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El tema de Copérnico y Galileo en la obra de Quevedo ha sido señalado ya por Luisa López-Grigera, en su edición de La Hora de Todos y la Fortuna con seso (Madrid, Ed. Castalia, 1975), en el prólogo a la edición (1), y en algunas notas a pie de página repartidas en el texto.
López-Grigera presenta al Salmo XXI de Quevedo, escrito en 1612, como texto que parece indicar que éste toma partido por la postura copernicana, notando que textos posteriores se inclinan hacia la ptolemaica.
En la Hora de Todos... , escrita en 1635, leemos: "(...) del sol (...) planeta bermejo y andante (...)", texto que anota López-Grigera: "El sol gira, anda, como en el sistema ptolomeico"(2).
Más adelante, en la página 69, leemos.- "El sol se ha parado, la rueda de la fortuna, nunca (...)."Este texto refuerza el anterior del "sol andante", y no debemos olvidar que esta parada del sol, en el libro de Josué, es uno de los argumentos que se esgrimieron contra Galileo en su proceso.
Existe otra de Quevedo, en su Marco Bruto, obra escrita en 1633, y continuamente revisada por Quevedo hasta su edición en 1644 (3), en la que abunda en este hecho: el sol se para en el libro de Josué, vuelve atrás en el reloj de Acaz (Homilia a la Santísima Trinidad, 1296: "... el sol, corazón del cielo, progenitor del día, ¿no lo confesó dando pasos atrás en la velocidad de su curso, en el reloj de Acaz? Cuando resbalando por lo cóncavo de su orbe, se precipitaba al occidente, ¿no se fijó inmoble, largando la vida al día para abreviar la de los contrarios de Josué?"), se eclipsa en la muerte de Cristo; pero estos, para Quevedo, no son hechos naturales, sino "novedades milagrosas permitidas a los reyes", y en este texto da al sol el tratamiento de rey. En las obras de Quevedo, el sol es el rey del universo, el corazón del mundo: "... criar la luz y conglobar de ella esa masa del sol, que sirve de corazón al mundo ..." (Homilía a la Santísima Trinidad, 1304), la fuente de la luz para el mundo y los demás astros, el padre del oro, al que destila en las peñas, del calor natural, el creador de las nieblas y de los vapores; pero este texto deja entrever algo más: la prudencia; el sol se para, eso no es natural, y no entremos a discutir las causas de este hecho, es su privilegio.
López-Grigera anota otra cita en La Hora de Todos... (4): "La tierra siempre firme y sin movimiento, se opone al bullicio y perpetua discordia de su inconstancia; (...)", y la nota de López-Grigera dice: "Expresamente toma posición contra Galileo". Aquí disentimos: el contexto de la cita es el mar, el bullicio y la inconstancia del mar frente a la inmovilidad de la tierra, y creemos que está claro que aquí Quevedo no habla de la tierra como planeta móvil o inmóvil, sino como elemento geográfico que, evidentemente, no produce a los sentidos sensación alguna de movimiento sino es en los terremotos. En cualquier caso, esta cita es completamente ajena a la polémica.
Existen en Quevedo textos mucho más categóricos en la condena a Galileo. En Virtud militante..., obra escrita en 1635, encontramos dos citas ejemplares; comentando a Claudiano, escribe Quevedo: "(...) la obediencia del ímpetu del mar a la ley que se le escribió en la arena, y el peso de la tierra, que suspendida, se afirma inmoble." (5) He aquí un planeta, la tierra, suspendido en el universo, inmoble; y esta otra, aún más ejemplar y en la que se advierten los efectos de la condena de Galileo: "La misma naturaleza en el grande cuerpo de todo este mundo reconoce por movibles sus mayores partes y sus mejores miembros. ¿En qué seguridad permanente podrán estos bienes que se llaman raíces, afirmarse en quietud. si la tierra y el mar de que se rodean son movibles? Antes él propio movimiento es, y un continuo contraste. No digo que se mueva la tierra; sino que toda ella padece mudanzas, continuos robos de los ríos (...)" (5 bis). Este añadido al texto, este "No digo que se mueva la Tierra...", no es a nuestro parecer una simple aclaración a algo que no quedó claramente expuesto a juicio del autor; es, más bien, todo un curarse en salud, un gesto de prudencia.
Vamos ahora con la polémica heliocentrismo-geocentrismo y la postura de Quevedo al respecto. Ya hemos señalado al principio de este trabajo lo que Luisa López-Grigera aporta en su edición de La Hora de Todos. La supuesta cita heliocentrista que señala López-Grigera en un salmo procede de la producción poética de nuestro autor. Nosotros, en toda la obra de Francisco de Quevedo en prosa (exceptuando su correspondencia), sólo hemos hallado una cita que, a nuestro parecer, es heliocentrista. En 1620, Quevedo escribe su obra Gracias y desgracias del ojo del culo, que se editó en 1626; una obra terriblemente divertida y que debió hacerse muy popular; y en ella leemos: (6): "(...) pues en su forma (la del ojo del culo) circular como la esfera, y dividido en un diámetro o zodiaco como ella. Su sitio es en medio como el del sol." Sin embargo, tampoco podemos tomarla al pie de la letra, pues el sol ocupa la cuarta esfera en el cosmos Tolemaico, en medio de los ocho planetas (por este orden: la luna, mercurio, venus, el sol marte, júpiter y saturno; y, por encima de ellos, las estrellas fijas, el Primum Mobile y el Empíreo). Quizá a un lector culto de su tiempo no le sorprendiera nada leer que el sol estaba "en medio" sin atribuirlo para nada a la polémica copernicana.(Ver nota nº 8)
Esto se escribió en 1620, cuando ya hacia cuatro años de la condena de Copérnico, que no tuvo una gran repercusión. Cosa muy distinta ocurrió con el proceso y condena de Galileo en 1633; y así leemos, de nuevo en Virtud militante (1635): "(...) que la varia luna con ajeno fuego se llenara y el sol con el suyo; que alargó las orillas a las ondas, que suspendió la Tierra en el centro (...) que mandó a las estrellas que se movieran con ley (...)" (7) También en la Perinola: "... el cuarto cielo (que es el del sol, en todo lunario y almanaque, sin que halla cosa en contrario) ..." (Perinola ... 509, Edición de F. Buendía); hay que señalar que esto es una clara toma de postura: el cuarto cielo era el lugar del sol en el sistema tolemaico, y el de la tierra en el copernicano.
Como añadidura a estas citas, resaltemos dos hechos que creemos muy significativos: ¿por qué Quevedo, un eterno lector del Libro de Job, traductor y comentarista del mismo, que lo trae a colación continuamente, y lector de todas das las obras que sobre Job caían en sus manos, citándolas con gran aparato erudito, no cita el In Job Commentaria, de Fray Diego de Zúñiga (1536-1598)? Entendemos que el que éste fuera un libro expurgado (1616) de su contenido copernicano, no excusaba su lectura por don Francisco.
Y otro hecho: Quevedo, hombre dado a citar autores, bien para ensalzarlos, bien para condenarlos, e incluso para someterlos al insulto más cruel; tan aficionado a confeccionar listas de hechiceros, filósofos, mágicos, santos padres, alquimistas, demonios, autoridades etc., no cita, en su obra en prosa, ni una sola vez a Copérnico ni a Galileo (8); ¿es esto casual? No lo creemos así; pensamos más bien que se trata de otra prueba más de "prudencia", de un reflejo más de la polémica en la sociedad y época en la que vivió, de un siglo que, significativamente, se inauguró con la hoguera de Giordano Bruno.
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