El fin de la guerra fría y la entrada en la Europa de la transición comportó un alud de ideas y propuestas sobre el futuro de la seguridad europea: se repensó Europa en términos de seguridad.
Una primera consecuencia del fin de la bipolaridad para la seguridad europea es su pérdida de centralidad. Hasta 1945, la seguridad europea era equivalente a seguridad internacional. Desde esa fecha y durante toda la guerra fría, Europa ha sido el escenario por excelencia del enfrentamiento bipolar. El paso de objeto a sujeto los define Schulze al escribir que “en 1989 y 1990 Europa volvió a emerger como sujeto de la historia”. Por primera vez Europa es sujeto pero no centro de la historia.
La Vieja Europa”: un complejo de seguridad.
Nos referimos a la centralidad de Europa en términos de seguridad, dentro del sistema internacional. Primero como sujeto, desde la paz de Westfalia, y después como objeto, en el sistema bipolar de la guerra fría, la seguridad de Europa ha sido siempre determinante de la seguridad internacional.
La seguridad europea se caracterizaba por dos elementos. Por una parte el territorio estaba muy asociado al poder y ello generaba innumerables guerras por el control y la posesión de territorios, además muy fragmentados. En 1815 se podía hablar de un sistema de estados europeos entre el Atlántico y los Urales compuesto por 50 miembros, de ellos 5 eran grandes potencias, 4 potencias secundarias y 41 miembros de tamaño desigual.
Por otra parte, la lógica del equilibrio del poder se imponía como condición normal del complejo de seguridad: ningún Estado debía adquirir fuerza suficiente para someter a los demás y crear así un sistema hegemónico (aunque se intentaba, así tras Napoleón, Alemania y Rusia eran percibidas como grandes amenazas potenciales contra el status quo).
A lo largo del siglo XIX se solaparon intentos diplomáticos para desarrollar un cierto sistema de seguridad europea que fracasaron fundamentalmente por el potencial peligro de Alemania, Rusia y la capacidad desestabilizadora de los Balcanes. De hecho, en los dos casos que se llevaron a cabo intentos hegemónicos (las dos G.M.), la restauración de la situación pasa por la presencia de los EE.UU.
Para Buzan “el rescate del viejo mundo por el nuevo fue el anuncia y el vehículo de transición de Europa pasando a ser el complejo de seguridad dominante a ser uno subordinado. La intervención norteamericana señaló, no sólo el ascenso de una potencia extraeuropea a un papel mundial y el final de la primacía europea, sino también, la pérdida, por parte de Europa, del control y de la autonomía sobre la dinámica de sus propias relaciones de seguridad. Una de las grandes consecuencias de las dos guerras mundiales fue el final de la convergencia entre el complejo de seguridad europeo y el sistema global de seguridad”.
A partir de 1945, la seguridad europea dejó de “mandar” sobre el conjunto de la seguridad internacional para pasar a convertirse en el “núcleo duro” de la seguridad bipolar. Lo que no le restaba centralidad pero si control. Todo ello modificaba los problemas más tradicionales de la agenda europea: el problema alemán, el ruso y el de los Balcanes, tras la segunda guerra mundial, la tradicional amenaza alemana fue sustituida por la amenaza soviética.
En el marco de la bipolaridad se desarrolló lo que para Buzan es “En Europa occidental....el equilibrio de poder ha sido sustituido por una comunidad de seguridad en a que ningún estado espera ni se prepara para un ataque militar por parte de los otros. Esta comunidad ha crecido dentro de la estructura militar de la OTAN, aunque políticamente es otra cosa”.
El fin de la guerra fría sitúa el complejo de la seguridad europea frente a una situación desconocida. El escenario europeo pierde sentido como espacio simbólico del conflicto Este-Oeste. De ahí la necesidad de repensar los modelos de seguridad para la nueva Europa.
[1] La seguridad en la nueva Europa. Esther Barbé. pp. 61-92 (resumen)