El largo pasado colonial, que se prolonga hasta la vida republicana y que sobrevive hasta nuestros días en la modalidad local de la tenencia de la tierra y en los criterios de diferenciación interétnica que los criollos hacen fluir desde su grupo hacia abajo, fue el principal obstáculo económico e ideológico para que Guatemala despegara hacia un capitalismo modernizador (que fue el sueño de Arbenz), y sigue siendo el obstáculo para que se integre en la globalización sin entregar los recursos naturales y la mano de obra barata que puede ofrecer a los proyectos económicos mundiales. La oligarquía criolla, compuesta de terratenientes de mentalidad feudalizante y de una casta empresarial de ideología neoliberal, no supera el criterio sectorialista del ejercicio político ni la percepción de sí misma como única posible "salvadora de la patria".
El Ejército, con su pasado represor, contrainsurgente y genocida, ha generado una casta de oficiales ligados al llamado "capital emergente" producido por el crimen organizado, y en muchas ocasiones colisiona con la oligarquía, aunque a menudo se alían compartiendo el poder. El Ejército como institución es uno de los principales espacios "educativos" para las masas indígenas, cuyos jóvenes son reclutados a la fuerza para el servicio militar y son instruidos en los criterios serviles de la "dialéctica del amo y el esclavo". Esta dialéctica implica la interiorización del autoritarismo como un valor positivo, en cuanto a respetar a quien nos premia o nos castiga si hacemos su voluntad. La obediencia servil, es pues, en este esquema, la antesala de la posibilidad de mandar arbitrariamente y castigar y premiar lealtades y deslealtades. Es en el Ejército en donde los reclutas indígenas aprenden los modales occidentalizados de los ladinos y los criollos, los criterios de belleza asociados con la cosmética que impulsa el Mercado y con las modas al uso. También, a hablar "correctamente" el castellano y a repetir de memoria pasajes de la historia del país según criterios de historiadores criollos que glorifican las gestas militares del siglo XIX y XX. Cuando los analistas internacionales se sorprenden de que el militar genocida Ríos Montt encuentre su mayor apoyo político en las masas indígenas de ex patrulleros civiles contrainsurgentes que fueron forzados a matar a su propia gente durante el conflicto armado, dejan de lado la consideración de la cultura del autoritarismo, que valora al padre castigador y premiador que exige lealtades incondicionales: una cultura que tiene sus antecedentes conformadores en las modalidades políticas, económicas y religiosas que adoptó la dominación española y criolla durante los siglos XVI al XX, y que se vio rubricada por la contrainsurgencia reciente. El éxito político de Ríos Montt entre los indígenas que padecieron sus tácticas de "tierra arrasada" se explica ideológicamente cuando se destaca este rasgo del pueblo guatemalteco y se lo analiza como un conglomerado con diferentes gradaciones de mentalidad servil, en cuyo horizonte de aspiraciones ocupa un lugar predominante la ambición de llegar a ser capataz para fundar el propio poder en la indefensión de los más débiles. El poder político en este país funciona según este principio, que es el que anima las mentalidades de las élites oligárquicas, las ambiciones de las capas medias y los sueños de las masas populares.
Un prolongado y sostenido esfuerzo educativo es necesario para cambiar mentalidades que, con semejante escuela histórica, no son capaces de entender y mucho menos de valorar y practicar la democracia en ninguna de sus variantes y niveles. Pero, obviamente, esta tarea educativa necesita formar parte de un proyecto económico que incorpore a las masas depauperadas de campesinos sin tierra y a las capas medias empobrecidas a los espacios de la producción, el salario y el consumo.