Considérense dos historias. La primera es protagonizada por una mujer que adopta ciertos signos exteriores masculinos para esconder un pecado; la segunda, por una ventera cuyas enérgicas acciones son censuradas por los habitantes de su pueblo. Paradójicamente, aún cuando ambas exceden los límites señalados a su género sexual, una consigue purificarse y la otra es castigada. ¿Por qué los desenlaces difieren?, ¿por qué la androginización que cruza ambas historias adquiere características distintas si, por lo menos en parte, sus finales son desencadenados por sendas determinaciones morales?
Las historias referidas fueron expuestas en cuentos que se titulan “La penitencia de Dora” y “La venta del Chivo Prieto”, escritos hacia el final del siglo XIX, respectivamente, por Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1852-Madrid, 1921) y Laura Méndez de Cuenca (Estado de México, 1853-Ciudad de México, 1928). Escritoras en lengua castellana, cierto, pero inmersas en distintas culturas -una, imperial aunque venida a menos; otra, forjando aún su autonomía en ese fin de siglo-; culturas que, por lo demás, compartían rasgos idiomáticos, históricos, ideológicos y morales, visibles en los relatos mencionados.
Una coincidencia entre estas escritoras, amén de su contemporaneidad, reside en que han sido consideradas las mejores narradoras decimonónicas en sus países de origen. Otra coincidencia estriba en su defensa de la emancipación intelectual y social de la mujer. Baste la mención del entusiasta prólogo de Emilia Pardo Bazán a la traducción española de La esclavitud femenina de John Stuart Mill, por un lado y, por otro, la revista de corte feminista titulada La Mujer Mexicana (1904-1906), dirigida durante algunos meses por Laura Méndez de Cuenca. Cabe señalar que las posiciones más o menos modernas sostenidas por ellas en esos trabajos no son evidentes en los relatos aquí analizados, lo cual nos recuerda la dificultad de muchas escritoras para expresar posiciones liberales en un contexto conservador.
Pues bien, Pardo Bazán publicó “La penitencia de Dora” el 31 de mayo de 1897 en el diario El Imparcial, de Madrid. Más adelante, el texto fue incluido en la colección de Cuentos sacroprofanos, de sus obras completas. A su vez, Méndez de Cuenca concluyó “La venta del Chivo Prieto” en 1902, aunque había comenzado a escribirlo como parte de un proyecto mayor (la novela El espejo de Amarilis), en 1897.1 Años después, el relato pasó a encabezar el libro Simplezas (1910), compilación de diecisiete narraciones breves. Como se verá, da la casualidad de que se trata de obras escritas simultáneamente. Revisemos ahora los argumentos.
“La penitencia de Dora” es la historia de una mujer casada que sucumbe a las proposiciones de un seductor y, arrepentida, busca redimirse. Para ello abandona a su marido y renuncia a los atributos femeninos más evidentes -se rapa, rasura sus cejas y cambia sus ropajes-; así transformada, busca refugio en un monasterio masculino. En calidad de novicio se somete a toda clase de austeridades y castigos, e incluso es capaz de soportar las tentaciones que el diablo le propone en forma de alucinación. Cierta vez pasa la noche fuera del convento; meses más tarde, una cortesana a quien entonces rechazó, la acusa de ser padre de un recién nacido, mismo que entrega al abad. Tras el silencio del novicio se impone la expulsión.
Refugiada Dora en el monte, un “calor maternal” la invade e impele a cuidar y amar a la criatura durante algún tiempo, hasta que el remordimiento la mueve a evocar al marido traicionado. Entonces decide renunciar también al pequeño ser con quien ya había desarrollado entrañables vínculos. Una vez entregado el niño y dadas las respectivas explicaciones en el monasterio, la mujer vuelve sola al monte. Un año más tarde su cadáver es recogido casi en olor de santidad.
Contada por un narrador omnisciente, la historia posee un carácter abiertamente hagiográfico. Ello es claro al observar el campo semántico configurado por palabras como arrepentimiento, tentación y renuncia, con las cuales es expuesta la aventura piadosa de Dora. Pero, por si quedara alguna duda, la autora añadió un párrafo final donde revela, como origen de la anécdota, un intertexto religioso: “Y al año [el abad] recogió piadosamente [el cuerpo de Dora], como piadosamente debe leerse esta historia, algo semejante a la de Santa Teodora Alejandrina, cuya fiesta celebra la Iglesia el 14 de septiembre”.2
La lección, por demás patente, tiene razón de ser en el contexto donde se sitúan las acciones: la Alejandría pagana donde había “matrimonios cristianos unidos por el amor más acendrado y tierno”,3 como el de Dora. La de ella, pues, es una historia ejemplar donde la elección del disfraz masculino refuerza una proeza, consistente en renunciar a la vida femenina (como ésta es entendida en ese universo de ficción), a cambio de la absolución de un pecado. De ahí que la simulación no sea interpretada por el narrador como un peligroso desafío a la estructura social, sino como el colmo del sacrificio. Pero es significativo el hecho de que la modificación de la apariencia inicie justo antes de ingresar en un monasterio, sitio aislado, y luego se refuerce la androginización del personaje -ya convertido en un supuesto novicio seductor, con sentimientos maternales- en un espacio extraño y solitario: el monte.4 Podría apuntarse con Jean Libis, que el andrógino aparece idealmente en el paraíso futuro o en el Edén, nunca en el presente: es nostalgia o promesa. También sería posible traer a colación los finales de novelas decimonónicas como Mademoiselle de Maupin -de Théophile Gautier-, Serafita -de Honoré de Balzac-, en el ámbito francés, así como El donador de almas -de Amado Nervo-, en el ámbito mexicano, donde los personajes andróginos terminan por huir: hacia el destierro, en el caso de Magdalena de Maupin; hacia el cielo, Serafita; y hacia la disolución del “andrógino mental”, por lo que respecta a la novela de Nervo.
Volvamos a la exploración del cuento de la escritora española. Ya Marie Delcourt ha señalado la relación entre, por un lado, los disfraces intersexuales usados en ciertas ceremonias y, por otro, eventos como los siguientes: los ritos de tránsito, el propósito de alejar espíritus malignos, la ejecución de proezas y la aspiración humana a la perennidad.5 Esas consideraciones ayudan a comprender la índole de la transformación de Dora: su elección supone un rito de tránsito cuya meta es la santidad. Hacia allá apunta en cuanto decide expiar su infidelidad sacrificando cuanto ama, ya sea el marido o el bebé al que cría durante un tiempo. El relato en su totalidad es el registro de un itinerario purificador donde el cambio de apariencia contribuye a dejar atrás un estado terrenal -carnal, de hecho- para perfilarse hacia otro, considerado superior.
Pero el disfraz sirve igualmente para alejar al espíritu maligno por excelencia: “Sabedor el demonio de [las] aflicciones de Dora, solía tomar la figura del esposo ausente, llegarse a ella diciéndole los requiebros y dulzuras que solía cuando se hallaban juntos, suplicarle que volviese a su lado, que la falta estaba perdonada y expiada de sobra”.6 La protagonista rechaza las invitaciones diabólicas, en efecto, y para ello renuncia a los atributos de la identidad que en el contexto cristiano ha sido relacionada con el pecado de la carne: la femenina. Dentro de ese código, tender hacia lo masculino representaría, per se, un ascenso espiritual, pues ser mujer significa estar habitada por la falta atribuida en el relato bíblico a Eva.7 Dicho de otra manera: la renuncia al mundo y sus apariencias concuerda con la renuncia a lo femenino, entendiendo esto como una representación de aquello. Por tanto, la búsqueda de lo eterno supone en el relato comentado la obtención de algunas de las claves de lo masculino. No está de más advertir de paso que una de esas claves se relaciona con la autonomía lograda por el personaje, en un contexto donde las decisiones las tomaban los hombres, ya fueran padres, hermanos, maridos o hijos. Nótese la paradoja: la liberación de algunas ataduras del género se efectúa con base en los signos del género.8
Retomemos a la luz de lo anterior las consideraciones de Delcourt, quien señala, como parte del código cifrado en los disfraces intersexuales, tanto la intención de conseguir algo de los poderes del otro,9 como la “aspiración humana a la perennidad”.10 En este caso los poderes se presentan por la vía de la oposición: ataviarse de hombre permite a la protagonista esconder su cuerpo marcado por la sexualidad, huir de la protección masculina y negarse a las tentaciones voluptuosas que no pudo evadir siendo mujer. En estos sentidos el personaje se ve fortalecido.
Por otra parte, Dora busca la inmortalidad de lo santificado a través de la perfección atribuida al cuerpo masculino, cuya contaminación viene de fuera -en el relato bíblico Adán no elige pecar: es engañado-, a diferencia de la contaminación de la mujer, que parece formar parte de su naturaleza. Expiar su culpa significa expiar la culpa femenina por antonomasia, la que inaugura y da sentido en el discurso cristiano a la sujeción de la mujer por el hombre. He aquí la enseñanza emanada del texto.