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1. Gabriel García Marquez
La idea de que un escritor es un tema y sus variantes se aplica a Gabriel García Márquez, tanto que muchos críticos han declarado que después del reconocimiento, el nobel no hace más que repetirse. Se trata de un concepto que el autor ha trabajado desde que comenzó su carrera literaria y que tiene que ver con la intolerancia y la exclusión que él vivió en carne propia. Cuando García Márquez era estudiante de Derecho en Bogotá, padeció la discriminación entre cachacos (gentes del interior) y costeños. Aún en la década de los cuarenta estaba tan arraigado el sentimiento de exclusión que restaurantes y salones de té en la capital prohibían la entrada a costeños a través de avisos; ni hablar de los clubes sociales. Esta circunstancia la corrobora el mismo autor en sus Memorias. Se trata de un leitmotiv que también utilizó William Faulkner. La comunicación humana es un drama; comunicación hay, lo que difícilmente se da es la comprensión del mensaje, luego no hay entendimiento real. Esta es la soledad de la que habla el nobel y que supo universalizar desde Macondo.

Cien años de soledad puede ser resumida en una frase: "...Aquí en el corazón". Es la respuesta que da Úrsula a su bogotana nuera Fernanda del Carpio cuando ésta la escucha gritar, y pensando que la ha picado un alacrán le pregunta ¿dónde está? La matrona ha pegado un grito de dolor: la cuenta de cobro que repensar la historia de su familia y sus rivalidades le han pasado. Basta recordar la maledicencia con que Amaranta trata a su hermanastra guajira (indígena) Rebeca. Intentando envenenar su vestido de novia por envidia, termina dando muerte a su cuñada, una adolescente. La culpa, la amargura se traducen es su ostracismo: una muerta en vida faulkneriana. Sin embargo, la soledad literaria no se limita a ser la condensación de las contrariedades humanas. Su primer cuento, influido como se sabe por Kafka y el Surrealismo, es la representación de la total falta de conciliación entre los partidos. Tres décadas de hegemonía conservadora metaforizadas en un contendor muerto en vida que crece en medio de un ataúd, sin poder decir ni opinar nada, aún siendo partícipe de la realidad que lo circunda. Hubo tres intentos por conciliar con los opositores políticos, sin embargo, la hegemonía se impuso. En Los funerales de la Mama Grande es evidente el recorrido triste por la historia política colombiana. Desde el asesinato de Gaitán y el Bogotazo hasta el gobierno militar de Rojas Pinilla. El golpe de estado que éste le dio a Laureano Gómez provocó una esperanza rápidamente abortada por el incesto político propio de las clases dirigentes latinoamericanas. Este es el otro aspecto que señalo de la soledad garciamarquina y que el autor convirtió en símbolo a través del vástago de toda una generación que nació malogrado: con cola de cerdo y siendo pasto de las hormigas[1] La posición del autor se deja ver en el personaje de Magadalena, quien fuera la única en renuncia r a la herencia de la Mama Grande. "¿Para qué dividir en tres lo que ya está dividido en dos. ¿El poder para qué?". Frases del liberal Darío Echandía tras la tentativa de reorganizar el gabinete ministerial después del asesinato de Gaitán y la revuelta del Bogotazo. Finalmente, el Frente Nacional (matrimonio incestuoso entre partidos tradicionales) organizado por "la dueña de la soberanía y los colores de la bandera", terminó enterrando cualquier posibilidad legítima de tercerías políticas. Las consecuencias se sufren hoy en día desde lo recóndito de las selvas colombianas (80% del territorio nacional).

Aquello que hace magistral la obra de García Márquez es precisamente la grandilocuencia con la que desde distintas variantes aborda la realidad medular de Colombia. Si bien es cierto que Cien años de soledad es la voz de la mujer, también lo es que ésta tiene un sinónimo: mampolón. Término que soporta el sentido de la novela y argumenta las razones que da Úrsula para explicar la ruina de Macondo (las peleas de gallos, la guerra, las mujeres de la vida y las empresas imposibles). Úrsula, en medio de un mundo de hombres, sacó adelante a toda una estirpe vendiendo animalitos de caramelo. De ella es el término que no aparece en el diccionario, mampolón y que significa aquel que no sirve para engendrar y mantener, un zángano, un buscón, un bueno para nada, un Buendía... alguien que no sabe y ni le interesa leer su realidad, su mundo.

La obra de García Márquez es maravillosa en la medida en que es profética: más 50 años (oficiales) de conflicto interno equivalen a 20 guerras perdidas del coronel Aureliano Buendía; 100 años de progreso y otro tanto de involución debido al exacerbado principio de placer[2] y la alucinación del único con el cual es posible construir Macondo: el Otro, el diferente. Se trata de una tragedia moderna -más acertado es decir, actual- en donde el judío, el ateo, el extranjero, el masón, el liberal, el negro, el indígena, el gitano y la mujer se concilian sólo de manera tangencial. Recuérdese Ojos de perro azul en donde él ni siquiera recuerda que sueña con ella y sólo se encuentran en el espacio onírico, o la bella durmiente del avión con la que alucina su enamorado, o el mundo moderno que sueña Billy y del que no puede formar parte en La huella de tu sangre en la nieve, y ni hablar de todos los años que pasó Ángela Vicario escribiéndole a su esposo antes que éste creyera suficiente el sufrimiento de la distancia para lavar la afrenta de su hombría al haberse casado con una no virgen.

La soledad de Macondo no es una soledad física, es del alma, pues ésta reflejada en un espejo que le devuelve su misma imagen, que la torna sombría, invisible. Lo increíble y triste es que esto ocurre en un mundo de contrastes, lleno de imágenes devueltas por voces distintas. 'Técnicamente' se le ha denominado riqueza pluricultural, tal vez deba decirse 'alucinadamente', pues la distancia entre la realidad y la alucinación no puede ser llenada por un laberinto de sangre llamado Macondo. Colombia es lastimosamente la nación más excluyente del América Latina. Lo peor es que vive del chiste y del cuento. Es decir, de la apariencia. El colombiano es alguien que alucina lo que no tiene, y lo que posee y le causa vergüenza lo transforma o lo obvia. Este es el caso de la Historia nacional en donde se maquilla la realidad, creyendo este ejercicio ocultamiento salvador. El general en su laberinto es el mejor de los puentes construidos de manera simbólica para salvar la brecha de la no conciliación, pues re-escribir la historia es develar mentiras e incluir minorías omitidas deliberadamente y sólo presentes en los archivos o como gancho de las telenovelas. Lo rescatable de esta novela es el símbolo de unión que crea: el Libertador -un icono real- relacionado de manera erótica amatoria con una blanca, una negra, una meztiza, una indígena con toda la nación[3]

Leer y aprehender la historia es la única salida del laberinto, descifrar los pergaminos del gitano Melquíades para evitar que zozobre el barco en medio de la cuarentena.




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[1] Para García Márquez, la “marabunta” u hormiguero representa la multinacional extranjera Unit Fruit Company.

[2] La media de normalidad se da entre el principio de realidad y el de placer. En la novela se ve claramente que sus personajes se orientan más hacia el último. Recuérdese la figura de los gemelos Buendía: uno apasionado por la guerra y el otro entregado al sexo y la comida, incluso le ganó una apuesta del que más comiera a La Elefanta; influencia rabelaisiana en la obra.

[3] El Nobel, expone su razón para volver sobre un pasado que no cesa de pasar la cuenta de cobro por la exclusión y la falta de conciliación nacional; se trata de la evidencia del fracaso de los proyectos de fundación: “Somos conscientes de nuestros males, pero nos hemos desgastado luchando contra los síntomas mientras las causas se eternizan. Nos han escrito y oficializado una versión complaciente de la historia, hecha más para esconder que para clarificar, en la cual se perpetúan vicios originales, se ganan batallas que nunca se dieron y se sacralizan glorias que nunca merecimos. Pues nos complacemos en el ensueño de que la historia no se parezca a la Colombia en que vivimos, sino que Colombia termine por parecerse a su historia escrita”. Cf. Colombia: al filo de la oportunidad, 1994.

Uno de los mejores ejemplos de integración racial y social propuesta por la novela se encuentra en la siguiente cita: “Uno era distinto: José laurencio Silva, hijo de la comadrona del pueblo de El Tinaco, en los Llanos, y de un pescador del río. (...) La única contrariedad que le causó su condición de pardo fue el ser rechazado por una dama de la aristocracia local en un baile de gala. El general pidió entonces que repitieran el valse, y lo bailó con él” (El general en su laberinto, pp. 167).
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