Cuando se trata de las artes de la memoria se tiende a valorar su capacidad de recordar, pero no se suele valorar el proceso en sí mismo. El primer momento implica que aquel que recuerda ha tenido que crear ese espacio que hemos calificado como sólido. ¿Por qué sólido? Ese espacio, que por sí mismo no significa, es el que albergará los objetos simbólicos que sí tienen una significación. Los objetos variarán, según los diferentes recuerdos que se almacenan, pero el espacio tienen que ser constante en la memoria.
El proceso de recordar implica necesariamente un viaje por un espacio interior. Recordar es desplazarse por ese espacio sólido. Recorrer uno tras otro esos loci, esas habitaciones y atrios creados, significa un proceso de objetivación, en primer lugar, y, en segundo, un proceso de extrañamiento por parte del sujeto. Objetivar el espacio es necesario para conferirle esa independencia necesaria para que se mantenga constante como terreno de almacenamiento. Es decir, es necesario convertirlo en una "realidad", en una realidad virtual. El extrañamiento es necesario porque el que recuerda se tiene que ver proyectado en ese espacio para recorrerlo, es decir, sumergirse en él. No sólo creo un espacio virtual, sino que también me creo como viajero virtual que recorre ese espacio. Si son formas visibles lo que debo buscar, necesito de esa mirada interior que recorra los ámbitos creados, de un "yo" que se desplace, de un yo que vea, de un yo que actúe como emisario de la consciencia.
Un ejemplo muy claro de este proceso de extrañamiento lo tenemos en las Confesiones de San Agustín, maestro de retórica. Cuando San Agustín se plantea cómo encontrar a Dios, señala que su yo-exterior, el corporal, lo ha buscado infructuosamente por el mundo. Ahora, deberá ser su yo-interior ("el hombre interior") el que inicie la búsqueda. Subiendo por la "escala" de las potencias del alma, señala San Agustín,
[...] vengo a dar en el anchuroso campo y espaciosa jurisdicción de mi memoria, donde se guarda el tesoro de innumerables imágenes de todos los objetos que de cualquier modo sean sensibles, las cuales han pasado al depósito de la memoria por la aduana de los sentidos. Además de estas imágenes, se guardan allí todos los pensamientos, discursos y reflexiones que hacemos, ya aumentando, ya disminuyendo, ya variando de otro modo aquellas mismas cosas que fueron el objeto de nuestros sentidos; y en fin, allí se guardan cualesquiera especies, que por diversos caminos se han confiado y depositado en la memoria, si todavía no las ha sepultado y deshecho el olvido (X, VIII).
El viaje de San Agustín no es un recorrido ordenado, como es propio de las artes de la memoria. No trata de recordar, sino de encontrar. Pero la descripción del viaje interior a través del «gran salón de mi memoria» tiene ese sentido espacial que señalábamos. Todas las imágenes acuden y se van presentando ante él:
Otras suelen salir amontonadas y de tropel; y aunque no sean aquellas las especies que entonces se pedían y buscaban, ellas se ponen delante, como diciendo: ¿Por ventura somos nosotras las que buscáis? Yo las aparto de la vista y aspecto de mi memoria con la mano y entendimiento, hasta que descubra lo que busco, y acabe de dejarse ver, saliendo de aquellos senos donde estaba escondido. También hay otras que se presentan fácilmente y con el mismo orden con que se las va llamando; entonces las primeras ceden su lugar a las que siguen, y cediéndole, vuelven a guardarse. Todo esto sucede verdaderamente cuando digo alguna cosa de memoria.
La distinción que establece entre estas dos formas de presencia de las imágenes sugieren el uso de algún tipo de arte en el segundo caso. Unas imágenes le salen en tropel al viajero interior, que "las aparta con la mano"; otras, en cambio, llegan ordenadamente y van sustituyéndose. Hay unos datos en la memoria que no están sujetos a orden y cuya recuperación es confusa, y hay otros datos que llegan conforme van siendo invocados. Es importante esta distinción: en el primer caso, las imágenes salen al encuentro del viajero recordador; en el segundo, son llamadas.