmente atractivo (y a veces ni siquiera eso) no tienen otro fin que satisfacer ambiciones personales, materiales o no.

Abundan también los editores improvisados, que exigen dinero a los escritores para incluirlos en antologías sin fortuna, así como los falsos mecenas que convocan a concursos cuyos premios son sufragados por los mismos participantes. Así de variada es la fauna que nos ocupa. Y de peligrosa, como toda jungla.

No tiene el escritor, sin embargo, que preocuparse por esto. Un buen escritor tenderá, por inclinación natural, a arribar a buenos puertos.

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