Carácter del régimen.
Franquismo y lucha de clases. Una aproximación histórica (1939-1975)[1]. Materiales Cedos. Colectivo. 1977
Apartado 5. Pp. 35-38
El franquismo se configurará como una forma de dominación política que no es reducible a ninguna de las formas “clásicas” de régimen de excepción (fascismo, bonapartismo, dictadura militar), al mismo tiempo que combina aspectos de las tres.
El fascismo se caracteriza porque su establecimiento se realiza a través de los propios mecanismos democrático-burgueses, en base a un partido político capaz de organizar un consenso entre las clases no obreras (y sectores obreros) en torno a la necesidad de establecer un Estado “fuerte” que “elimine la lucha de clases”, que “armonice” capital y trabajo. El gran capital es el alma oculta en un principio, visible después, de ese partido fascista que, una vez en el poder, desarrollará un proceso de institucionalización por el cual, al tiempo que se asegura la desorganización política de la clase obrera, se asegura la organización política de la burguesía a través del partido fascista como órgano político-ideológico-coertivo de dominación. De forma que, el Estado fascista es un estado en el que el partido fascista es el principal depositario del poder, poder que se extiende a todas las capas del aparato de Estado (remodeladas a su conveniencia por el propio partido). Si partido fascista como fuera política dominante (con todo lo que esto implica para la burguesía a efectos de organización, de hegemonía política e ideológica), no hay Estado fascista en sentido estricto.
En el Estado franquista no se da plenamente ninguna de esas características, ni es sus orígenes ni es su consolidación. Veamos. En plena guerra, el partidos fascista pierde su identidad al ser fusionado estatalmente con los tradicionalistas en ese engendro que es FET de las JONS y que más adelante será el Movimiento. Además, empieza a perder su autonomía al ser situado bajo la jefatura, en última instancia de Franco y, en primera, de algún fascista de confianza del “invisto Caudillo”. La pierde totalmente cuando al finalizar la guerra acepta se atomizado y desprovisto de todo poder real al asumir el papel del perro guardián del capital en la estructura burocrático-sindical. Si París bien valía una misa, el control de la clase obrera, bien vale una camisa azul y un brazo en alto, pensaría la burguesía. Y más en un período en el que el régimen estaba inserto en el eje fascista (aunque sin romper nunca los lazos con los aliados), inserción de la que a la larga esperaba obtener importante ayuda económica y el inicio de un nuevo i imperio colonial.
Así, cuando el eje se va al agua, no hay ningún impedimento de importancia para eliminar los personajes y formalismos más desagradables para el delicado espíritu democrático de las potencias occidentales, al mismo tiempo que se conformaba a la burocracia sindical en sus funciones represivas. En 1945, al justificarse antes los aliados por sus “flirteos” fascistas, Franco mostraba un comprensión clarísima de su función histórica: lo importante, lo decisivo, vino a decir, no es la forma más o menos dictatorial, mas o menos fascista, más o menos democrática, de nuestro Estado, sino su carácter anticomunista. Lo que se jugaba en la Guerra Civil no era democracia/fascismo, sino revolución/contrarrevolución. No eran los valores secundarios, formales, sino los eternos valores de Occidente los que defendimos. Cristianismo y civilización frente a barbarie comunista. Y esto es lo que nos hace ser acreedores al respeto de Occidente.
El Estado franquista había utilizado los personajes símbolo de fascismo español de la misma forma que en lo sucesivo utilizaría los de un sector de la democracia cristiana, los del Opus Dei y los que hiciera falta. Y, una vez usados e inutilizados, los arrinconaría.
El Estado franquista constituye una fórmula política original que combina aspectos de las tres formas antes mencionadas (fascismo, bonapartismo y dictadura militar), si bien con predominio de una de ellas: el bonapartismo.
Lo que tiene de fascista reside esencialmente en el sindicalismo vertical y en el sistema formal representativo de corte corporativo. En cuanto a la dictadura militar, si importancia es especialmente relevante en este primer periodo, en el que casi la mitad de las carteras ministeriales estuvieron desempeñada por militares. Además, el papel “arbitral” de Franco hubiese sido inconcebible de no haber estado a la cabeza, y con un dominio efectivo, del aparato político que más importancia ha tenido en el mantenimiento de la dominación burguesa en España: el represivo-militar.
Pero el rasgo dominante es el bonapartismo, definido como la concentración de poder (legislativo y ejecutivo, civil y militar) en una persona no sujeta, legalmente, a ningún tipo de fiscalización política (Franco tan solo respondía ante Dios), tiene su base en una situación en que, garantizando el “orden” por las fuerzas represivas, no existe ninguna fracción de la burguesía organizada políticamente capaz de aglutinar entorno suyo al conjunto del bloque dominante tras una alternativa global. El bonapartismo, al recluir aparentemente a la burguesía en la esfera económica y apartarla de la gestión política, garantiza el ascenso económico-político de la fracción del capital económicamente más poderoso aunque incapaz de hegemonizar política-ideológicamente al conjunto del bloque dominante. Ascenso que se realiza por el inevitable control progresivo de la política económica estatal por parte de aquella fracción.
Eliminadas, o reducidas a la inoperancia, las organizaciones políticas autónomas, el poder se personaliza formalmente, teniendo en su cúspide al dictador, que se apoya normalmente en un aparato burocrático y represivo cuyos miembros están sujetos al favor del jerarca respectivo hasta llegar a la cúspide.
Obviamente, el modelo no puede ser aplicado de forma mecánica al franquismo, pero en lo esencial, aparece válido, especialmente si lo articulamos con los rasgos de fascismo y dictadura militar antes enunciados.
Ahora bien, el bonapartismo (y más combinado con la dictadura militar), al tiempo que actúa eficazmente a medio plazo como reafirmador del dominio social de la burguesía, y que potencia el ascenso de su fracción más poderosa (el capital bancario en el caso español), se convierte a la larga en un obstáculo para el mantenimiento de esa dominación y para la propia consolidación política de esa fracción ascendente, y ello en tanto que tiende a reproducir su condición esencial de surgimiento: la desorganización política de la burguesía; en tanto que, su misma existencia es contraria a la institucionalización de la dominación burguesa más allá de los órganos burocráticos-represivos.
[1] A título de contraste sobre lo que opina Manuel Redero en su artículo El sistema político en relación con la caracterización del franquismo como régimen político, del manual Política y Gobierno En España (cuyo resumen se incorpora) se acompaña este artículo que además, me parece mucho más correcto este punto de vista.