¿Pertenece Santano al grupo de autores de su edad, de los nacidos en los años cincuenta que empiezan a publicar a finales de los setenta y principios de los ochenta?
El marbete de Poesía de los Ochenta es cómodo para explicar a los alumnos tales o cuales características, pero no responde a una realidad grupal o generacional como ocurrió con García Lorca, Alberti, Salinas, Diego y otros durante un corto periodo de años, allá por el atardecer de los años veinte. Ahora Juaristi, Trapiello, Linares, Bonet, Andréu, Valverde, García Montero y otros, aunque sean de edades y formación académica y cultural similares, han escrito y escriben desde motivaciones diferentes, con estilos diferentes y en constante evolución poética y metapoética.
Santano sigue un camino propio, muy distinto al de sus compañeros generacionales:
Las raíces poéticas de Santano se hunden en Bécquer y Antonio Machado: sentimentalismo, soledad, silencio y vivencias rurales. Este árbol crece al cobijo de las influencias de Carlos Clementson, Justo Jorge Padrón y otros de los disidentes [Sánchez Zamarreño, 1989, 59] de los novísimos [Castellet, 1970]. De estos disidentes Santano recibe la lírica intimista, humanizada y la narratividad de sus versos largos cuajados de imágenes neosurrealistas, abandonando el habla coloquial y sublimando la experiencia.
Después nace el estilo propio: desde el sentimentalismo y romanticismo de Profecía de otoño e Íntima heredad hasta el existencialismo y poesía de la experiencia de La piedra escrita y Suerte de alquimia, con esa isla de optimismo que es Exilio en Caridemo.
Santano se educó en un pueblo del sur, estudió en la Universidad y volvió a sus orígenes, por tanto la lejanía de los grupos poéticos y de los cenáculos literarios implica su autodidactismo y esa tendencia cultista e incluso conservadora de sus formas, aunque no en sus temas. Este rasgo coincide con las apreciaciones de algunos críticos que dicen que los autores de los años ochenta tienen una visión conservadora de la poesía [Mayhew, 1994, 131], sin observar las tendencias renovadoras como la poesía cívica, el neosurrealismo, el erotismo desde la mujer y los nuevos enfoques culturalistas; además muchos poetas se desentienden de grupos literarios o simplemente no pueden acceder a ellos por diversas circunstancias (lejanía, falta de contactos...) [Cano Ballesta, 2001, 27].
La poesía de Santano evoluciona con naturalidad, sin reflexiones metapoéticas o existenciales conscientes, hacia la poesía de la experiencia, igual que otros autores de su generación. La poesía de la experiencia es la consecuencia de la soledad del hombre contemporáneo, lejano de la religión, de la filosofía y de la ideología, que el poeta mezcla con sus vivencias, para obtener sus propias verdades y emociones [Gil de Biedma, 1994, 51]. Es un tipo de poesía urbana que acoge a la mayoría de los poetas más reconocidos de los años ochenta, con García Montero, Marzal, Juaristi, Salvago, Mengíbar, Prado, etc.
En cambio, Santano en estos libros no desarrolla otras posibilidades interesantes como la poética del silencio, que busca la brevedad, la concisión y la condensación expresivas en la que destacan Jover, Valente, Siles y Amorós [Debicki, 1997, 259-260]. Tampoco la rehumanización poética, autobiográfica, urbana e incluso ligera con habla coloquial que se aprecia en Juaristi, Gallego, Dionisia García... [Sánchez Zamarreño, 1989,60]. Ni la otra sentimentalidad, con Salvador, García Montero y Egea, quienes pretenden acercar el arte a la vida, fundiendo intimidad y experiencia [Calles, 1991, 93-94], a éstos se pueden añadir L. Muñoz, B. Prado, I. Mengíbar y los citados Juaristi, Marzal, Salvago, Suñén, Wolfe, Riechmann, Marzal, Mesa Toré, etc., esta sentimentalidad entra quizás en la poesía de la experiencia [D’Ors, 1994, 59]. No prueba la tendencia neoclásica y helénica con alusiones a lo clásico para revelar los sentimientos y contradicciones del poeta, son entre otros María Sanz, Leonor Barrón, Marzal, Botas, Salvago, Andréu, Luque, etc. [Cano Ballesta, 1998, 16-18]. No intenta la poesía postmoderna que mira a escritores del pasado e intenta resucitar el esplendor modernista, pero se le parodia como hacen Salvago, Gª Montero, Marzal, Juaristi, etc. o se le admira como hacen Benítez Reyes, Mesa Toré, etc. [García Martín, 1988, 23-24]. No sigue el neosurrealismo que aporta Blanca Andréu, con Iglesias, Rabanal, etc. [Lanz, 1997, 72-74]. Ni la poesía social con Padua, González, Vaz, Moya, Orta, Aguaded..., con carácter narrativo, coloquial, impúdico y político [Stabile, 1999, 39].
La obra de Santano, compuesta por cinco libros, avanza segura y personal en este rico arrecife de corrientes poéticas, en el que también debemos citar el empuje de las mujeres (alcanza esplendor en el motivo del erotismo con Ana Rossetti [Ugalde, 1990,119]; y en la gran cantidad y calidad de títulos [Balcells, 2003] y citamos aleatoriamente entre las jóvenes a Tina Suárez, Ana Merino, Irene Sánchez, Verónica García), y de los jóvenes (como García Casado, Mayor, Rey, Gragera, Reyes, etc. [Munárriz, 2003], que se abren paso con fuerza y muestran un descarado eclecticismo en formas y temas).
Finalmente este crítico aspira a que la obra de Santano alcance el reconocimiento que merece y que el poeta se atreva a experimentar nuevas formas y temas, pues a su edad (47 años) se abre un interesante horizonte de madurez personal y lírica, en el que la experiencia puede modelarse conscientemente de muy diversos modos poéticos.