Bien: queda dicho que es imposible nadar contra la corriente. Queda dicho que lo razonable no es intentar romper los vínculos que nos unen a nuestro cerebro, sino intentar formar parte de él, sumándonos a las tareas creativas. Es probable que en este punto pueda tildarse esta propuesta de «entreguista» o de «traidora», pero cualquier persona tentada a calificarla de esa manera debe pensar que la alternativa es aún peor: continuar, a regañadientes, siendo remolcados por los centros creativos, sin que nuestra simbólica rebeldía nos consiga el menor rasgo de autonomía espiritual. Tal vez para escuchar en calma estas reflexiones sea muy importante, previamente, sacudirse las viejas categorías de antaño. Tal vez sea imprescindible comprender que el nacionalismo ya no es posible, y que palabras como «patria» o «nación» han perdido toda connotación real, aunque no su vieja carga emotiva. Si aceptamos -y hasta es posible aceptarlo con júbilo- que Humanidad se dirige hacia un punto de confluencia, de uniformidad, señalado por el país que encabeza el planeta, tal vez podamos encontrar mejor nuestro papel en esta larga marcha hacia la sociedad planetaria, y tal vez podamos colaborar en el trayecto, por respeto hacia nosotros mismos y porque - paradójicamente- no hay otro camino para contribuir al diseño de nuestro propio destino. Pero eso requiere un tenso y doloroso ejercicio de humildad colectiva, que acaso comience por definir como somos nosotros, y qué hay que modificar de nosotros para poder insertarnos activamente en las corrientes dominantes del planeta. Es falso, por ejemplo, sostener que nuestra postración intelectual y económica es el resultado de podridas estructuras sociales y políticas. Eso -qué duda cabe- influye, pero el problema esencial radica, primero, en nuestra idiosincrasia, y luego, en menor medida, en nuestra percepción del acontecer histórico. Nuestras sociedades y nuestros líderes no se han percatado de que desde hace siglos la idea del progreso y la voluntad de innovación determinan el curso de la Historia. Nosotros pertenecemos a otra tradición, la hispánica, quizá la hispanoromana, que concibe la sociedad como un cuerpo estático, en lento crecimiento vegetativo, sujeta siempre a un molde inalterable que relega la creatividad al plano ornamental. Es la sociedad que ayer gloriosamente producía a Cervantes, a Goya o a Velázquez, y que hoy produce a Vargas Llosa, a García Márquez, o a Octavio Paz, pero que muy pocas veces se aventura a crear fuera del perímetro artístico. Y es que nosotros, para vivir en una sociedad estática, contábamos con la mentalidad social adecuada, porque para existir en un mundo de perfiles eternos no era necesario ser disciplinados, ni metódicos, ni curiosos, ni constantes, pero si admitimos que el objetivo de nuestras vidas es transformar, a cada instante, la materia o las ideas, poner en duda el mundo en que vivimos, y negarlo en crecientes actos de rebelión intelectual, entonces no nos queda más remedio que modificar parcialmente nuestra idiosincrasia y transformar nuestra mentalidad social, de manera que los objetivos y los medios de lograrlos encuentren una razonable adecuación.
Es un peligrosísimo disparate continuar repitiendo que el éxito de sociedades como la norteamericana es el producto de la explotación del Tercer Mundo -incluyendo nuestra explotación-, o el resultado de la suerte en la arbitraria distribución le los bienes naturales. Por el contrario, cada día e afianza más entre los expertos la convicción del elemento clave en la formación de la riqueza es lo que llaman el «capital humano». En 1945 Japón era un país destruido y hambriento, y cuarenta años después es uno de los más prósperos centros creativos del planeta, y quizá sea su más poderosa locomotora a mediados del siglo XXI. Japón empleó a fondo su inmenso capital humano. ¿Qué hay detrás el milagro japonés, del alemán, del suizo, del noruego, del coreano, del singaporense, del inglés, del sueco, del norteamericano, del holandés. ¿Qué hay detrás del milagro de cada sociedad que en los últimos siglos ha logrado despegar espectacularmente? AIgo bien sencillo: una idiosincrasia adecuada a los objetivos que persigue, un valioso capital humano. Si nosotros no podemos cambiar los objetivos, porque se definen fuera de nuestras fronteras, entonces estamos condenados a cambiar nuestra idiosincrasia para incrementar sustancialmente nuestro capital humano.