Al contemplar nuestro aprendizaje continuo, no podemos limitarnos a adquirir conocimientos técnico-funcionales y ofimáticos circunscritos a nuestro puesto de trabajo. Tenemos que incorporar algunos conocimientos transfuncionales y, como sugeríamos, buen número de soft skills, incluidas las denominadas competencias emocionales; en esto parecen coincidir muchos expertos. Se habla de inteligencia emocional no sólo a nivel individual: también a nivel de equipo y de organización; de modo que tenemos que evaluar y mejorar la inteligencia emocional del área de que somos responsables o corresponsables, e igualmente la de nosotros mismos.
Tendríamos que "medir" nuestras competencias emocionales (habilidades intra e interpersonales), utilizando tests, o aplicando las técnicas de feedback multifuente. Y, sin apresurarse en aceptar o rechazar estos inputs, mejorar donde y como corresponda.
Por insistir especialmente en lo que definíamos como una tercera referencia o sendero para el aprendizaje -perspectiva organizacional-, sabemos que muchas empresas han padecido enfermedades o vicios de funcionamiento que ahora intentan prevenir. Hemos de aprender de los posibles desaciertos cometidos en nuestro entorno, y cultivar los valores y comportamientos que mejor contribuyan a la salud e inteligencia de nuestras organizaciones. De modo que, aparte de los aspectos emocionales -de tanta actualidad-, una comprensión global del funcionamiento de la organización contribuye a nuestra eficacia personal y a nuestra satisfacción, y evita incómodas desazones. Sea cual fuere nuestro puesto o nivel jerárquico, hemos de intentar comprender por qué se hacen las cosas, aunque para ello tengamos que cuestionarlas convenientemente, por los cauces adecuados. En suma, debemos elevar la mirada más allá de nuestro puesto de trabajo, y preguntarnos a menudo cómo podemos contribuir mejor al entorno en que nos desenvolvemos y a los objetivos de la organización.