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Con el objetivo de aumentar la producción en los campos de cultivo, desde la Revolución Verde se tomaron una serie de medidas que han sido implantadas en muchos lugares del mundo. Algunas de estas medidas ya han sido citadas anteriormente, se trata de, la investigación y utilización de las semillas VAR y de los insumos externos químicos, el aumento en el uso de maquinaría agrícola, monocultivo…
Cuando se analizan los patrones de producción utilizando relaciones de energía, resulta claro que los sistemas tradicionales producen más por unidad de área que los monocultivos de semillas VAR. Las plantaciones de monocultivo en un terreno grande tienen mayor rendimiento, por regla general, que los monocultivos en terrenos pequeños. Sin embargo, los policultivos en terrenos pequeños tienen mayor productividad que los monocultivos de los grandes terrenos. Esto se debe, principalmente, a que los policultivos son sistemas multifuncionales, donde crecen una docena de cultivos y varios productos animales. Además de que la productividad es mayor debida la suma de las producciones de las distintas variedades de cultivo y animales, el ecosistema te está proporcionando una gran variedad de servicios ecológicos, se trata de un sistema muy eficiente en el uso de la tierra. Esto se comporta así ya sea si se trata de un país industrializado como los Estados Unidos o cualquier otro país del Tercer Mundo. Lo anterior es ampliamente reconocido hoy en día por economistas agrícolas de todo el espectro político como la "relación inversa entre el tamaño de la finca y la producción" (Barret, 1993; Ellis, 1993; Tomich et al., 1995; Berry y Cline, 1979; Feder, 1985; Prosterman y Riedinger, 1987; Cornia, 1985; Pimentel y Pimentel 1979; por solo mencionar algunos). Incluso, los economistas que guían las políticas de desarrollo del Banco Mundial han arribado a esta opinión,… (Deininger, 1999; Binswanger et al., 1995), una conclusión a la que arribaron otros desde hace tiempo (ver Sobhan, 1993; Lappé et al., 1998).
Según datos de la FAO, durante los años exitosos de la revolución verde, de 1950 a 1990, la producción mundial de alimentos per capita creció drásticamente. La producción de grano, por ejemplo, se incrementó anualmente una media del 2.1% entre 1950 y 1990 lo que supuso triplicar las cosechas. La tasa de incremento de productividad se ha frenado en los últimos tiempos, de modo que en el periodo 1989-1990 fue de sólo 0.5% (o de 1.5% si se descuenta que ese fue un mal año para la entonces convulsa URSS).
A pesar del aumento de producción, hoy día la malnutrición afecta a 2000 millones de personas, y hay 800 millones que pasan realmente hambre (FAO). La revolución verde origina lo que llamamos la paradoja de la abundancia, o el hambre dentro de la abundancia. El aumento de producción no ha acabado con el hambre en el mundo. Muchos autores sostienen que la mayoría de los problemas presentes y futuros de desnutrición y hambre se deben a los patrones de distribución de alimentos y poco acceso a éstos debido a la pobreza, más que a los límites agrícolas o al tipo de tecnología utilizada en la producción de alimentos. Existe una mala distribución de la tierra y de su uso. En países africanos netamente exportadores de alimentos la gente muere de hambre. El 70% del grano que se produce en Argentina, en el Cono Sur, es para alimentar ganado.
El incremento de producción incentivado desde la Revolución Verde requiere de la utilización una gran cantidad de recursos, lo que está provocando una sobreexplotación en todos los campos. Un ejemplo claro sería que las reservas de fosfatos del mundo, al ritmo actual de utilización y con la tecnología actual de extracción, tienen una vida estimada de 50 años (algo más de 100 años con el triple de costos de extracción).
Desde la Agroecología se insiste en la necesidad de que las prácticas agrícolas sean sostenibles. La problemática principal de la agricultura sostenible no es lograr el rendimiento máximo, sino más bien lograr una estabilización a largo plazo. Se puede alcanzar una mayor sostenibilidad del sistema a través de: aumento de la capacidad multiuso del paisaje, producción sostenida de cultivos, sin usar insumos químicos degradantes del medio ambiente, manejo de microclimas, manejo de aguas y control de la erosión, complementariedad y el sinergismo en el uso de recursos genéticos, equidad en el reparto de productos del agroecositema, uso óptimo del espacio y los recursos del conjunto de plantas con diferentes hábitos de crecimiento, doseles y estructuras radiculares. Por último, la motivación de una agricultura sostenible requiere de cambios en las agendas de investigación, las políticas agrarias y los sistemas económicos, incluyendo mercados y precios justos.
El enfoque del factor limitante de la Revolución Verde lleva intrínsecamente unidas las premisas filosóficas de atomismo, mecanismo y reduccionismo. De este modo, niega la importancia que la ciencia agroecológica le da a los niveles más altos de interacción (la sinergía, el antagonismo, interacción directa o indirecta de múltiples especies). Para la agroecología los sistemas sociales y ambientales coevolucionan constantemente, esto indica que al estar alerta de proceso de cambio, podemos intervenir más efectivamente en el agroecosistema, facilitando cambios coevolucionistas que favorecen a las personas y la sostenibilidad ambiental. Además, una exploración holística del diseño, manejo y estructura del agroecosistema tiende a romper las limitaciones disciplinarias, permite descubrir las relaciones entre las diferentes partes y conoce al detalle la complejidad ambiental de cada sistema agrícola.
Se considera que durante el periodo de 1986-1997, aproximadamente 25.000 cultivos transgénicos fueron probados en el campo a nivel mundial en más de 60 cultivos con 10 traits en 45 países. Para 1997 el área global dedicada a los cultivos transgénicos alcanzó 12.8 millones de hectáreas. El 72% de todas las pruebas de campo de cultivos transgénicos fueron conducidas en los Estados Unidos y Canadá, aunque algunas fueron también conducidas en orden descendente en Europa, América Latina y Asia (FAO).
La FAO reconoce que existe preocupación debido a los riesgos potenciales que plantean algunos aspectos de la biotecnología (marzo, 2003). Otros autores como Rissler y Mellon, 1996, también han estudiado las consecuencias negativas de los productos transgénicos. • Uniformidad genética en el paisaje rural, lo que aumenta la vulnerabilidad a nuevos patógenos y plagas. Las plagas de insectos desarrollan resistencia rápidamente hacia los cultivos cultivos modificados genéticamente (Lepidoptera a la toxina Bt). • Agricultores y campesinos podrían perder el acceso al material vegetal: el sector privado predomina en la investigación biotecnológica y proporciona las semillas VAR. Además, las nuevas variedades de semillas transgénicas no pueden reproducirse a partir de su propia semilla al año siguiente, hay que comprarlas otra vez. • Potencial de una transferencia no intencional de transgenes hacia plantas de la misma familia, aves, insectos y la biota del suelo con efectos ecológicos impredecibles. • Transferencia de genes de los cultivos resistentes a los herbicidas hacia sus familiares silvestres o semidomesticados puede llevar a la creación de supermalezas. • Toxinas puede ser incorporada al suelo a través de los residuos orgánicos, afectando negativamente a los invertebrados y al ciclo de nutrientes. De hecho, los productos modificados genéticamente ya se han manifestado en la cadena alimenticia. • Los genes pueden sufrir mutaciones que provoquen efectos perniciosos: Todavía no existen conclusiones definitivas sobre este tema. • Los genes «dormidos» podrían activarse accidentalmente y los genes activos podrían dejar de expresarse. Cuando se introduce un gen nuevo, también se introduce un gen "promotor" para activarlo, el cual podría activar un gen "dormido". • Transferencia de genes alergénicos: estos genes podrían transmitirse accidentalmente a otras especies y producir reacciones peligrosas en las personas alérgicas.
Como hemos visto anteriormente, las semillas VAR requieren de la aplicación de insumos externos químicos para que e crecimiento del cultivo se desarrolle de una manera satisfactoria. De hecho, las grandes compañías del desarrollo biotecnológico ponen el énfasis en los «paquetes» de semilla/producto químico, los agricultores se están haciendo automáticamente dependientes de los elementos químicos necesarios para sembrar las semillas (Buttel 1980b). En los primeros 30 años del período de la posguerra, el uso de plaguicidas y fertilizantes en los EE.UU. aumentó 10 veces (Botrell, 1979 y McGuiness, 1993). Las consecuencias del uso de los agroquímicos son: • Los plaguicidas químicos reemplazan los controles naturales sobre las poblaciones de malezas, plagas y agentes patógenos, reduciendo la biodiversidad funcional de los agroecosistemas. El resultado neto es un ecosistema artificial que requiere de la intervención humana constantemente. • Enfermedades del ecotope: erosión, disminució de nutrientes, salinización y alcalinización, polución de los sistemas de aguas, deterioro de la capa de ozono,… • Enfermedades del biocoenosis: pérdida de cultivos, plantas silvestres y recursos genéticos animales, eliminación de los enemigos naturales, reaparición de plagas y resistencia genética a los pesticidas, contaminación química y destrucción de los mecanismos de control natural. • Problemas para la salud humana: cánceres gástricos, cáncer a la vejiga y óseos en adultos (Conway y Pretty,1991), efectos sobre el sistema inmunitario y endocrino, lesiones cerebrales, lesiones al sistema nervioso, hígado, defectos de nacimiento, esterilidad, abortos espontáneos y muerte del feto (Moses, M. 1992). • La pérdida de cultivos debido a las plagas que se hacen resitentes a las nuevas variedades e insumos químicos (que alcanza entre a un 20% al 30% en la mayoría de los cultivos) requiere de un incremento en el uso de pesticidas y biocidas hasta tal punto que, en algunos sistemas agrícolas, la cantidad de energía invertida para producir un rendimiento deseado sobrepasa la energía cosechada (Gliessman 1977). Al depender de las empresas para la compra de la gran cantidad de agroquímicos los agricultores pierden su autonomía y sus sistemas de producción resultan gobernados por instituciones distantes sobre las que las comunidades rurales tienen poco control.
La introducción de la maquinaria agrícola ha sido otra de las estrategias utilizadas por la Revolución Verde para aumentar la productividad. La mecanización temprana de las prácticas agrícolas ha traído las siguientes consecuencias: • Se hace necesaria una estructura del campo de cultivo simple, grande y con una sola variedad plantada para la realización de un trabajo óptimo por parte de la maquinaria agrícola. Así, se ha tendido hacia la concentración parcelaria y el monocultivo. • Altos costos de la maquinaria e hidrocarburos fósiles adquiridos a través de las grandes empresas, lo que supone la penetración de capital extranjero en la vida de los aricultores (Perelman, 1997; Wright, 1990; Goodman y Redclift, 1991; Shiva, 1991;Vandermeer y Perfecto, 1995; Altieri, 1995). Los ingresos obtenidos en la agricultura se trasladan hacia las grandes ciudades para pagar a las empresas distantes. • Disminuir el número de las familias rurales. Existe una enorme migración campo-ciudad, con sus consiguientes problemas sociales. De hecho, donde las fincas familiares predominaban había más negocios locales, calles pavimentadas y aceras, escuelas, parques, iglesias, clubes y periódicos, mejores servicios, mayor empleo y más participación cívica( Fujimoto, 1977; MacCannell, 1988; Durrenberger, 1996).
Las tecnologías mencionadas hasta ahora (semillas VAR, uso de agroquímicos y mecanización) han producido la transición hacia los monocultivos. Las consecuencias desde una perspectiva ecológicas son: • Pobre estructura del ensamblaje de los componentes de la granja, con casi ninguna complementariedad entre la empresa comercial y el suelo, los cultivos y los animales. • Los ciclos de nutrientes, energía, agua y desperdicios se han vuelto más abiertos debido a que en el reciclaje los sistemas de producción cada vez están más lejanos unos de otros y, a que desde los centros urbanos se hace cada vez más difícil el retorno de la materia orgánica sobrante. • La necesidad de subsidiar los monocultivos requiere incrementos en el uso de pesticidas y fertilizantes, pero la eficiencia del uso de insumos aplicados es decreciente y los rendimientos en la mayoría de los cultivos importantes se están estancando. Esto puede deberse a la continua erosión de la base productiva y biodiversidad de la agricultura a través de practicas no sostenibles (Altieri y Rosset 1995).
Parece que las estrategias de la Revolución Verde se caen por su propio peso y que los principios de la Agroecología serían algunas de las alternativas que podrían solucionar, o por los menos frenar, los problemas que se han analizado anteriormente. A continuación, se rescatan brevemente algunas ideas.
Es muy importante mantener, restituir y/o aumentar la biodiversidad en los agroecosistemas ya que esta, presta una gran variedad de servicios ecológicos (reciclaje de nutrientes, control de microclimas locales, regulación de procesos hidrológicos locales, regulación de plagas y la destoxificación de sustancias químicas nocivas), ayuda a la gran cantidad de agricultores pobres en recursos para que logren una autosuficiencia alimentaria durante todo el año, reduzcan su dependencia de insumos agrícolas químicos, caros y escasos y desarrollen sistemas de producción que reconstruyan las capacidades productivas de sus pequeñas propiedades (Altieri 1987).
Las poblaciones de variedades nativas consisten en combinaciones de líneas genéticas, todas las cuales están razonablemente adaptadas a la región en la cual se desarrollaron, pero que difieren en cuanto a la reacción frente a las enfermedades y a los insectos plaga (Harlan 1976). La diversidad genética resultante permite que los agricultores exploten diferentes microclimas y hace posibles los equilibrios medianamente estables entre los cultivos, las malezas, las enfermedades, las prácticas culturales y los hábitos humanos (Bartlett 1980). Por ejemplo, en la región de Uxpanapa de Veracruz, México, los campesinos locales explotan alrededor de 435 especies de plantas silvestres y animales, de las cuales 229 se utilizan como alimento (Toledo et al. 1985).
La continuidad y diversidad espacial y temporal característicos de un estado sucesional avanzado son un factor clave en el desarrollo de los agroecosistemas. Mientras que en la agricultura moderna el cambio direccional es inhibido al mantener monocultivos caracterizados por la baja diversidad y maduración, en la agroecología y agricultura convencional se busca una tendencia cada vez mayor hacia la complejidad.
Un buen control de la sucesión se consigue, sobre todo, a través de la práctica de los policultivos. El uso de esta estrategia proporciona una utilización eficaz de los recursos, estabilidad en la producción, reducción de los riesgos al mínimo, disponibilidad de nitrógeno, disminución de malezas, cubierta vegetal del suelo, disminución de la incidencia de insectos y enfermedades, uso eficaz de la mano de obra, generación de una dieta diversa, aumento de las oportunidades para la comercialización, intensificación de la producción con recurso limitados y aumento máximo de la rentabilidad con bajos niveles en tecnología. (Francis et al. 1976, Harwood 1979a). (Ruthenberg 1971; Altieri 1983; Francis 1986).En las zonas tropicales de América Latina, el 60% del maíz se cultiva junto con otras especies. Por ejemplo, en las regiones montañosas de Tlaxcala, México, los agricultores cultivan el maíz en con habas, ya que el haba sobrevive a las heladas, mientras que el maíz no lo hace.
Otras estrategias muy importantes también son, por un lado, el reciclaje de nutrientes, que permite una utilización mínima de los insumos que provienen del exterior del agroecosistema y, por otro, la conservación del agua que es posible, sobre todo, gracias a la cubierta vegetal. Los niveles freáticos están disminuyendo en todos lados, principalmente el medio oeste y suroeste americano, cuenca mediterránea, India y parte de China. En 2025 podrían ser 3000 millones de personas las que carecieran de agua para usos esenciales, por lo que es iluso pensar que se puedan seguir ampliando indefinidamente los regadíos.
Por otro lado es muy importante aprender del conocimiento agrícola tradicional. Este conocimiento tiene muchas dimensiones y proviene de la interacción directa entre los seres humanos y el medio ambiente. Los agricultores tradicionales tienen conocimiento acerca del ambiente físico (suelos, clima, etc.), los sistemas de clasificación popular, los calendarios tradicionales para controlar los programas de las actividades agrícolas, los indicadores meteorológicos basados en la fenología de la vegetación local,…
La mayoría de los pequeños agricultores han empleado prácticas diseñadas para optimizar la productividad en el largo plazo, en vez de aumentarla al máximo en un corto plazo (Gliessman et al. 1981). Los insumos, por lo general, se originan en la región inmediata y el trabajo agrícola es realizado por seres humanos o animales que se abastecen de energía proveniente de fuentes locales(Wilken 1977).
La propiedad descentralizada de la tierra produce, además, oportunidades más equitativas para la población de áreas rurales: responsabilidad e interés por el bien de la comunidad y sus ciudadanos, las fincas familiares pueden ser lugares donde los niños crezcan y adquieran valores, las habilidades agrícolas son transmitidas de generación en generación, se alcanzan con regularidad producciones mayores y que en las grandes fincas (Netting, 1993).
Alrededor del 60% de la tierra cultivada del mundo todavía se explota mediante métodos tradicionales y de subsistencia (Ruthenberg 1971). Este tipo de agricultura se ha beneficiado gracias a siglos de evolución cultural y biológica, mediante lo cual se ha adaptado a las condiciones locales (Egger 1981). Las familias campesinas aún persisten en los Estados Unidos y en el Tercer Mundo son el eje central para la producción de los alimentos de primera necesidad. Señalar que las pequeñas fincas existen en todos los ambientes, en todos los contextos políticos y económicos, en todos los períodos históricos desde los últimos 5 000 años, y en cada área cultural conocida donde los cultivos puedan crecer (Netting, 1993).
Sin embargo, a través de la participación en el GATT, NAFTA, el Banco Mundial, el FMI y la OMC), se ha producido la liberalización del comercio en el sector agrario (Bello et al., 1999). Esto supone una grave amenaza para la futura existencia de las pequeñas fincas en todo el mundo. Las típicas economías del tercer Mundo han sido inundadas con alimentos baratos procedentes de los mayores países exportadores de granos. Por múltiples razones estos alimentos se ponen a menudo en el mercado internacional a precios inferiores a su costo local de producción. (Lappé et al., 1998). Esto provoca una disminución en el precio de los productos locales lo que hace que el número mínimo de hectáreas necesarias para mantener a una familia se incrementa. Esto está generando que los productores más pequeños y pobres abandonen la tierra, que va a parar a manos de productores mayores y más acomodados que pueden competir en un ambiente de bajos precios con la ventaja de contar con muchas hectáreas. El resultado final es la posterior concentración de las tierras de fincas en las manos de los grandes productores, que son cada vez menos (Lappé et al., 1998).
En resumen, la agricultura moderna incrementa el distanciamiento entre los productores y consumidores, proyectistas y beneficiarios, investigadores y los que practican la agricultura. Las prácticas agrícolas desplazan los procesos en el sistema ecológico en vez de trabajar con ellos, perjudicando al medio ambiente. Bajo la presión selectiva de las prácticas agrícolas modernas convencionales, los agroecosistemas y las estrategias agrícolas que eran únicas a ciertas culturas y ecosistemas, se homogeneizan en el proceso de globalización. En la medida que los países en desarrollo son introducidos a las disposiciones internacionales existentes estos cambian sus políticas para cumplir con una deuda sin precedentes, y los gobiernos adoptan cada vez más modelos económicos neoliberales que promueven la agro-exportación, que sin duda, conduce a un aumento del hambre en la población de sus propios países.
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