2 - Artes de la memoria


Artículo creado por Joaquín Mª Aguirre Romero . Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero2/memoria.htm
21 Agosto 2006
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Las artes de la memoria fueron unas técnicas desarrolladas con la finalidad de vencer al gran enemigo del hombre, el olvido, antes de que existieran otras formas generalizadas de almacenamiento de la información. La memoria se convierte en el elemento básico en un mundo sin escritura. Los antiguos distinguían entre una memoria natural y otra artificial. La primera era un don variable según la naturaleza de cada uno; la segunda, una técnica cuya función era el almacenamiento masivo de datos de interés personal o social. Atribuían la invención de estas artes al poeta Simónides, que fue capaz de recordar las posiciones y los nombres de todos los asistentes a un banquete después de que un derrumbamiento en la sala los sepultara dejándolos irreconocibles. Simónides pudo reproducir, gracias a su memoria, en qué lugar se encontraban situados cada uno de los comensales, permitiendo su reconocimiento a los familiares.


En el mundo antiguo la memoria estaba concebida como una parte de la retórica. En cuanto disciplina que se encargaba de la construcción eficaz de los discursos, la memoria era parte esencial de ella, ya que permitía mantener la cohesión del conjunto. Tenemos descripciones y referencias de este tipo de artes, básicamente, en Cicerón, en la Retórica a Herenio (atribuida a Cicerón durante siglos) y en Quintiliano, fuentes de las que suelen depender los desarrollos o menciones posteriores. El desplazamiento que supone la progresiva implantación de la escritura como técnica de registro y el definitivo golpe que da la imprenta hacen que estas artes queden como meras curiosidades sin utilidad práctica. En una cultura que se conserva a través de la palabra escrita, la memoria se hace menos necesaria. El mundo antiguo estableció la memoria para defenderse del olvido; la memoria, en cambio, no pudo defenderse de la escritura.


Pero el aspecto que aquí nos interesa resaltar de las artes de la memoria es su carácter espacial. Todas las descripciones de estas artes coinciden en sus dos elementos básicos:

La memoria artificial esta construida por lugares e imágenes. Llamaremos lugares a sitios dispuestos por la naturaleza o por la mano del hombre, de dimensiones reducidas, completos y atrayentes, tales que podamos asirlos y abarcarlos fácilmente por medio de la memoria natural: una casa, un espacio intercolumnar, un rincón de la sala, un arco, y otras cosas similares. Las imágenes son ciertas formas, marcas o representaciones de lo que queremos recordar; por ejemplo, si queremos recordar un caballo, un león, un águila, nos convendrá recordar sus imágenes en unos lugares determinados. (Retórica a Herenio, III, XVI)

El procedimiento es aparentemente sencillo: en primer lugar, se debe construir un espacio mental, es decir, un espacio abarcable por la mente, que pueda recordar con toda precisión cada uno de sus detalles. En ocasiones, se recomienda utilizar un espacio familiar para el "recordante"; en otros, se recomiendan palacios, teatros, casas con múltiples estancias. Este espacio —como muy bien señalaba U. Eco ("Sobre la dificultad de construir un Ars oblivionalis", Revista de Occidente, nº 100, Septiembre-1989)— es un espacio "sintáctico" o "sintagmático". Sirve para situar en él aquello que es necesario recordar.


De forma escueta, la técnica consiste en establecer un espacio en el que situar unos objetos alusivos a lo que se quiere recordar. El "recordante" debe crear un espacio abarcable por su memoria natural. Ha de conocer cada detalle, cada recoveco de ese edificio mental que ha construido. Se dan recomendaciones para evitar problemas posteriores: han de ser lugares bien iluminados; deben ser diferentes unos de otros para evitar confusiones; no han de construirse de una forma excesivamente compleja, etc.


Tratemos de imaginarlo. Cierro los ojos. Ante mí aparece un edificio. Me dirijo hasta él por un camino de piedra. Llego ante su puerta. La abro. Un pasillo me lleva a una espaciosa sala circular en la que hay doce puertas. Me dirijo hacia la primera de la izquierda y entro. Me encuentro ante una habitación soleada en la que encuentran doce altares de mármol. Me dirijo al primero. Subo unos escalones y miro lo que hay. La superficie está dividida en diez espacios. En cada uno de ellos hay un objeto diferente. Los otros altares tienen estructuras similares y contienen diversos objetos.


Salgo de esa habitación y me dirijo a la siguiente. La sala es diferente, también espaciosa, pero decorada con otros colores. En ella hay varias estatuas que representan personajes y acciones. Luego voy a la tercera sala. Esta llena de pinturas representando escenas diversas.


Termino mi paseo por el edificio. He recorrido todas las salas. Un mundo poblado de objetos en el que cada uno de ellos significa algo. Todos son signos que me hacen recordar algo. He sido yo el que los ha puesto en esos lugares. Su orden no es aleatorio. Constituyen unidades complejas de significación; son frases construidas con objetos. Cada una de esas imágenes —esculturas, pinturas, etc.— representan una parte de aquello que debo recordar.


Existe una memoria de "cosas" y otra de "palabras". La primera almacena "acciones" y "situaciones", es decir, lo que he hecho o lo que debo hacer. El segundo tipo, el más complejo, traduce las palabras a imágenes para recordar cualquier tipo de texto.


Verdad es que en los razonamientos y oraciones no es tan provechosa el arte dicha; pero también ay para esto artificio, teniendo los lugares ya dichos señalados y poniendo en ellos con la ymaginación algunas señales y ymágines que nos acuerden de las cosas que se han de tractar, para hablar de ellas, o han tratado, para las referir. Como si el que huviesse de hablar en navegación en la primera parte, y en el segundo lugar huviesse de hablar de alguna batalla o guerra, y en el tercero de tractar de religión o religiosos, este tal, con la ymaginación, en el primero lugar que tuviese conocido, ymaginaría y pornía una nave que fuesse a todas velas; y, en el segundo lugar, señalaría un hombre peleando con otro; y en el tercero, un religioso vestido de ábitos de religión. Después, llegando al primero, se representaría con la ymaginación la nave y se acordaría que avía de hablar de navegación; y, en el segundo, los hombres peleando le traerían a la memoria la materia de guerra o batalla; y el religioso, en el tercero lugar, le acordaría que avía de hablar de estado de religión. Y por esta manera para otros muchos propósitos, guardando la orden por muchos lugares, se pueden poner muchas ymágines (Pedro Mexía, Silva de varia lección (1551), III, 8; Madrid, Cátedra, 1990, pp. 58-59. Ed. de A. Castro).

Lo esencial es la traducción a imágenes de cualquier enunciado o acción. Pudiera parecer que la traducción de acciones, que ya son de por sí representables como imágenes, serían las imágenes que representan la acción misma. Sin embargo, no es así. Eso sería propio de la "memoria natural", es decir, de los mecanismos habituales del recuerdo. Para eso basta con tener una buena memoria y no es necesario elaborar una mnemotecnia. Las imágenes que reproducen los hechos mismos se pierden en el olvido como se pierden los hechos mismos. Es necesario traducirlos a otro tipo de imágenes, ya que se necesitan imágenes que causen un impacto mayor. Es decir, como bien señala Eco, una mnemotecnia es una semántica connotativa. O, lo que se vendría a ser lo mismo, se basa en un sistema de construcción de metáforas. La memoria natural archiva lo que ve: las imágenes de la realidad; la memoria artificial "crea" imágenes que representan metafóricamente:


Suele ocurrir que las imágenes una veces son fuertes, agudas y adecuadas para estimular la memoria. Otras veces son flojas y débiles de tal forma que a duras penas pueden despertar recuerdos; ahora debemos considerar la causa de estas diferencias, para que conocida la causa podamos saber qué imágenes evitar y cuáles buscar. (XXII) Así pues, la misma naturaleza enseña qué es lo que conviene hacer: pues si en la vida diaria vemos algunas cosas poco importantes, ordinarias y banales, no solemos recordarlas, puesto que el espíritu no se siente conmovido por ninguna cosa nueva y maravillosa.; pero si vemos u oímos algo excepcionalmente torpe u honesto, inusitado, grande, increíble o risible, acostumbramos a recordarlo largo tiempo. Así, las cosas que tenemos de forma inmediata ante nuestros ojos o las que oímos, generalmente, las olvidamos; las cosas que sucedieron en nuestra infancia las recordamos con frecuencia estupendamente; y este hecho no tiene otra explicación si no es porque las cosas usuales fácilmente escapan a la memoria, las cosas señaladas y nuevas permanecen largo tiempo en el espíritu. El nacimiento del sol, su recorrido, su ocaso, nadie lo admira porque se da cada día. Pero uno admira los eclipses de sol porque suceden raras veces; y los eclipses de sol se admiran más que los de luna porque éstos son más frecuentes. Enseña pues la naturaleza que una cosa vulgar y corriente no conmueve, en cambio, la novedad y un determinado objeto sobresaliente sí conmueven. En consecuencia el arte debe imitar a la naturaleza y debe seguir lo que ella indica y debe encontrar lo que ella pide.[...] Así pues, nos convendrá escoger imágenes entre las que puedan fijarse largo tiempo en la memoria. Esto se cumple si establecemos unas semejanzas lo más marcadas posible; si no colocamos ni muchas imágenes, ni vagas, sino que representen alguna actividad; si les atribuimos una belleza excepcional o una fealdad única; si algunas las adornamos, por ejemplo con coronas o con un vestido de púrpura, para que la semejanza sea más marcada para nosotros, o si las afeamos de alguna forma, por ejemplo, si alguna la traemos ensangrentada, manchada con cieno, o cubierta de rojo, para que su forma sea más señalada, o si atribuimos a las imágenes algún efecto cómico, pues esto también hace que logremos recordar con más facilidad. Porque si recordamos fácilmente estas cosas cuando son verdaderas, no será difícil también recordarlas cuando son imaginarias y están cuidadosamente marcadas. Pero convendrá hacer lo siguiente: repasar varias veces con rapidez mentalmente todos los lugares escogidos inicialmente para refrescar las imágenes. (Retórica a Herenio, III-XXI, XXII)

Una vez comprendido el funcionamiento y las bases de las artes de la memoria podemos diferenciar cuatro momentos diferentes: a) la creación de un espacio mental sólido; b) la selección y traducción a imágenes de lo recordable; c) el desplazamiento para la recuperación de la información; y d) la traducción de los objetos encontrados a los contenidos que se quería recordar.

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