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Arlt y lo fantástico - Complementos

Artículo creado por Guillermo García. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero26/arlt.html
26 de Septiembre de 2006
Historia de la literatura

3 - Complementos

Ciudades. Los narradores arltianos construyen una ciudad inexistente a partir de la percepción distorsionada de referentes contiguos a través de la lente deformante de la tecnología y sus productos. El cielo es un plafón sucio; la luna, un plato amarillo cortado por cables de alta tensión; las nubes, manchas de alquitrán violeta; la neblina es de carbón; una mujer intenta atraer a su interlocutor llamando “a su sexo con ondas cortas”; las puertas de los dancings semejan “la boca de altos hornos” y vomitan “atmósferas incandescentes”. Los objetos nacidos de la técnica y los mecanismos que los producen hacen así su ingreso en la literatura argentina y, literalmente, ‘se imponen’ -en el sentido heideggeriano del término- a los parámetros previos de representación, tornándolos extraños.

Al respecto apunta Beatriz Sarlo: “Arlt usa lo que tiene a mano, especialmente los saberes técnicos de la química, la metalurgia y la física, para construir esa ciudad que todavía no existe. Y cuando describe lugares que realmente existen, enfatiza o imagina objetos futuristas: rascacielos, fachadas escalonadas, carteles de neón, acorazados, máquinas bélicas, grúas y cables. Su relación con las utopías y distopías de la modernidad tiene la intensidad inventiva de la ciencia ficción. En Arlt, los escenarios modernos no son meramente arquitectónicos. Son espacios fáusticos de violencia constructiva o destructiva.”

Un poco antes había expresado: “Roberto Arlt descubrió en la ciudad y en la máquina la materia misma de su ficción. Sus figuraciones tienen la exageración de la metrópolis imaginada por Fritz Lang: un lleno completo de líneas de alta tensión y trenes elevados sobre cielos lívidos”. [SARLO, Beatriz: “Ciudades y máquinas proféticas”. En La Nación, “Cultura”. Bs. As., domingo 26 de diciembre de 1999, p. 3].

Y en otro lugar concluye: “La ciudad y la técnica obsesionan la imaginación de Arlt: ambas lo empujan no sólo a ampliar un espacio temático, sino a construir una forma y un ideal de belleza. En el itinerario por la ciudad moderna, el escritor encuentra a la técnica; en su relación con la técnica aprende a ver una ciudad nueva para la literatura. Ciudad y técnica: no separadas sino unidas tanto en el movimiento de la ficción como en el impulso crítico. Arlt literalmente proyecta una ciudad porque, en sus textos, Buenos Aires es tanto una representación como una hipótesis. Se siente al mismo tiempo fascinado y repelido por la ciudad que construye en sus ficciones, sobre la que imprime proféticamente imágenes de ciudades completamente modernas, en un montaje de lo que cree saber de América del Norte y lo que generaliza a partir de muy pocos datos empíricos de la Buenos Aires existente. La mirada de Arlt conserva poco del ocio del flaneur para ser productiva de configuraciones estéticas que clasifican las imágenes y las organizan en un espacio distinto del espacio físico donde la ciudad empírica, descompuesta y recompuesta por las transformaciones que intervienen en ella desde fin de siglo, es el soporte sobre el que se imprime una ciudad imaginada, la ciudad futura, donde el presente será reparado por la imaginación técnica”. [SARLO, Beatriz: La imaginación técnica. Sueños modernos de la cultura argentina. Bs. As., Nueva Visión, 1997, p. 44].

A fin de ampliar estos tópicos remitimos al capítulo “Arlt y las ciudades” de nuestro Tipos populares rioplatenses [http://www.bibliotecaunlz.com.ar/centrode graduadosenletras/ensayos]

Catástrofes. La catástrofe presupone un fin de la Historia y, por ende, una negación palmaria de cualquier tipo de futuro posterior al cataclismo de que se trate. Si se piensa que la mentalidad moderna se distinguió por haber dependido de manera progresiva, precisamente, del porvenir -tiempo privilegiado en el cual gustó situar imaginariamente la suma de sus anhelos y previsiones-, se comprenderá lo que de efectivamente sedicioso tiene esa clase de relatos para nuestra cultura.

Hablando en términos narratológicos, los cuentos del fin presentan algunos problemas de difícil solución: ¿Dónde se ubica quien narra? ¿Desde qué lugar y tiempo lo hace en tanto el mundo inmediato a la instancia receptora no existe más? Edgar Poe echó mano a la voz de un muerto para relatar los eventos de “La conversación de Eiros y Charmión” [1839], cuento que acaso inicia la serie. ¿Pero es ese un recurso limpio? La solución de H. G. Welles resultaría mucho más justificable, si bien exige una máquina para viajar por el tiempo para que la mirada de las postrimerías tenga lugar [La máquina del tiempo, 1899]. No obstante, la forzosa salida pareciera radicar en la utilización de un final abierto dictado por la necesaria anulación de la voz narrativa en el instante del colapso. Así lo entendió Robert Duncan Milne en su magistral relato “En el sol” (1882) y, en el Río de la Plata, Roberto Arlt en “La luna roja” (1932), Adolfo Bioy Casares en “El gran Serafín” (1967) o Elvio E. Gandolfo en “Sobre las rocas” (1974).

El cine de la industria, por su parte, deplora tanto la narración de un final definitivo como la utilización de finales abiertos: curiosa y paradójica inadecuación entre el fondo y la forma. El peso de las tesis progresivas exige siempre un ‘después’ donde el futuro permanezca. Y los esquemas del mercado, por su parte, al renegar de todo lo que implique ausencia de un ‘clímax’, se horroriza ante la suspensión indefinida que presuponen los finales abiertos, los cuales niegan al producto de consumo su condición de tal. ¿Una memorable excepción a esa previsible regla? Existe, es de Alfred Hitchcock y lleva por título Los pájaros (1962).

En lo que puntualmente toca al imaginario arltiano, ya hemos evaluado en otro lado la función subversiva que en él despliegan los signos de la catástrofe: “En cuanto a la inversión anárquica operada sobre ‘lo establecido’, el siguiente pasaje tomado de ‘La ola de perfume verde’ -singularísima historia de ciencia ficción acerca de los efectos que, sobre Buenos Aires primero y el planeta entero después, provoca la llegada de una extraña fragancia de origen extraterrestre- resulta contundente: ‘Las únicas que parecían insensibles a la atmósfera del perfume clavel-petróleo eran las ratas, y fue la única vez que se pudo asistir al espectáculo en que los roedores, saliendo de sus cuevas, atacaban encarnizadamente a sus viejos enemigos los gatos. Numerosos gatos fueron destrozados por los ratones.’ [ARLT, Roberto: Cuentos completos. Edición a cargo de Ricardo Piglia y Omar Borré. Buenos Aires, Seix Barral, 1996, pag.291. Énfasis nuestro]. Para el fragmento anterior, Cf. G. G.: “Arlt y las ciudades”. En VVAA: Diez lecturas de Arlt. Bs. As., Fundación El Libro, 2000, p. 116, nota 13 in fine.

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