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Apuntes sobre la organizacion social en el valle de Quíbor - Apuntes sobre la organizacion social en el valle de Quíbor

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11 de Mayo de 2006
Antropología
La región noroccidental venezolana ha sido hasta ahora ejemplar respecto a las primeras formas sociales americanas, gracias a las dataciones arrojadas por sitios paleo-indios en el Estado Falcón. Fechas menos espectaculares pero suficientemente antiguas muestran presentes en Lara y en el valle de Quíbor a grupos de cazadores-recolectores, probablemente organizados en “bandas” aparentemente nómadas, al menos hace 9 ó 10 milenios. En su modo de vida, definido por algunos como “apropiador” o incluso “depredador”, se ha querido ver muchas veces a los hombres como dependientes y sujetos a los avatares ambientales. Si el mundo se mostraba hostil, la igualdad sociopolítica —incluso entre géneros— que caracterizaría a estos grupos humanos, se mostraría más como un logro loable que como una incapacidad para generar una “complejidad” desgraciadamente confundida con la guerra y lucha, abierta o silenciosa, entre los hombres por el status, prestigio y poder. Nos parece, por el contrario, que los conocimientos que pudieron ser generados para “enfrentar” a la naturaleza, implican no la pasividad de una víctima de las circunstancias sino una creatividad por parte de seres altamente activos cuya transición a otros modos de vida definidos según sus reconstructores presentes puede haberse iniciado desde el primer día de su paso por estas tierras. De ello quizá la dificultad para conocer estas formas “intermedias” hacia organizaciones tribales aparentemente sedentarias y productoras de alimentos (“tribalización”), que podrían haber generado las prácticas agrícolas a partir de sus pretéritas relaciones con las plantas, o haberlas recibido introducidas como fuego prometeico junto con la cerámica polícroma (“neolitización”) por distantes núcleos creativos en los Andes o Mesoamérica, o al menos por una cadena de transferencias tecnológicas de alcance continental. De esta manera, existe desconocimiento acerca de los antecedentes y orígenes de la Tradición Tocuyano en el valle de Quíbor, y de sus portadores, señalados como los introductores de la producción o al menos el consumo agrícola. La presencia en el occidente de Venezuela de estilos polícromos tempranos similares a la cerámica de la costa norte de Colombia, Panamá y Costa Rica ha puesto en conexión a nuestra región con Mesoamérica y/o los Andes centrales, que ya para entonces habrían tenido complejos desarrollos sociopolíticos, incluso de formas urbanas. Sin embargo, aires más subversivos se han soplado desde las tierras bajas tropicales amazónicas, donde una “cultura de selva tropical”, que tenía a su disposición y manejo la mayor biodiversidad del mundo, habría podido desarrollar prácticas agrícolas y tradiciones cerámicas sin dependencia de otros centros alejados de creación, y que ha llegado a especular que los estilos polícromos tempranos fueron traídos por una primera oleada Arawak proveniente del Amazonas central. En todo caso, lo que se conoce del complejo tecnológico semicultor, de los “dispersos” y poco “densos” patrones de asentamiento y de los “uniformes” patrones funerarios de los Tocuyanoides se ha relacionado con una organización social tribal igualitaria. Dos planos pueden haber sido considerados para caracterizarla como “semicultor” en lugar de “vegecultor” (¿pero por qué no “mixto”?):

  1. empírico: la presencia de metates en sitios Tocuyanoides (procesamiento del maíz) y generalizaciones a partir de hallazgos contemporáneos en La Pitía (La Guajira) o del Complejo Caño del Oso;
  2. teórico:
    • según consideraciones temporales: es inmediatamente seguido por una supuesto modo de vida jerárquico (temprano);
    • según consideraciones espaciales: su localización dentro del Occidente de Venezuela, según la dicotomía propuesta por las teorías heredadas.

En estas teorías, la práctica de la vegecultura es vista como esencialmente oriental, tropical, de tierras bajas y calientes, y como correspondiente a un grado relativamente bajo del desarrollo de las fuerzas productivas y que supone ciertas relaciones técnicas de producción o procesos de trabajo poco sofisticados y dispersores del esfuerzo humano, tratándose por lo tanto de un impedimento tecnológico para unas relaciones sociales de producción más complejas (lo que significa “desiguales”). Siendo los Tocuyanoides semicultores, la continuidad con un estadio más avanzado de la evolución social se establecería por la contradicción entre un grado relativamente alto de desarrollo de las fuerzas productivas para la infraestructura y una simplicidad superestructural, lo que resulta en relaciones políticas que se mantienen igualitarias, como esperando al finalizar los tiempos anteriores a Cristo una revolucionaria intensificación agrícola para que el plusproducto transforme a los hombres de hermanos a dominantes y dominados en el seno de la tribu.

Cuando dentro de este esquema centrado en la evolución tecnológica (como indicador económico) se plantea la existencia de cacicazgos tempranos, es decir, situados en el primer milenio de la era cristiana, se tropieza con la dificultad de que tales inferencias se han basado fundamentalmente en patrones funerarios, ante la escasez (que sólo ahora comenzaría a resolverse) de áreas de producción y consumo de lo que engloba las formas sociales conocidas para este momento en el valle de Quíbor: la Fase Boulevard o estilo San Pablo. Las necrópolis de esta fase arqueológica o al menos de este período (porque no se presenta uniformidad estilística) presentan una cerámica de uso especializado, meramente funeraria o votiva, que junto con una sofisticada industria de objetos de concha (cuyo surgimiento, auge y decadencia coincidiría con esta Fase) posiblemente elaborada por especialistas en su manufactura, así como placas aladas (de concha marina y piedra probablemente andina), diferencialmente (en cantidad y cualidad) distribuida en los enterramientos, que a su vez seguirían ciertos patrones espaciales o deposicionales dentro del cementerio. Desgraciadamente la discusión de evidencias de paleopatologías muestra algunas debilidades conceptuales en cuanto a su relación al sistema de descendencia, además de la falta de un estudio paleopatológico publicado y argumentado, entre los varios los factores que permitirían hablar de formas jerárquicas cacicales: supuesta semicultura, trato diferencial a los muertos (que para algunos esquemas implica desigualdad política), intercambio a larga distancia de materia prima o productos exóticos (incluyendo asfalto, resinas, inciensos, quizá plantas y animales) para el consumo suntuario y ostensorio de las “élites”, la presencia de artesanos especialistas que pueden ser mantenidos fuera de la producción de alimentos mientras manufacturan estos objetos, un culto religioso ampliamente distribuido que sanciona ideológicamente las relaciones sociales existentes (eso, de hecho, ocurre y ocurrirá en cualquier forma de vida humana sobre la tierra, desde el chamán al showman, desde el culto solar al recuerdo de los próceres de la Nación hasta el culto racionalista a la ciencia dentro del Estado ético democrático), aun cuando la cerámica de los cementerios de Las Locas, Camay, Cerro Manzano y el Boulevard de Quíbor presente variabilidad estilística (San Pablo-Osoide (?), Tocuyano-Tocuyanoide, Santa Ana y Lagunillas) y formal (la cerámica Boulevard quizá corresponda a varias tradiciones y no sólo a una), lo que de hecho refuerza la idea de intercambios que favorecen la distinción funeraria. Es de notar también la distinción estilística y funcional que se ha encontrado en los sitios de habitación (¿hasta ahora los únicos?) y los enterramientos de este período y Fase en Sicarigua-Los Arangues, entre la cerámica doméstica y la funeraria. Que puedan existir cacicazgos contemporáneos en zonas vecinas como los llanos de Barinas (Complejo La Betania, serie Osoide) favorecerían también la idea de estos cacicazgos tempranos, al menos para los difusionistas. Como posible distinción de importancia respecto a los “cacicazgos” tardíos o del segundo milenio, estos “cacicazgos” tempranos (incluyendo los de Barinas) parecen tender a integrarse sobre localidades o microrregiones, a diferencia de los aparentemente regionales o macrorregionales posteriores.

Múltiples objeciones se pueden plantear a la existencia de estos cacicazgos tempranos, pero principalmente se han referida a la escasa visibilidad arqueológica —hasta ahora— del sector primario de la economía, tan necesario para las reconstrucciones de los esquemas teóricos que plantean la existencia de estos cacicazgos. También por la escasa visibilidad de áreas domésticas, los patrones diferenciales —interpretados en estos esquemas como indicadores de desigualdad— de consumo sólo se han mostrado en cementerios, en los que las variables consideradas no han sido exhaustivamente exploradas, a la par que se han obviado otras. Las distinciones funerarias no exigen por sí mismas la desigualdad política, ni siquiera exigen las distinciones intratribales (como las de linaje), a pesar de que es muy probable que éstas existan. El principal problema sería el escaso trabajo de la arqueología nacional y global en el estudio de las sociedades tribales como tales (sean “igualitarias” o “jerárquicas”). Errores y problemas de concepto surgen cuando la investigación se dirige en distinciones simplistas de igualdad-desigualdad, o peor aún, cuando las sociedades jerárquicas se ven como siempre distintas de las tribales (por ejemplo, en el esquema de Fried, que separa a las “tribus” de las “jefaturas”), con una cantidad de atributos que no se presentan en el estadio evolutivo más simple. En los esquemas evolucionistas, se ha tendido a forzar la visión del cacicazgo como una forma intermedia entre el Estado y las sociedades primitivas, siendo una mezcla extraña y débil o confusamente definida de indicadores. Otros esquemas recurren a adaptaciones americanistas del modo de producción asiático o, peor aún, del modo feudal (por la mera coincidencia del término “señorío”). Los investigadores que han consultado los documentos etnohistóricos multiplican los cacicazgos arqueológicos cada vez que leen acerca de un cacique del siglo XVI, confundiendo la definición original del “cacique” como un jefe de aldea o de grupo doméstico (un padre, un tío materno, o un suegro, sin poder más allá de su caserío o ranchería y sus parientes más jóvenes) con la organización política pre-estatal y post-parental. En líneas generales, hay poca consistencia en la definición de “cacicazgo”. Quizá desarrollos muy complejos y civilizatorios definidos como Estados, Imperios o Reinos son meras jefaturas, quizá desarrollos complejos no se corresponden a algo tan elevado como el cacicazgo y se trata de presencias de Big Men y de Great Men, y quizá desarrollos simples sí sean cacicazgos, y la tecnología y la demografía no son indicadores seguros, sino las relaciones sociales. (En el Viejo Mundo las primeras formas urbanas estatales teocráticas pueden ser más pequeñas que aldeas tribales igualitarias).

Para el Segundo Milenio de la era cristiana (recién finalizado) se ha establecido la extensión en el noroccidente de un segundo grupo de estilos polícromos (en este caso, “tardíos” y “geométricos”) que han sido agrupados bajo una Tradición Polícroma en Bandas (Sanoja) o una Macrotradición Dabajuroide (Oliver, “Macro-Dabajuroide” para resumir), que en el valle de Quíbor se presenta particularmente como la Tradición Tierra de los Indios (con dos posibles estilos en su interior: Tierra de los Indios propiamente dicho, y Guadalupe). De nuevo, sus relaciones se han establecido con estilos polícromos del noroeste de Suramérica o con una expansión Arawak tardía, lo que ha cobrado fuerza empírica, gracias a los documentos del siglo XVI. Esta relación entre grupos cerámicos y grupos étnicos históricos es importante para la discusión puesto que esta unidad estilística, asociada en su origen a los Arawak, se presentaría en una diversidad de grupos etnolingüísticos, incluyendo no Arawak. Esta relativa homogeneidad estilística, por lo tanto, a una integración sociopolítica o al menos económica o tecnológica, entre grupos culturales relativamente distintos que ocuparían mismas y diferentes regiones micro y macroambientales. Los indicadores arqueológicos utilizados para los cacicazgos de este período tienden a ser tecnoeconómicos y espaciales, buscándose enseguida establecer coincidencias con los datos históricos. La producción tiende a ser de amplio espectro y muy similar entre las diferentes regiones consideradas: Carache (Trujillo, Fase Mirinday), Sicarigua-Los Arangues (Lara, cerámica que relaciona diferentes estilos dabajuroides como Bachaquero y tierroides como Mirinday y Tierra de los Indios), Quíbor (Tierra de los Indios), y con sus particularidades costeras, Falcón (Dabajuroide). El mismo patrón dietético básico se repetiría en Carache, Sicarigua-Los Arangues y Quíbor: fundamentalmente agricultura de maíz pollo posiblemente intensiva y caza de venados, junto con frutales, palmas, moluscos terrestres, conejos, iguanas, cachicamos, etc. Moluscos y peces marinos provendrían de Falcón y del Golfo de Venezuela como especialidad de los Caquetíos, moluscos y peces fluviales de los llanos cercanos como especialidad de los Guaycaríes. La evidencia más importante que surge es los nombrados valles de Lara y quizá Trujillo (donde faltaría por establecer) es la presencia de modificaciones intencionales del paisaje que podrían implicar la distinción de áreas domésticas, áreas públicas, la intensificación de la agricultura y/o el trabajo organizado y planificado por agencias centrales, a la vez que el control de recursos por parte de éstas: montículos habitacionales, posibles montículos agrícolas, terracería e infraestructura (incluyendo arquitectura lítica) para el control de aguas: almacenamiento, drenaje, conducción y reconducción (regadío). Respecto a la totalidad de los valles, se distinguen los sitios habitacionales en los cerros o piedemonte o en la depresión. En la depresión (Quíbor), se podría distinguir entre sitios monticulados y sin montículos, y dentro de cada uno de ellos de acuerdo a su contenido (diferencial) de material arqueológico. Esto podría indicar la jerarquización vertical y/u horizontal del espacio de acuerdo al status y el rol en la producción y el consumo. Aumentando el nivel, se observarían o podría llegar a observar jerarquías entre aldeas, localidades, y hasta regiones. Se ha indicado arqueológicamente a Los Arangues como la aldea principal de un cacicazgo local, esto es, en el piedemonte andino. Históricamente, la aldea principal de un cacicazgo macrorregional correspondería al cerro Santa Ana, en Paraguaná, encarnado para el momento del contacto por Manaure, cuyo poder sobre la vida y la muerte de miles (o decenas o centenas de miles) alcanzaría los llanos y se basaría en un sistema de tributos recolectados por sus agentes, es decir, la apropiación de productos por parte de una élite asociada (no su redistribución ni gestión), y que para algunos anunciaría un Estado incipiente, una “formación clasista inicial”, abortada por la invasión europea.

Preferimos diferir la consideración de ciertos indicadores planteados para los cacicazgos para la discusión de las propuestas de Oliver y Arvelo, por concentrarse en los momentos más tardíos y valerse abundantemente de información histórica. Nos concentraremos aquí en la arqueología.

Queda por establecer la productividad de las estructuras supuestamente agrícolas con las que se modificó el paisaje. ¿Corresponderían ciertamente a la intensificación de la producción? ¿Hubo crecimiento demográfico? ¿Sería este previo o posterior a una intensificación agrícola? ¿Sería esto causa, consecuencia o factor independiente del surgimiento de cacicazgos? ¿Es de verdad la homogeneidad estilística producto de la integración política por parte de agente centrales diferenciados o de la dictadura colectivista de la tradición arrasadora de diferencias? Los cacicazgos arqueológicamente tienden a ser establecidos localmente, mientras que históricamente se establecerían por integración de regiones. Dada la uniformidad en la producción entre las regiones, su importancia podría estar en el sostén de una alta población: ¿se manifiesta ésta arqueológicamente? Esta uniformidad restaría importancia a la producción para resolver problemas de “hambre” de una región, que la solventaría a través del intercambio, que como mecanismo de simbiosis en una interpretación meramente económica exaltaría las diferencias —que tenderían a lo suntuario— en la producción local y asimetrías en la interregional, y no sus semejanzas —referidas a la autosubsistencia—. Los documentos históricos señalan dónde se realizaba con intensidad este intercambio o dónde existían hostilidades y negativas al intercambio. El surgimiento del poder cacical podría relacionarse menos con la intensificación agrícola para la apropiación y la redistribución por parte de la élite, que con el sostén de una población alta en la macrorregión (para contar con más efectivos y quizá un ejército de reserva, sea para la guerra o el trabajo con o sin intensificación), o más con el control de redes de intercambio (sin necesidad de adoptar tecnología productiva compleja), alianzas y confederaciones políticas, consumo de bienes suntuarios, captación de tributos y quizá por sobre todo, el control (mágico o no) de la naturaleza y la producción. Pero habría que considerar si efectivamente los “cacicazgos” históricos coinciden temporalmente con los “cacicazgos” arqueológicos (no parecen coincidir del todo espacialmente). Los cacicazgos arqueológicos pudieron ser anteriores, y haber desaparecido al momento del contacto. Quizá no fueron cacicazgos del todo, y habría que evaluar si los procesos de trabajo implicados requirieron la gestión por parte de una élite de la planificación, la dirección y la posible redistribución o apropiación, o si por el contrario grupos domésticos no diferenciados políticamente ejecutaron estas labores, estableciendo alianzas no subordinantes con grupos vecinos o emparentados cuando el trabajo requerido era mayor. Las sociedades tribales tienen múltiples mecanismos para evitar el surgimiento de la desigualdad y horizontalizar las relaciones (especialmente en tiempo de paz), a la vez que tienen mecanismos para verticalizar el poder (especialmente en tiempo de crisis), y esto se logra a través de sistemas de parentesco (incluyendo consaguinidad, afinidad, alianza) “real” o “imaginario”. ¿Sustituyen las relaciones políticas a las relaciones de parentesco en el cacicazgo? ¿Cómo puede evaluar la arqueología apropiadamente esto? ¿Ello llega a suceder verdaderamente dentro de la sociedad tribal, o es algo exclusivo a la formación del Estado? ¿Sería el cacicazgo parte de las sociedades tribales o una forma separada anterior al Estado? ¿Cuál es el papel de la invasión europea frente a los cacicazgos? ¿Qué detalle fino tenemos sobre la cronología? Los cacicazgos históricos quizá no tuvieron que ver con los supuestos por las evidencias arqueológicas, y ser tan tardíos como para basarse en otros principios o mecanismos causales, incluyendo la posibilidad de tratarse de jefaturas coloniales, estimuladas involuntaria o voluntariamente por la presencia europea, o incluso tratarse de una proyección del imaginario de los invasores. Todavía se requiere de investigación arqueológica (cacical y tribal en Falcón, tribal en Lara y Trujillo) y lecturas críticas de los datos etnohistóricos y su correspondencia con la arqueología. El trabajo conceptual necesita ser emprendido, especialmente aquel sobre la realidad o falsedad de una la noción de una equivalencia entre complejidad social, jerarquía y cacicazgo, y la elaboración de indicadores arqueológicos apropiados, menos dependientes y más refinados que viejos esquemas teóricos totales (y extranjeros) elaborados cuando poca evidencia estaba disponible, y pese a tanto papel y tinta acerca de cacicazgos, la discusión teórica, especialmente aquella que ofrezca diferentes perspectivas, queda aún por iniciarse.

Bibliografía

  • Sanoja Obediente, Mario, e Iraida Vargas Arenas (1987): La sociedad cacical del valle de Quíbor (Estado Lara, Venezuela). En: Chiefdoms in the Americas, editado por Robert D. Drennan y Carlos A. Uribe. Lanham: University Press of America. Pp. 201-212.
  • Sanoja Obediente, Mario, e Iraida Vargas Arenas (1999): Orígenes de Venezuela: regiones neohistóricas aborígenes hasta 1500 d. C. Caracas: Fundación Comisión Presidencial V Centenario de Venezuela.
  • Toledo T., María Ismenia, y Luis E. Molina Centeno [1985] (1987): Elementos para la definición arqueológica de los cacicazgos prehispánicos del noroeste de Venezuela. En: Chiefdoms in the Americas, editado por Robert D. Drennan y Carlos A. Uribe. Lanham: University Press of America. Pp. 187-200.
  • Vargas Arenas, Iraida, y Mario Sanoja Obediente (1985): Cacicazgos del noroeste de Venezuela. Gens: boletín de la Sociedad Venezolana de Arqueólogos 1 (4): 52-63.
  • Vargas Arenas, Iraida [1987] (1990): Arqueología, ciencia y sociedad: ensayo sobre teoría arqueológica y la formación económico-social tribal en Venezuela. Caracas: Editorial Abre Brecha.
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