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Andrés Rivera o la excusa de la novela histórica - La mano que escribe y lo escrito

Artículo creado por Diana García Simón. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero26/rivera.html
01 de Octubre de 2006

3 - La mano que escribe y lo escrito

Al renunciar a la tercera persona determinada en el uso narrativo de las novelas históricas, Rivera se apropia de una voz y no sólo de una referencia y construye con ellas los hechos, negándose a relatarlos meramente.

La prestación de una voz al protagonista se enriquece con la reiterada pregunta sobre la legitimidad de lo escrito. Es decir, es literatura y metaliteratura a la vez. Leemos el comienzo de El amigo de Baudelaire:

Un hombre, cuando escribe para que lo lean los otros hombres, miente. Yo, que escribo para mí, no me oculto la verdad [...] Me atengo a una sola ley: no hay comercio entre lo que escribo y yo. Nadie vende, nadie miente. Nadie compra, nadie es engañado. (P. 9)

Sabemos que el narrador, Saúl Bedoya, ha hecho estudios de abogacía, habla y lee francés con la perfección necesaria para para apreciar a Baudelaire, incluso se jacta de haber compartido con él una cena. Sin embargo, la página diez de la novela está llena de su miedo de fracasar durante la consumación de un diálogo entre el hombre y el papel. Al escribir sus memorias se desintegra la seguridad oratoria que ha acompañado a Bedoya, su seguridad de seductor, su convencimiento de poder seducir incluso a la muerte.

Y estaba persuadido, cuando me miraba en el espejo, desnudo, de que era inmortal. (p. 11).

Bedoya, ejerciendo de juez una vez vuelto a la Argentina, es confrontado con el homicidio de un italiano llevado a cabo por dos peones y la hijastra del muerto. Si bien la confesión de uno de los hombres no deja lugar a dudas sobre el hecho, el juez utiliza su poder para apropiarse (la palabra remite a mercancía y así es tratada la mujer) de la hijastra. Ésta a su vez se somete ante su “nuevo dueño” hasta el punto se llevar un collar de perro, deslizarse en cuatro patas y comer la carne cruda que el juez, trozo por trozo, le va tirando.

Más claramente no podía haber ilustrado Martínez Estrada su psicología del “hijo humillado” (Radiografía de la pampa).

La criada quiere a pesar de su origen, llegar a ser patrona, pero de eso nos informa Andrés Rivera en otra de sus novela La sierva.(1992)

La letra escrita arranca al juez en cuestión del medio rural en el cual transcurren sus días, para llevarlo nuevamente a los días del lucha, a la ciudad, a la barbarie de la mazorca. De Buenos Aires a París, como contrapunto paisajístico que sirve a la confrontación de la civilización propuesta por Sarmiento y la fascinación de la barbarie grabada en Las Flores del Mal.

En París, Saúl Bedoya se permite comentar con comicidad de que sería tolerable que un burgués ordenara asado de poeta para cenar, y de que se lo trajeran, en la pampa se consume con su miedo de hilar en tinta lo que tantas veces ha intentado contar.

La vida del personaje Bedoya está entretejida de mentiras, es decir ficciones que él inventa. Durante sus veladas entre caballeros de alta alcurnia, por ejemplo, acostumbra a salpicar la conversación con citas de personajes famosos, lo cual encanta y desorienta por igual a su audiencia:

Las citas son mías: las pienso un rato antes del coñac y los habanos. Y se las atribuyo a personajes inapelables (p. 61)

Bedoya acostumbra también a traducir para su criada pasajes de Madame Bovary, especialmente aquel en el cual Emma y su amante se refugian en la penumbra de un coche tirado por caballos. La criada interesada, pregunta por el autor de tal historia:

Ella me pregunta quién es el autor de ese libro.

Le contesto, yo. (p. 71-72)

Las citas apócrifas no agotan la relación de Bedoya con la escritura. Mientras es visitado por un gaucho que lo desafía a pelear en duelo, leemos al narrador repitiendo la frase que acaba de escribir. Como en un juego de espejos confrontados, la imagen nos presenta a dos hombres que son reproducidos en el texto que uno de ellos escribe y que el lector percibe por repetirlo en voz alta.

Escribo a la luz de la lámpara que le ilumina la barba, y el cuchillo que empuña y que sé que no tiembla en su mano, y la daga que tiró ahí, sobre la tapa del escritorio, y que brilla, pálida, bajo mis ojos que leen que brilla, pálida, bajo mis ojos (p. 62)

Esta relación de intimidad con la palabra escrita es retomada por Rivera en la novela La revolución es un sueño eterno (1987) en la cual Castelli, el orador de la Revolución de Mayo, intenta recuperar el contacto con el mundo exterior después que una enfermedad lo ha privado del habla:

o, que me pregunto quién soy, miro mi mano, esta mano, y la pluma que sostiene esta mano, y la letra apretada y aún firme que traza, con la pluma, esta mano, en las hojas de un cuaderno de tapas rojas.(p. 25)

Y más adelante, cuando la pregunta ya no atañe a la identidad del que escribe:

Castelli- escribe Castelli-, leé lo que escribís. Y no llorés. Tachá las líneas que escribiste entre paréntesis: deberías saber, ya, que estos tiempos no propician la lírica.(p. 48)

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