El análisis de los cuentos abordados permite establecer algunas conclusiones. La primera de ellas consiste en que dentro de esos universos de ficción no cabe la coincidentia oppositorum o búsqueda de totalidad que Mircea Eliade propuso alguna vez como fin último de la convivencia simbólica de ambos sexos en un solo ser.18 Por el contrario, tal parece que si bien esa conjunción es útil como vía para trascender la fugacidad de la vida en “La penitencia de Dora”, no lo es como forma de vida en “La venta del Chivo Prieto”. Así, Dora se disfraza de hombre pero permanece fuera del ámbito social -primero en el monasterio y luego en el monte. En cambio, Severiana se atreve a pasear su rudeza, imponiéndola a quienes la rodean y ganando con ello el desprecio y el temor de los vecinos. La masculinización excluye a ambas, no obstante el cariz positivo de la primera historia.
Hay otras comparaciones de interés: Dora renuncia a lo femenino para ascender espiritualmente, en tanto que Severiana renuncia a lo femenino para ascender financieramente. El objetivo último determina la aceptación o rechazo general de sus estrategias subversivas. Por otro lado es importante considerar que la primera no desafía la estructura social: se deja morir en nombre del marido. La segunda sí lo hace: somete francamente a su compañero. Es decir, Dora consigue los poderes del otro sin afectarlo, pero Severiana lo afecta dominándolo y superándolo. Esas diferencias trascienden hasta un terreno de enorme peso: la mujer arrepentida renuncia a todo, incluso al niño que le es confiado como una tentación, expiando así su culpa. En el otro lado de la balanza, Severiana pierde a su hijo porque privilegió la codicia. En la maternidad de ambas se cifran connotaciones de penitencia.
Los desenlaces de las historias, por ende, son distintos. Una ingresa en el terreno de la santificación, asciende y seguramente es perdonada por el marido. La otra se hunde hasta el crimen y arrastra con ella a Desiderio. Esto último es relevante también. Es cierto que los personajes masculinos están desdibujados en los dos cuentos; carecen de la fuerza dramática de las protagonistas. No obstante, su tenue presencia apoya los respectivos discursos. Uno adquiere honorabilidad gracias al sacrificio de la compañera infiel y arrepentida, el otro se ve disminuido a fuerza de humillaciones propinadas por la severa pareja. En ellos también funciona el esquema de género dentro del cual se castigan las infracciones.
Nada nuevo, se dirá. Los contextos donde Emilia Pardo Bazán y Laura Méndez de Cuenca escribieron sus historias estaban lejos de admitir desórdenes simbólicos radicales, por lo que ambas narradoras acudieron a paradigmas aprobados socialmente. Con todo, en una parte de su obra comenzaron a colarse elementos sediciosos ataviados de personajes extraños -aún cuando éstos debían ser finalmente castigados.
Al estudiar la iconografía de Ganímedes, James Saslow observó que los cambios en la popularidad de ciertos aspectos de esa historia clásica “están íntimamente relacionados con los cambios de actitud con respecto al erotismo”.19 Otro tanto podría decirse sobre las historias donde se pone en tela de juicio el límite de la identidad del género femenino. La forma en que hacia el final del siglo XIX eran entendidos en los países hispánicos esos roles, incidió en la representación de los personajes literarios. Las características androginizantes del ideado por Pardo Bazán apuntan hacia la búsqueda espiritual, la santificación y la elevación. Las del personaje de Laura Méndez, hacia la búsqueda material, la monstruosidad y el hundimiento. El modelo andrógino en esos relatos es, a un tiempo, la puerta y el callejón sin salida de las estrategias de género.