En Profecía de otoño (1994), su primera obra, encontramos la galería de recuerdos de la infancia en Baena, la dificultad del amor y la certeza de la soledad y la muerte; abundan las descripciones; presenta tres partes (De la memoria, Del amor, De los silencios); los poemas (treinta) son breves (de ocho a veinte versos) con técnica libre y suelen superar las catorce sílabas. Leamos:
Que el tiempo se detenga, ahora,
en este justo instante.
Bendito incienso que perfuma
la estancia y nubla los sentidos.
Trasera puerta parroquial
donde la infancia
ración de leche en polvo espera. Primeras
“vaquillas” a la escuela, mientras cómplice
el río Las Tablas bañaba los deseos.
Aún acecha el otoño en cada calle: San
Bartolomé, Doctora, Cava, Mesones, Alta
y Plaza Vieja. Fuego
desprendían los ojos desde el alto y barroco
campanario de la iglesia. Descalabra
el aire las sonrisas, enmudecen
los grávidos ecos de las vegas.
Añejo perfume de misal sobre la mesa.
El rosario de las ocho, las novenas. Cantos
en corro junto a magnas candelas.
El vendedor de madroños, almezas, majoletas;
y en las noches de clara luna
esperpento de voz que anuncia:
¡Hojaldres calientes!
Gatos en los tejados. Descarnadas
sandías como farolas o luciérnagas.
Que el tiempo se detenga, ahora,
cuando invoco tu nombre y me desangro.
En Íntima heredad (1998) los temas son la infancia, el tiempo y el elogio a Iponuba (asentamiento iberorromano en el término de Baena) con muchas descripciones; con mayor riqueza formal que en el libro anterior por el uso de encabalgamientos abruptos; los poemas (veintiséis) son breves (de ocho a veinte versos) con técnica libre y aparecen los endecasílabos. Leamos:
Aquellas tardes de lluvia y relámpagos
cayendo sobre la tensa esperanza
y mi dolor novicio, como clavos,
como el silencio en la herida más honda.
Aquellas tardes de luto y campanas
enredándose a las sombras y el tiempo
que vive prisionero en tus rodillas
cansadas por el peso de la vida,
aún maduran densamente carnales
en cada otoño junto a ti alojado.
Aquellas tardes grises y decrépitas,
galopando feroz el sufrimiento
en la raíz trenzada de tu ausencia,
de tu pecho tierno y encendido, preso
de la tierra, los años, la memoria,
para mí siempre eternas las quisiera.
En Exilio en Caridemo (1998) se rompe con el orden anterior y nace el poeta del mar, del viento y del azul, que relaciona la experiencia amorosa con el paisaje almeriense, con mayor libertad expresiva y menor dolor que en los libros anteriores; cuenta con dieciséis poemas que superan la veintena de versos libres. Leamos:
Del tiempo vivido en el deslumbrante azul de Genoveses
Todo es azul. Me extingo en el azul.
Sólo quiero ser azul,
como esos ojos que me visionan
lejanos y tardíos,
como esos labios de fuego y piedra
que a mineral me saben,
como esas manos de terciopelo
posadas en la frente
de aquel verano que presagiara
a orillas de tu nombre,
mi lento deambular hacia el sollozo.
No sé por qué ni cómo
me hallo en tu plácida comarca,
desamparado, exhausto,
perdido,
huyendo del áspero pasado,
de todo cuanto vida
perfuma este doloroso instante
que se adentra en mi pecho
y me quema la sangre, me consume.
No sé por qué ni cómo
exploré tu cuerpo aquella tarde
si sólo tu silencio,
incesante y trémulo,
rondaba
mi carne en despedida.
En La piedra escrita (2000), su tercera entrega sobre Baena, asistimos a una elegía por su cuñado José Miguel, y continúa con el repaso melancólico de los meses y los años, desde 1957 a 1998; tiene tres partes (Proemio, De letras [Tierra sudario] y Números [El vuelo de los años]); y usa el verso libre en los veintinueve poemas (de ocho a veinte versos). Creo que en este libro Santano aporta mayor variedad lírica, por el excelente manejo de la alternancia entre versos breves y largos, que recuerdan las estrofas polimétricas del barroco. Leamos:
1957
Recuerdo que nací. Y ya es bastante.
La lluvia humedece las aceras.
Un autobús teñido de verde
transporta famélicos viajeros.
El Corte Inglés anuncia rebajas
al paso cansino del peatón
que cruza cabizbajo la noche.
Recuerdo que nací. No sé dónde.
La calle es un desierto de espejos,
soledades, furcias, vagabundos
escarbando en cubos de basura;
un mar de crímenes, violaciones;
cenáculo de vates frustrados
y hediondos.
Espectros de cera.
Recuerdo que nací. No sé cuando.
En Suerte de alquimia (2003) presenta la estructura tripartita (Tierra, Fuego, Lluvia), se centra en la esencial tierra, en el dolor amoroso y en la soledad, y avanza formalmente, por el uso intencionado del endecasílabo en todo el libro (veinticinco poemas de ocho a veinte versos), que implica la intensificación de los recursos poéticos por la dificultad que supone adaptarse a este verso. Además se nota un tímido paso del yo al nosotros. Leamos:
Dejadme ser esclavo de la noche
y que esparza mis pecados al viento.
Dejad que el vuelo áureo de la aurora
cubra mis cansados años y frente
con las últimas aguas del invierno.
Dejad que retornen las dulces sombras
y el embrujo del árbol de la muerte,
que su alargado tronco sea infierno
o cárcel donde enterrar mis cenizas.
Dejadme estar con ellos: los cadáveres.
Dejadme pasear por sus silencios
y compartir morada y mesa, danzas;
largas noches de luna y parlamento,
pasajeros y olvidados amores;
refrescarme por siempre en estos patios
que el cielo contamina con el índigo
encaje milenario de la espera.
Dejadme soñar con la muerte,
vivaz
y que transmite en mí profunda herida
hasta sentir el hielo de la noche
en mi vieja y desazonada carne.