Alonso Cano tiene esa rara cualidad de sorprender. Lo hizo en su época y aún hoy continúa haciéndolo, tanto por su obra como por su persona.
El carácter novelesco de Cano que trasmitió Palomino no concuerda en absoluto con la idea que otros artistas ( en concreto Lázaro Díaz del Valle y Jusepe Martínez), que sí le conocieron, dieron de él.
Son muchas las anécdotas de la vida del artista que pueden darnos una idea de su auténtico carácter. Entre otras cosas se menciona la largueza con la que se conducía Cano en su vida, poniendo siempre el prestigio por encima del dinero.
También era muy conocida la despreocupación que tenía acerca del gasto del dinero, puesto que era por encima de todo un artista consciente del valor de su genio y que no concebía límites de ninguna clase para la realización de una obra que transcendía lo puramente manual. De hecho fueron sus deudas las que le llevaron a la cárcel en alguna ocasión. A pesar de esto solía acudir a las testamentarías de otros artistas o a las almonedas para conseguir libros interesantes para la ejecución de algún proyecto, grabados y dibujos en los que solía buscar inspiración, al tiempo que recrearse en ellos. Desde luego el testamento de Cano ratifica su dejadez de los asuntos económicos. Eran tales sus deudas y tan pocos sus bienes que no le fue posible encargar misas por su alma. El rencor de los canónigos hizo que no consintiesen organizar los funerales públicos que merecía, a pesar de lo cual no pudieron evitar el derecho que le asistía como racionero a ser enterrado en la cripta de la Catedral.
Sobre la gran habilidad de Cano como dibujante y su fama de espíritu caritativo, Palomino entre otros cita lo siguiente: “solía suceder muy de ordinario encontrar algún pobre necesitado y habiéndosele ya apurado el dinero que para este fin llevaba, se entraba en una tienda y pedía un papelillo y recado de escribir, y le dibujaba con la pluma alguna figura o cabeza o cosa semejante, como tarjeta u adorno de arquitectura, y le decía al pobre: Vaya a casa de Fulano (donde sabía que lo habían de estimar) y dígale que le dé tanto por este dibujo: Con que usando de este medio nunca le faltaba que dar y tuvo tal facilidad en dibujar cualquier cosa que dejó innumerables dibujos de que no tengo yo la menor parte”.
Existe una tradición granadina no recogida por Palomino según la cual, después de pintar un gran cuadro sobre La Trinidad para la Cartuja y ver que los monjes le regateaban el precio que pedía por el lienzo, Cano se lo regaló a los frailes del convento de San Diego, pidiendo sólo como pago un plato de chanfaina (asadura condimentada).
Cano no dudaba en recurrir a todo tipo de tratados, ya fuesen de arquitectura, viajes, biografías, matemáticas, geometría, perspectiva, astronomía, astrología, religión o arte como asesoramiento para realizar sus obras.
Tenemos que considerar tanto su habilidad manual en las diversas disciplinas en las que trabajó como las licencias que se permitía en sus composiciones. Por lo general Cano acataba las disposiciones de la Inquisición en cuanto a las representaciones artísticas. La Iglesia Católica se encargó de marcar toda la simbología correspondiente a cada imagen religiosa, sin dudar en absoluto en aceptar versiones apócrifas siempre y cuando pudiesen apoyar con ello las ideas contrarreformistas. Pero en otras ocasiones Cano marcaba e imponía sus propios criterios. Así, por ejemplo, la Iglesia no veía con buenos ojos el que se pintara totalmente desnudo al niño Jesús, a pesar de lo cual Cano lo hacía, y las autoridades eclesiásticas no tuvieron más remedio que transigir. Cano no se atuvo nunca a los convencionalismos estéticos. Admiraba las obras renacentistas, pero imprimió su propio estilo y su personal interpretación del Arte. No dudaba tampoco en usar modelos barrocos y por ello su obra es ejemplo de eclecticismo.
Su vida estuvo consagrada por entero a su arte. Jusepe Martínez reprochó, pero también admiró, de alguna manera, esa capacidad de “ocio creativo” que tenía Cano cuando dijo “...hízome lástima el verlo tan poco aficionado al trabajo, no porque fuese muy liberal en él, sino que su deleite y gusto era gastar lo más del tiempo en discutir sobre la pintura”. Y lo cierto es que su obra, en el decir de Orozco, revela el haber sido lenta y hondamente pensada y apresuradamente realizada.
Felipe IV, en respuesta a los diputados del Cabildo de la Catedral que acusaban a Cano de ser “hombre puramente lego e idiota”, dijo: Andad, que hombres como vosotros los puedo yo hacer; hombres como Alonso Cano, sólo Dios los hace.