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Mamá, cómprame un radio - Mama, cómprame un radio

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CopyLeft Apuntes de Carlos Gutiérrez Valverde - 24 de Agosto de 2006
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1. Mama, cómprame un radio

Mamá, cómprame un radio

 

Carlos Gutiérrez Valverde

cgvalverde@yahoo.com.mx

 

Me llamo Dulce, Dulce Alanis Tancredo, soy de Caudalosa, Veracruz y vengo a buscar otros aires. He decidido largarme, así, largarme de este mugroso pueblo. En eso pensé y me fui con un ricachón a vivir a la Condesa. Todo fue lindo hasta que se enteró la esposa. Yo le pregunté: “¿Quién manda aquí?” y él me respondió: “Mi mujer”. Y entonces me echaron. Después viví con un chofer de güajolotero por allá por la Chimaluhacán, hasta que nos encontramos Ernesto y yo, quesque en sus mejores tiempos había sido de la secreta. Solo venía a buscar otros aires y pues como mi padre ya quería que me casara y yo no, un día agarré un autobús y me vine a la ciudad con todo y mis chivas. Cómo habría llorado Juan Vainas, el carnicero del pueblo, con el que no quise casarme.

 

Comenzamos por ser amigas desde que le pedí el dinero, los cinco pesos. Me pareció una mujer simpática. Como pedí dinero para mi pasaje, ella fue la única que me puso atención. Pensé que sería la única vez que me prestaría, pero me equivocaba. Ese día llevaba unas botas vino, largas; un bolso de piel, hueso; y una falda verde de mucha alcurnia. La verdad es que esa primera vez asentí en tomarle el dinero porque no la conocía, me veía con tanta elegancia que hasta pensé que me estaba sacando de un apuro o de una urgencia, creo que supuso que tendría un familiar rico muy enfermo y que tal vez necesitaba enviar una carta para alcanzar la herencia, de hecho, lo que le llamó la atención fue la forma en que le pedí el dinero, así, sin más, le dije: “présteme cinco pesos”, así, cinco pesos, lo dije con tanta autoridad que mejor no le conté a mi marido porque luego me regaña, por tonta, por no saber pedir.

 

Un día amanecí de nuevo sola. Quise levantarme rápidamente, ponerme de pie como un boxeador veterano. La cesárea me lo impidió. Vi a mi hijo recién nacido dormir tan tranquilo en la hamaca. Era difícil recomenzar. Decidí para el desayuno unos Korn Flakes. Pensé en mi marido. Miré por la ventana, el día quemaba. Vi el carro abandonado. Tenía polvo en el parabrisas con una leyenda que decía “ya lávame, güey”. Desde que intervinieron a mi esposo del corazón las cosas habían cambiado. Él era más sano, más alegre, más fuerte y su tardanza en llegar a casa se prolongaba por días. Pensaba seriamente que ya no regresaría, aunque era continuaba pagando la renta. Él me cogía una vez por semana. En mis ratos de soledad dejaba que la popo del niño en los pañales desechables se amontonara, insensiblemente. Después con un peine muy fino me mesaba el cabello para quitarme los piojos. No entendía la diferencia entre un piojo y una liendre.

--Mamá, cómprame un radio. Mamá, cómprame un radio y un reloj.- Deseaba en mi soledad.

Imaginé un reloj de piedra en el patio como lo pintaba el doctor Atl, un reloj empotrado en lo alto de una torrecilla y un hombre de pura parafina, esperándome.

 

Cuando me presenté a tocarle a la casera, iba pensando en voz alta:

--¡Ahora que cuaje, ahora que cuaje!

Toqué varias veces. Salió la casera.

--Présteme cinco pesos.

--Oiga, pero si me la he pasado prestándole desde hace medio año. Si se entera mi marido me va a matar.

--Ándele, no sea malita, préstemelos. Ahora que venga Ernesto se los pago, salió a una misión importante, ya ve que en la renta es muy puntual.

--Bueno, está bien.

Me gustaba mirar, pero no me gustaba coquetear con los hombres, los consideraba unos hombres sedientos de sexo. Me gustaba plantarme en los aparadores, me entregaba en cuerpo y alma y soñaba con comprarme toda la ropa de moda que allí se ofrecía. Sabía intuir cuando mi marido regresaba a casa y preparaba el recibimiento un día antes con la visita a los aparadores; así, le contaba todas las maravillas que había visto, deseando que Ernesto cediera a visitarlos con migo y comprarme todo lo que se me antojara. Ver esos holanes, esas mantas, esos vestidos de novia, esos trajes sastre, me hacía saber que la vida era buena con migo. Me imaginaba que mi hijito sería como su padre y que le enseñaría a mirar al sol y hablar con la autoridad con que yo hablaba, en lugar de guardar silencio y ver cómo las golondrinas se paraban en los cables de luz desde las penumbras de mi habitación. Ver cómo esos pastos verdes brotan de los cerros grises figurando elefantes. El niño por fin había dejado de llorar, mis pechos estaban flácidos pero aun mis piernas estaban muy buenas, firmes. Me sentía como un ave torpe en medio de una galería.

 

--Oye vieja, esa tal Dulce Alanis, no estará media tocadiscos…  

--¿Cuál Dulce, tú?

--La inquilina…

--¿Por qué?

--Pues se la pasa en el Centro, allí donde están las tiendas de ropa, se la pasa todo el día, ¡será rica!

--¡No, qué rica va a ser! Siempre me viene a pedir cinco pesos. Sale muy perfumada y me viene a pedir cinco pesos. Le contesto que ya me debe varios pero ella me responde: “Ahora que cuaje, ahora que cuaje…”. Como si tuviera un gran negocio en puerta. ¿No andará haciendo tarugo al judicial?

--No vieja, a mí se me hace que está media tocada. Nunca he visto que compre nada.

 

Elvira estuvo llorando durante el día. Los ojos los tenía hundidos. Comió dos panecillos duros y no salió de la habitación, aunque tenía el fuerte presentimiento de que hoy se presentaría su esposo a pagar la renta atrasada. No llegó hasta el tercer día, en que ya no funcionaba su presentimiento. El maldito vecino se la había pasado escuchando “la hora romántica” en la radio. Para Ernesto, a pesar de haberse ido tres veces, nada había cambiado. Los hijos de la casera seguían igual de desnudos, jugando fútbol. Se disculpó con ella por no haberse presentado antes a cubrir las dos rentas atrasadas, ya que estaba en un operativo. La casera le preguntó que qué era eso del operativo. No entendía ni papa.

--Bueno, no se preocupe, aquí está su dinerito.- Respondió.

--Usted debe tener otra mujer por allí, a mí no me hace taruga. Si viera cómo sufre su mujer, ya hágase cargo de ella, como Dios manda, el chamaco necesita un padre…

--Gracias, le agradezco el consejo, pero me tengo que ir.

La lluvia no se había presentado, ella estuvo afuera todo el día, recordando lo del reloj. El hijo de la vecina estaba fumando, ellos no se conocían. Parece que acababa de salir de la cárcel. Tenía una mirada de insinuante, como de coqueto, pero ella tuvo tiempo de estudiarlo, de analizarlo. Encontró una cierta arruga en su frente, que sólo se mostraba con el enojo, era un cierto gesto particular. Como de melancolía y enojo. Era un tipo guapo, seguramente casado. Lo deseó, lo deseó intensamente, pero comenzó a llover y él ni una mirada le había dedicado.

Al día siguiente entró en el baño y encontró ropa interior de una mujer. ¿Cómo había llegado allí, si no era de ella?

Para el domingo llegó Ernesto, hicieron el amor, y al despertar entró otra vez en el baño y encontró otra ropa interior de mujer… Consideró que se estaba volviendo loca. No eran de ella. Sería una señal de que tendría que irse, que su marido comenzaba a serle infiel.

Al siguiente jueves ya no llovió; salió el  hijo de la casera; se sintió con ánimos, rejuvenecida, se puso a jugar con su hijo a las manitas, se sentía con ganas de recomenzar una nueva vida, de volverse a enamorar. Sentía que la vida se le lanzaba al cuello para morderla. Vio otra vez al vecino, se le acercó y le dijo:

--Cómprame un radio.

--¡Cómo!

--Cómprame un radio.

Él no entendió, pero la tomó de su cintura, la llevó a su habitación y la cogió, la cogió desesperadamente, como un hombre sediento. Fue una mujer tan completa, tan realizada esa tarde. Cuando terminaron de hacer el amor, él le dijo:

--Puedes llevarte el mío.

--¿Llevarme qué?

--Sí, mi radio, la radio.

--Ah, ya, gracias. Eres muy amable, pero además de amable, eres muy guapo.

 

Al irse de la habitación, y en esa intimidad, pensó que había sido un error tener un hijo, ahora ya no podría marcharse cuando quisiera, tendría que cuidarlo y desechar pañales, ponerse bella para su esposo y para su vecino, y ahora ya tenía su radio. Al vecino, Carlos, lo imaginaría recargado en ese reloj del doctor Atl para volverla a coger. Pero el vecino seguiría allí, fumando como cada tarde, sin molestar a nadie, sin saludar.

 

 

 

 

* Carlos Gutiérrez Valverde, actualmente vive en cuatro vientos,  Edo de Méx. Algunos textos  de él han sido publicados en diversos medios impresos del país. Tiene 35 años de edad. Actualmente prepara un libro de cuentos  con el título de nombre “Huevos Divorciados”.

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