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Americanismo y antinorteamericanismo en el modernismo latinoamericano - Tras la pista de Próspero

(2 opiniones)
Artículo creado por Carlos Fernando Hudson. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero26/prospero.html
27 de Septiembre de 2006
HistoriaHistoria de la literatura

1 - Tras la pista de Próspero

Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea,
Una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente,
Porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa
Como nosotros la vemos, ni se nos parece en
Sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras.
José Martí, Nuestra América

 

Cuando el siglo veinte era joven, las estatuas ecuestres de la América Latina comenzaban a erguirse para festejar el primer centenario de las jóvenes repúblicas, que no tenían como característica central ser jóvenes, sino ser repúblicas. La mística republicana, tan cara a la Europa post-revolucionaria se había consolidado como presupuesto básico de la organización política de toda Hispanoamérica, y, aún durante las dictaduras más autocráticas, sanguinarias y conservadoras del siglo XIX, fue la música de fondo que legitimó cualquier régimen: la única excepción, el Imperio Mexicano de Maximiliano, resultó ser la efímera combinación de la resistencia del clero y los sectores conservadores a las reformas liberales con una también efímera política intervencionista europea, finalizada a la primer dificultad en la retaguardia1. Así, los briosos polígrafos criollos de mitad del XIX, enclavados en las luchas por las respectivas organizaciones nacionales dejaron de manejar la posibilidad, apenas esbozada por algunos revolucionarios de la generación anterior, de una organización no republicana, y una vez que hubieron consolidado las bases de la distribución de los poderes institucionalizados, sus seguidores fueron poco a poco ajustando las maquinarias de las nuevas estructuras políticas, siendo pluma de las clases más encumbradas del continente.

Hasta aquí se puede afirmar que no por cándida esta genealogía es errada. Por más que la complejidad del período no está siendo profundizada2, es indudable que el continente americano resultó ser el baluarte del republicanismo, mientras que en Europa, aún en retroceso y crisis -más que sucesivas permanentes-, los sistemas monárquicos están a la orden del día. Ahora bien: así como en Europa las fuerzas conservadoras se baten en lenta retirada frente a unas fuerzas renovadoras que paulatinamente y por fuera del espectro político y social del poder van haciendo llegar sus ideas a los distintos sectores de la sociedad, en Hispanoamérica los desprendimientos de las mismas elites conservadoras van a plantear la ruta de la innovación en lo político apelando al resto de la sociedad como forma de contrapeso al prestigio y respaldo del ejercicio mismo del poder por parte de sus oponentes3. En este teatro las ideas emergen con un impacto contundente, y el principio del siglo se convierte en Latinoamérica en el toque de diana para el arte, el debate y la innovación en el pensamiento.

Sucede que los polígrafos dejaban de ser tales; dentro de la complejidad creciente de la sociedad toda y la división del trabajo, los literatos comienzan a especializarse, haciendo de la producción literaria su actividad primordial y volviendo en función de ella el resto de sus actividades públicas y privadas4. Inspirados en el parnasismo francés, seguidores de Martí y capitaneados por Rubén Darío, reaccionaron frente al romanticismo, pero no por medio de un rechazo despectivo sino con intenciones de una integración superadora. Una integración con otras estéticas y otros estilos, anteriores o paralelos. Muy preocupados por el preciosismo de las formas y la innovación en el lenguaje, con métricas clásicas pero combinadas de forma innovadora, recuperando al clasicismo tanto como al barroco, atentos más a cómo se dice que a qué se dice, se llamaron los modernos de Hispanoamérica, e hicieron escuela, por vez primera de exportación.5

Este movimiento, que prefigura el signo de la literatura hispánica del siglo y, que para algunos, es el fenómeno literario internacional más importante del siglo XX6, quedó registrado en la memoria como “Modernismo”. Inicialmente se destacó por sus poetas, más específicamente por su poeta Rubén Darío, pero también tuvo otros exponentes de relieve tanto en poesía como en prosa: los argentinos Lugones y Carriego, el boliviano Jaimes Freyre, el uruguayo Herrera y Riessig, Santos Chocano y Eguren en Perú, el colombiano Valencia, Amado Nervo en México... en poesía; y en prosa Mariano Azuela en México, el guatemalteco Gómez Carrillo, el venezolano Díaz Rodríguez, el popular colombiano Vargas Vila, Arguedas en Bolivia, D’Halmar en Chile, el uruguayo Quiroga...7

Aquí ensayaremos trabajar sobre dos conceptos subyacentes en la obra del modernismo hispanoamericano: el americanismo y el antinorteamericanismo. El primero de ellos es la resurrección de una vieja idea, latente desde los héroes de la independencia e instalada en prácticamente todas las expresiones modernistas al punto de ser insoslayable al momento de definir este movimiento. El otro es una novedad que no sólo lo sobreviviría sino que se diversificaría y aún hoy ronda algunas expresiones de la intelectualidad y la política latinoamericanas.

El fallido proyecto independentista bolivariano de una gran nación sudamericana fue en cierta medida reivindicado por los románticos del siglo XIX:

Junto a Bolívar, Andrés Bello fue el primero que formó y orientó la visión cultural de nuestro continente hacia una conciencia general americana, el primero que echó las bases sólidas de un americanismo cultural. (...) Después de Bolívar y de Bello, todos los grandes americanos no han cesado en esa obra de construcción y mantenimiento de una conciencia americana: la primera generación romántica, con Juan María Gutiérrez y Domingo Faustino Sarmiento; la segunda (ya coetánea del realismo), con Zorrilla de San Martín y Eduardo Acevedo Díaz...”8

Pese a ello, los empeños por las respectivas organizaciones nacionales distrajeron las fuerzas de los mismos polígrafos románticos devenidos en políticos y el institucionalismo nacionalista, las de los positivistas.

Con los Estados Unidos la situación es diferente. Ejemplo a seguir por los independentistas latinoamericanos, su organización social y política fue estudiada y sus instituciones emuladas. La Lectura de lo norteamericano es, durante el siglo XIX, mayormente positiva; claro que el simpatizante número uno de los Estados Unidos fue Sarmiento9, pero no es el único aunque tal vez sí el más destacado: para Alberdi, “gobernar es poblar” significa poblar como en los Estados Unidos, y, sólo por la desgracia de la latinidad heredada, no resulta, además, gobernar como los Estados Unidos. Así, aunque adecuadas a esa desgraciada idiosincrasia cultural, las instituciones en ciernes de la América Latina, deberán emular a las norteamericanas.10

¿Qué sucedió entonces con los Estados Unidos y/o con América Latina para que de una relación de admiración e imitación se pase a una de rechazo y desprecio? ¿Es que unos se volvieron ricos y otros pobres, unos arrogantes y los otros envidiosos? El mismo espíritu emprendedor, la negación a la imposibilidad, el espíritu de asociación, el virtuosismo democrático y todas las virtudes que Sarmiento veía en Norteamérica vienen acompañados de algunos cautelosos presagios:

Yo no quiero hacer cómplice a la Providencia de todas las usurpaciones norteamericanas, ni de su mal ejemplo, que en un período más o menos remoto, puede atraerle, unirle políticamente o anexar, como ellos llaman, el Canadá, México, etc. Entonces, la unión de hombres libres principiará en el Polo Norte, para venir a terminar por falta de tierra en el istmo de Panamá”11

Mientras, el Héroe Poeta José Martí hacía su trabajo de hormiga para levantar a Cuba en esta revolución, y por ende, varios años antes12 ya se previene sobre los peligros del yankee:

Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña.(...) como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento (...) El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad...”13

Las dos citas se complementan en una simetría perfecta: mientras Sarmiento los admira con su prosa vehemente, Martí, con la suya, les teme. Cuando el argentino pone los pies sobre la tierra dando un tope a su entusiasmo, el cubano, en un gesto de buena voluntad, decide otorgarles un crédito, de manera de no decidir unilateralmente el infierno para las almas norteamericanas.

Pero no sólo son complementarias las perspectivas. Puede ser que hasta los mismos autores sean complementarios. Para Rubén Darío sólo en dos oportunidades el genio decidió visitar la América hispánica: la primera en San Juan, la otra en Cuba14. Si seguimos esta línea el próximo nombre no sale sino de Nicaragua, pero no solamente por ser el otro genio de nuestra América, sino también por tener como problema la relación entre el norte y el sur de la América independiente.

Como decíamos más arriba, Darío es el exponente más acabado, a más del líder -en el literal sentido del término- del movimiento modernista; para 1898 esta situación ya estaba consolidada y el nicaragüense hacía escuela por la Madre Patria. Precisamente en ese año la opinión pública hispanoamericana se ve sacudida por el fin de los restos del Imperio Español.15

En esa oleada de indignación, Darío sale de su palacio de cristal16 y se suma al rechazo generalizado de los hispanoamericanos contra el fin de las amables relaciones norte-sur dentro del continente y la abrupta inauguración de la “política del Garrote”. El 20 de mayo publica en El Tiempo de Buenos Aires un apasionado artículo titulado El Triunfo de Calibán con un comienzo estremecedor:

No, no puedo, no quiero estar de parte de esos búfalos de dientes de plata. Son enemigos míos, son los aborrecedores de la sangre latina, son los Bárbaros. Así se estremece hoy todo noble corazón, así protesta todo digno hombre que algo conserve de la leche de la Loba

Y sigue:

No, no puedo estar de parte de ellos, no puedo estar por el triunfo de Calibán.

Por eso mi alma se llenó de alegría la otra noche, cuando tres hombres representativos de nuestra raza fueron a protestar en una fiesta solemne y simpática, por la agresión del yankee contra la hidalga y hoy agobiada España.

El uno era Roque Saenz Peña, el argentino cuya voz en el Congreso panamericano opuso al slang fanfarrón de Monroe una alta fórmula de grandeza continental, y demostró en su propia casa al piel roja que hay quienes velan en nuestras repúblicas por la asechanza de la boca del bárbaro.

Saenz Peña habló conmovido en esta noche de España, y no se podía menos que evocar sus triunfos de Washington. ¡Así debe haber sorprendido al Blaine de las engañifas, con su noble elocuencia, al Blaine y todos sus algodoneros, tocineros y locomoteros!

En este discurso de la fiesta de La Victoria el estadista volvió a surgir junto con el varón cordial. Habló repitiendo lo que siempre ha sustentado, sus ideas sobre el peligro que entrañan esas mandíbulas de boa todavía abiertas tras la tragada de Tejas; la codicia del anglosajón, el apetito yankee demostrado, la infamia política del gobierno del Norte; lo útil, lo necesario que es para las nacionalidades españolas de América estar a la expectativa de un estiramiento del constrictor.

Sólo una alma ha sido tan previsora sobre este concepto, tan previsora y persistente como la de Saenz Peña: y esa fue -- ¡curiosa ironía del tiempo! -- la del padre de Cuba libre, la de José Martí. Martí no cesó nunca de predicar a las naciones de su sangre que tuviesen cuidado con aquellos hombres de rapiña, que no mirasen en esos acercamientos y cosas panamericanas, sino la añagaza y la trampa de los comerciantes de la yankería. ¿Qué diría hoy el cubano al ver que so color de ayuda para la ansiada Perla, el monstruo se la traga con ostra y todo?”17

El desgarrador lamento, el festejo de la comunión en el rechazo, la memoria de las previsiones, la reivindicación del pueblo cubano y de su Héroe -no precisamente Blaine-, en fin, la asquerosa alegría de la gallardía en la tragedia, se leen en este artículo. Además, se lee sobre Calibán, que pasará a ser el nombre elegido por los modernistas para el opresor. Calibán simboliza al utilitarismo, el materialismo, el sensualismo. No sólo está en el gobierno norteamericano, está en todo lo norteamericano:

Calibán reina en la isla de Manhattan, en San Francisco, en Boston, en Washington, en todo el país. Ha conseguido establecer el imperio de la materia desde su estado misterioso como Edison, hasta la apoteosis del puerco (...) se satura de wisky, como en el drama de Shakespeare de vino; se desarrolla y crece; y sin ser esclavo de ningún Próspero, ni martirizado por ningún genio del aire engorda y se multiplica; su nombre es Legión...”18

Pero Calibán no es sin Ariel. Y Ariel no es sin Rodó19. Y así como Darío era el poeta modernista, el ensayista fue José Enrique Rodó. En 1900 publicó Ariel, sermón laico destinado a la Juventud de América. Allí se ensalza a la juventud como motor del cambio social, que debe dar prioridad a los ejercicios del espíritu, del arte, de la belleza; que debe aprender a dominar al utilitarismo de las nuevas culturas técnicamente avanzadas, para evitar “el empequeñecimiento de un cerebro humano por el comercio continuo de un solo género de ideas, por el ejercicio indefinido de un solo modo de actividad”20. Los Jóvenes de América (Latina, por supuesto) deben evitar las formas del utilitarismo y el interés propios de la democracia moderna, que en su posibilidad más igualitaria es mediocrizante. La democracia bien entendida es aquella en la que la igualdad es un punto de partida desde el cual las fuerzas de la naturaleza operan libremente para establecer el dominio de los verdaderamente mejores, el dominio de la calidad sobre el número; para el oriental, la masa no es nada por sí misma, la multitud es elemento de civilización o de barbarie no por la multitud misma, sino porque tiene el coeficiente acorde al de su dirección moral al de la vanguardia de su pensamiento, al de sus héroes en el sentido de Carlyle. Si la multitud dirigiera, el espíritu y con el la inteligencia y la moralidad no tendría posibilidades de crecer y desarrollarse porque para la masa el beneficio, el interés y la utilidad inmediatos son los máximos objetivos vitales, y una tendencia hacia lo vulgar es su destino manifiesto. De esta tendencia puede ser acusada la democracia del siglo XIX.

En esa senda, el extremo conocido es Estados Unidos. Rodó en ningún momento habla de la flamante política colonialista de los norteamericanos, ni siquiera rechaza o critica la irrupción norteamericana en la disputa económica de las grandes potencias; aunque sin duda todas estas cuestiones subyacen a su rechazo, éste es absolutamente cultural. El tono del capítulo dedicado a Norteamérica es sumamente agresivo, provisto de un ímpetu despreciativo, hasta se podría decir panfletario. Sin embargo, esa realidad tan utilitaria, tan vulgar de los norteamericanos sólo sirve para sentar las bases de una nueva cultura espiritual. Ese pueblo de calibanes empezará algún día a tener vida espiritual, y aquellos que ahora son ignorados, despreciados, desplazados, serán la luz que guíe el alma nueva de aquella raza de titanes laboriosos21. Y es en esa tesitura en que conviene leer la inversa: Ariel no es una crítica al utilitarismo sajón por simple oposición al espiritualismo latino -si así fuese lo subtitularía “para el mejor conformismo espiritualista de América-, sino que pretende ser un llamado al esfuerzo y la plenitud del hombre. No para rechazar la técnica o los progresos del positivismo, sino para que al adoptarlos siguiendo el tren de la historia, no se dejen de lado las particularidades distintivas de la cultura grecolatina, occidental y cristiana.22

A lo largo de su obra toda, el ensayista uruguayo opondrá ese concepto al de una América Latina espiritual, que busca lo bello, que quiere lo nuevo, pero sin romper con lo viejo. Este será un punto clave del pensamiento rodoniano y de la obra modernista. Innovar no es rechazar o despreciar lo anterior, antes bien significa renovar lo viejo: integrar lo bueno de cada cultura, de cada escuela de pensamiento, de cada movimiento artístico, en una amalgama procuradora de la belleza. Se basa en dos conceptos inevitables para la América de entonces: el cosmopolitismo y la tolerancia. Ser cosmopolita no tiene nada que ver con caer en un exotismo sui generis, ni con una simpatía de sabio estudioso ante la diversidad cultural. Antes que nada es una realidad patente de la nueva América y parte de arraigar en la propia cultura -que en Rodó será primero un nacionalismo cultural para luego pasar a ser el americanismo- para captar y convivir con esa masa que habla distintos idiomas y está a la vuelta de la esquina. Ser tolerante no significa omitir las diferencias, significa conocerlas, señalarlas y aceptarlas.23

España, odiada tras las guerras de independencia, despreciada en los artículos de costumbres de la primera mitad del XIX, ahora no sólo es débil, sino que además es apañada por sus hijos americanos, que le propondrán una genuina reconciliación. La lengua, tras intentar afrancesarse a veces, aindiarse otras, aún con sus incorporaciones americanas, volverá a ser amada y explorada y explotada. La fe católica, combatida la iglesia aún después de estos tiempos, será un común denominador que ligue entre sí a los pueblos ahora hermanos del continente y de la península. El arte bello será un nuevo objetivo.

Puede resultar de una pedantería simplista la de Tulio Halperín Donghi calificando a Rodó como “...un ensayista admirador de Renán y empapado de la cultura francesa...” que junto con Darío invitan a “...una peregrinación a las fuentes hispanocristianas de Latinoamérica...”24 en protesta por el avance norteamericano hacia el sur. En vista de las características de los tres pensadores y de su tiempo es inevitable afirmar sin temor a equivocaciones que los sucesos de Cuba, Panamá o Venezuela los predispongan de manera particularmente virulenta en contra de los Estados Unidos, al igual que a la mayoría de sus contemporáneos e incluso de gran parte de la opinión pública norteamericana. Sin embargo, ellos buscaron una escala de valores nueva, o más bien renovada, para enfrentar al águila. Es cierto, su pensamiento es antes que nada reaccionario en lo político social. Su discurso de “los mejores” nos recuerda a los monárquicos franceses que veinticinco años antes consideraban un horror la propia Revolución Francesa y buscaban el voto censitario o capacitario25. Pero tengamos en cuenta que pertenecían a grupos compactos y elitistas, y que pese a ser conservadores hacían un verdadero ejercicio de tolerancia ante la novedad que tanto los espantaba, para comprenderla y adecuarla a las tradiciones que querían mantener.26

Los antaño admirados Estados Unidos eran ahora vistos con el desprecio del sabihondo. Las transposiciones de sus instituciones no siempre resultaron un éxito, y era evidente que resultaba un problema idiosincrático. En el llano, los norteamericanos no podían entender la forma de perder el tiempo de los primos del sur, y los otros no soportaban la necesidad imperiosa de buscar el dollar de los del norte. Latinoamérica todavía no era pobre y tenía mucho de que ufanarse a sus casi cien años, y aún podía resistirse -al menos en la ilusión de los poetas- a la hegemonía del vecino rubio.

Pero estos poetas eran ahora ante todo poetas, y ya no parte de la ejecutiva toma de las decisiones a nivel político directo. Ante ese dato objetivo buscaron las claves de la unidad espiritual de América Latina, siempre presentes y necesarias, pero ahora imprescindibles. Claves buscadas en vano durante un siglo en los lugares equivocados pero que estaban ahí en lo más elemental, en el pasado común, en el presente común, y sobre todo en el idioma, que estos “modernos” descubrieron bello. Recogerían el guante las generaciones posteriores: los jóvenes de América en parte seguirían los consejos de Próspero y, unos más, otros menos, todos tendrían mucho de americanistas y mucho de antinorteamericanos.

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