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Dos hombres encerrados en una misma celda, dos personalidades, dos delitos diferentes que tienen en común la misma raíz, desde la lucha política y desde el amor, dos marginados sociales por un pensamiento utópico, y una relación que se fragua noche tras noche, una amistad que crece más allá de los convencionalismos, dos cuerpos hermosos el uno para el otro, porque se quieren y ya no se ven sino el alma.8 Esta es una forma de describir, como cualquier otra, el contenido de El beso de la mujer araña. A través de los diálogos entre Molina y Valentín, las narraciones de las películas, y las reflexiones personales de cada uno, se pinta un interesante fresco sobre las concepciones que del amor, el sexo, la homosexualidad o la masculinidad tienen cada uno de ellos. Molina es condenado a prisión por su homosexualidad, por perversión y abuso de menores; Valentín es un activista político de izquierdas, condenado por lucha armada y subversión. El espacio de la celda, que se podría entender como un lugar simbólico, un cosmos único donde todo es posible, las palabras, los sentimientos y el amor, libre de las ataduras sociales del exterior, sirve de marco para una relación íntima entre dos hombres solos. Las presiones que recibe Molina por parte de las autoridades, que venden su libertad con la condición de proporcionar información sobre los grupos de los que forma parte su compañero, no consiguen su traición, al contrario, una vez libre, acepta las sugerencias de Valentín y sirve de enlace con grupos revolucionarios de los que nada sabía, de los que nada quería, no más que contentar a aquel que era su amor, y que le llevaran a la muerte. Valentín, ya sin Molina, se consume en prisión, entre torturas y amenazas. La muerte de los dos es el final de una historia marcada por el drama de la diferencia, de las confesiones al hilo de las películas rememoradas en prisión, la imaginación llegaba donde no lo hacía la memoria, y en ella se interiorizaban los recuerdos de la libertad perdida.
Molina se define y se contempla a sí mismo como una mujer. Son numerosas las frases a lo largo del texto en el que se otorga la condición femenina, correspondiendo su actitud con una construcción propia de la mujer y el hombre dentro de su sociedad. El afeminamiento de Molina entra dentro de los patrones que socialmente han definido la homosexualidad. Como señala Begoña Enguix, el afeminamiento es, aunque estigmatizado, clasificable y propenso al razonamiento de la sociedad que lo considera como un hecho biológico. Molina comenta, con tono amargo, ese estigma producido a los ojos del resto por la excesiva relación con su madre:
Que de chico me mimaron demasiado, y por eso soy así, que me quedé pegado a las polleras de mi mamá y soy así, pero que siempre se puede uno enderezar, y que lo que me conviene es una mujer, porque la mujer es lo mejor que hay.9
El discurso biológico está presente porque la homosexualidad no se considera una opción personal, sino una tara, una enfermedad, que puede ser curada. Valentín se cuestiona el afeminamiento de su compañero. Molina adopta el rol pasivo sexual, relacionado con la feminidad, y Valentín le pregunta por qué no adopta otra actitud. La respuesta evasiva de Molina refleja su anhelo de mujer. El afeminamiento no es sólo una postura inferior dentro de la concepción heterosexual, sino que también dentro de la homosexualidad masculina es relegada a un plano secundario. A partir de finales de la década de los setenta del siglo pasado, se deja de reivindicar la feminidad y se busca compatibilizar masculinidad y homosexualidad, como forma a la vez de romper con la marginación sufrida y asociada en gran medida a la visión del homosexual como pluma, marica o mujer. La postura actual en la que el homosexual es tan masculino como el heterosexual hace que la feminidad sea denostada y se entre en una espiral de machismo semejante al que se constata en la tradición heterosexual.
Molina, y detrás de él Manuel Puig, considera a la mujer como la portadora de todas las virtudes, de la sensibilidad, de la ternura, del cariño. La admiración por la mujer es total: “las mujeres son lo mejor que hay…yo quiero ser mujer”, le dice a Valentín. Pero no quiere ser cualquier tipo de mujer, quiere ser aquella ama de casa solícita, que espera al marido a la vuelta del trabajo, con un cariño infinito hacia sus hijos:
“Un encanto de persona, que ha hecho muy feliz a su marido y a sus hijos, muy bien arreglada siempre”.10
La figura de la madre está presente en todas y cada una de las palabras de Molina. Su mayor sufrimiento dentro de la prisión es el de no poder atender a su madre enferma, el no poder devolverle los cuidados que con él tuvo. Esa actitud de cuidado abnegado la reproduce con Valentín cuando éste cae enfermo. Molina se desvive por su compañero, lavándolo, ofreciéndole comida de sus propias provisiones, gastando el queroseno de su lámpara. Más allá de la solidaridad de dos condenados, lo que la escena transmite son cualidades que Molina asocia con la mujer y que deben ser correspondidas con su hombre. Esta concepción choca con el pensamiento de Valentín que en ningún caso considera que la mujer deba estar sometida a la tradición patriarcal, sino que se han de erradicar las diferencias entre los sexos, que son un episodio más de explotación. El ordenamiento social se basa en una serie de clasificaciones y construcciones culturales que dan sentido a la sociedad según unas normas determinadas, dentro de una dialéctica de imposición y aceptación. El género es una de las grandes divisiones que se realizan, a partir de un hecho biológico como el sexo, y que jerarquiza la relación entre las personas. Las desigualdades surgen cuando se considera a un género como más válido o superior al otro, con toda una serie de discursos sociobiológicos que justifican el lugar que cada uno de los sexos ocupan en la sociedad. Valentín se rebela ante esto, porque es consciente que esta discriminación lo que implica es un proceso autoritario que vive en el germen mismo de la sociedad y de sus actores. Molina, al contrario, no defiende esta postura:
- Pero si un hombre… es mi marido, él tiene que mandar, para que se sienta bien. Eso es lo natural, porque él entonces… es el hombre de la casa.11
Dentro de su discurso tiene asumida la naturalidad de las cosas, de los actos, reproduce los estereotipos tradicionales de una sociedad machista, la cultura del tango, donde la mujer tiene que estar subordinada siempre a la presencia masculina. Es esta sociedad la que los condena, a uno por buscar la revolución y el cambio de estas ideas, al otro, paradójicamente, por compartirlas. En Molina no hay rebelión, hay resignación y culpa, Valentín acaba dando un paso más allá, entendiendo la homosexualidad no como perversión sino como una opción sexual más, que no debe estar sometida a marginación o condena.
La mujer para Valentín no tiene los atributos tradicionales que le otorga Molina. Su concepción prima, frente a los aspectos asistenciales, los intelectuales:
…una mujer inteligente, una mujer hermosa, una mujer educada, una mujer con conocimientos de marxismo, una mujer a la que no es preciso explicarle todo desde el abc, una mujer que con preguntas inteligentes estimula el pensamiento del hombre… 12
Por oposición a lo que observa cotidianamente, se hace una idea de otro tipo de mujer, que no obstante, aparece modelada bajo su propio prisma. Hay un binomio de opuestos, cada uno con su carga valorativa: inteligente-tonto, hermosa-fea, educada-maleducada, que dejan entrever el lastre de toda una tradición y socialización. Hay que contextualizar estas palabras de Valentín dentro del recuerdo de aquello que dejó atrás, de aquella mujer europea que admira a un revolucionario latinoamericano, del dolor por lo perdido y que sabe irrecuperable, por la cárcel, por la muerte y, sobre todo, por su silencio. “Para ser mujer no hay que ser mártir”, “el hombre de la casa y la mujer de la casa tienen que estar a la par. Si no, eso es una explotación”.13 Su concepción igualitaria de la sociedad aparece en estas palabras y las aplica a la relación hombre-mujer.
Al igual que con la feminidad, la masculinidad está presente en las conversaciones de los protagonistas. Molina, como se ha dicho, se considera mujer, la Carmen de Bizet, es su nombre de guerra, y aquellos con los que se rodea, sus amigas locas, son como él, mujeres que buscan hombres, no hombres que se enamoran entre ellos, algo que define como cosa de homosexuales: “Nosotras somos mujeres normales que nos acostamos con hombres”.14 No busca la masculinidad homosexual, no la considera como tal, sino que lo que persigue es la masculinidad heterosexual, que la entiende como natural, y que marcara sus platónicos y atormentados amores, como el del camarero del restaurant o el del propio Valentín. Tal vez sea por eso por lo que no quiere discutir cuando Valentín cuestiona la sumisión de la mujer sobre el hombre, si la entendiera así Molina perdería el dualismo que ha marcado su vida, no podría concebir que el concepto de hombre que admira naufragara. Partiendo de este hecho, la masculinidad la entiende desde la normalidad. Cuando se refiere al mozo del restaurant lo considera como un hombre normal, de esta forma él mismo está interiorizando una anormalidad y asumiendo la culpa por la que se le condena. Las cualidades de su hombre son tales como: lindo, galán de película, voz ronquita… y explícitamente, preguntado por Valentín, dice:
¿Qué es ser hombre para vos?
- Molina: Es muchas cosas, pero para mí… bueno, lo más lindo del hombre es eso, ser lindo, fuerte, pero sin hacer alharaca de fuerza, y que va avanzando seguro. Que camine seguro, como mi mozo, que hable sin miedo, que sepa lo que quiere, adónde va, sin miedo de nada.
- Valentín: Es una idealización, un tipo así no existe.15
La idea de la masculinidad, como señala Mª Isabel Jociles, de “convencerse y convencer a los demás de tres cosas: que no se es bebé, que no se es homosexual y, principalmente, que no se es mujer”, queda reflejada en la figura del camarero, y es la que busca Molina, que asume en todo momento la construcción de mujer que se ha hecho. La autoridad es otra de las características masculinas, expresiones como el hombre de la casa son repetidas por Molina:
“Bueno, esto es muy íntimo, pero ya que querés saber… La gracia está en que cuando un hombre te abraza… le tengás un poco de miedo”.16
La dominación, casi la violencia, aparece en sus palabras. Asume una sumisión de la mujer sobre el hombre, una división inevitable en el que cada sexo tiene un lugar establecido. Molina acepta una visión androcéntrica de la sociedad en la que el hombre asume las responsabilidades laborales, la autoridad, el dominio del espacio público y la mujer queda relegada a un espacio secundario, doméstico, con el cometido principal de la reproducción. La mujer ideal de Molina, en sus propias palabras es:
“A ver…no sé, una mujer muy buena. Un encanto de persona, que ha hecho muy feliz a su marido y a sus hijos, muy bien arreglada siempre”.17
Los cuidados que proporciona durante la convalecencia de Valentín son de ese tipo, su anhelo por ayudar al mozo del restaurant, por cuidarlo como si fuera su esposa, su madre, es el ideal femenino del protagonista, que no se plantea, o no quiere plantearse, nada más allá, es lo correcto, y sobre todo es lo femenino, que es, precisamente, aquello que ansía y que le falta, el error genético que arrastra bajo su conciencia y que le ha convertido en un ser atormentado.
La amistad entre los compañeros de celda, la comprensión, el cariño, el amor, acaba en una relación sexual entre ambos. La intimidad lograda, la amistad afianzada a través de los días, de las conversaciones, llevan a un paso más allá, a una relación que ninguno de los dos creía posible al principio de la historia. Valentín es tal vez la figura clave porque cambia la concepción que sobre el amor y el sexo pudiera tener. Se siente turbado en los primeros momentos, se ve abocado a una situación inesperada, de la que quiere de alguna forma escapar con el silencio:
- ¿Y vos?... Valentín, decime…
- No sé… no me preguntes… porque no sé nada.
- Ay, qué lindo…
- No hables… por un ratito, Molinita.18
La confusión llega a la mañana siguiente, no por el hecho de la relación sexual, como dice Valentín: “Cada vez me convenzo más de que el sexo es la inocencia misma”, sino por sentir más que amistad, por revalorizar la importancia de las personas, más allá de su sexo, frente a una sociedad de marcados estereotipos y rígidas convenciones. El sexo es una actividad social, es un acto cultural que como tal está regulado. Valentín ha transgredido la norma en la que ha sido socializado y eso le hace reflexionar. Todo lo aprendido no son más que clasificaciones culturales susceptibles de poner en duda, y eso es lo que hace Valentín ideológicamente, y a través de su relación con Molina, también sexualmente. No es sólo que el sexo sea inocencia, detrás de él hay una compleja trama significativa, la raíz cultural que tiene hace que se convierta en un espejo de la sociedad y de sus miembros, y una actitud que rompa con los estereotipos y normas impuestas implica un cambio, al menos personal, en la asunción de estos valores.
El trágico final, muy al estilo del melodrama “folletinesco” que tanto gustaba al autor, muestra la convulsa Argentina de la década de los setenta, la observancia policial de todos aquellos a los que consideraba sospechosos, la tragedias de las cárceles, las muertes oficiales y los atentados de grupos de izquierdas, que anunciaba la dictadura militar que se instauró en el país entre 1976, año de publicación del libro, y 1983. La muerte de Molina es el fin de su idea de servicio al hombre, por aquel al que quería y por el que se arriesga en peligrosas colaboraciones. Su cariño por Valentín le lleva a entrar en un mundo que no era el suyo, pero es lo único que podía hacer, ayudar y servir a su hombre en todo lo que él quisiera. La represión carcelaria se encargó de Valentín, la tortura y el hambre acabaron con su vida.
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