



La empresa de Adela no cree en el “efecto cadena”, es decir, aquella teoría que afirma que los trabajadores de una misma empresa forman un cadena y que la rotura de un eslabón supone una traba porque todos tienen una función muy importante que cumplir y el éxito de uno redunda en el de otro.
La empresa de Adela es una organización descompensada. La balanza organizacional se inclina clara y exclusivamente hacia el lado del departamento comercial. ¿Por qué? Porque venden. Claro, y el departamento de producción produce, el de comunicación comunica y el financiero mueve el dinero. Elemental.
La empresa de Adela se mueve por una visión cortoplacista del negocio, que le lleva a pensar únicamente en vender mucho y de forma rápida, sin tener en cuenta hacia dónde va la empresa, qué objetivos se debería marcar para los próximos años, la inversión en I+D y el roadmap de productos, los planes de carrera de empleados o la necesidad de estructurar la política de marketing y comunicación en torno a una estrategia definida y consensuada.
Estas miras puestas en el corto plazo le impiden evolucionar, retener el talento, hacer que aflore la creatividad que todo empleado lleva dentro, tener una perspectiva de mercado y de las tendencias que marcarán el movimiento de los años venideros.
O mucho me equivoco o la empresa de Adela no sobrevivirá a la segunda generación de propietarios.
En este entorno, el ambiente de trabajo no es el más indicado para alguien que cree en sus posibilidades como trabajador, que desea ascender en su profesión y adquirir nuevos conocimientos.
Como lo único que interesa es vender, el departamento comercial es el que lleva la voz cantante del grupo, haciendo que todos los músicos les sigan sin ensayos previos, sesiones de acoplamiento de voz y sonido o de afinamiento de instrumentos. Hay que vender, todo lo demás puede esperar.
Por eso, en la empresa de Adela hay un terrible problema de comunicación interna que tiene que aguardar su turno. El asunto es tan grave que cuando entra una persona nueva a trabajar no es presentada a nadie ni el nombramiento es comunicado. Esto da lugar a situaciones tan penosas como encontrarte en el ascensor y preguntarle al que ya es tu “compañero” de trabajo: perdona, ¿a qué piso vas?.
Pero no pasa nada, esto no es un obstáculo para que no vendamos, no afecta a los resultados, pensarán los dueños de la empresa.
La realidad en la base de la pirámide jerárquica es el reino de la apatía, de la desmotivación, el pensar “qué pinto yo aquí” y el sentimiento de querer huir hacia otra empresa en la que el equilibrio sea unos de sus principales valores.
La primera responsabilidad de la empresa pasa por la interiorización de la esencia del negocio por parte de sus máximos responsables, no perder nunca el rumbo ni dejarse llevar por cantos de sirenas y, sobre todo, saber dar a cada uno en la organización su lugar, sin pasarse ni por exceso ni por defecto.
Por cierto, Adela ya no trabaja en su empresa.