Autoritarismo e interculturalidad - La ilusión de la modernidad
Artículo creado por Mario Roberto Morales. Extraido de: http://www.lainsignia.org
16 de Septiembre de 2005
Ciencias sociales, Pensamiento y política
5 - La ilusión de la modernidad
El proceso de modernización política y económica de Guatemala empieza en 1944, con el movimiento cívico que derroca a Ubico y propicia las primeras elecciones libres que gana un prestigioso doctor en filosofía y profesor universitario, Juan José Arévalo. Esta gesta, conocida como la Revolución Democrática, se enmarca en el ciclo de revoluciones que a lo largo del siglo XX y con fines de modernización política y económica se realizaron en varios países latinoamericanos en la siguiente secuencia: México (1910), Guatemala (1944), Cuba (1959), Chile (1973) y Nicaragua (1979). Con excepción del caso de México, en donde los cambios fueron cooptados y domesticados por la élite criolla, los intentos de modernización del Estado (democracia) y de la economía (capitalismo nacionalista) fueron abortados por Estados Unidos en el marco de la Guerra Fría. El caso de Guatemala fue, como se sabe, particularmente dramático (Gleijeses, Cardoza).
En Guatemala, el período democrático duró diez años, de 1944 a 1954, cuando Estados Unidos, por medio de la CIA, perpetró un golpe de Estado mediante oficiales del Ejército y derrocó al segundo presidente de la revolución, Jacobo Arbenz, bajo el pretexto de que había comunistas en el Congreso de la República y que la Reforma Agraria era una medida socialista. En efecto, el Partido Comunista era legal en Guatemala y había diputados de ese partido en el Congreso. Nada extraño en la época. A esto hay que añadir que Arbenz no era comunista sino un ilustrado coronel nacionalista que intentaba, mediante el reparto de tierras ociosas (por las cuales pagó un precio justo a la United Fruit Company) a campesinos, crear las bases para una industrialización local y un mercado interno autosuficiente que permitiera desarrollar un capitalismo nacional menos dependiente de los intereses empresariales estadounidenses. Esta fue su mayor audacia y su pecado mortal. Lo que el derrocamiento de Arbenz probó fue que ya entonces era imposible pretender copiar el modelo capitalista estadounidense con fines soberanos y autónomos. Por el contrario, había que depender de él en los insostenibles términos de desventaja que conocemos. El caso de Arbenz también constituyó el primer ensayo de intervención estadounidense sin el despliegue de tropas propias (Schelsinger y Kinzer).
La libre organización obrera y campesina, así como el avance cultural y educativo del país en la época, hicieron de Guatemala la meca de políticos e intelectuales progresistas, entre los que se contó al médico argentino Ernesto Guevara, quien se asiló en la Embajada de México cuando el golpe de Estado contra Arbenz. La experiencia de Guevara en Guatemala fue determinante para el diseño del curso de la revolución cubana. El hecho de que en Cuba se desmantelara de entrada al ejército de Batista, se crearan en lo inmediato unas fuerzas armadas populares y se dejara en segundo término la redacción de una constitución política, fue una decisión directamente emanada de lo que Guevara había percibido como un error de la revolución guatemalteca y de sus inexpertos dirigentes, quienes se apresuraron a darse una constitución política dejando intacta la estructura del Ejército, de modo que cuando cundió entre ellos la frustración política y el terror, no tuvieron elementos concretos con qué resistir el embate contrarrevolucionario a pesar de que el pueblo estuvo dispuesto a defender la revolución y exigió las armas prometidas que jamás llegaron a sus manos.
Los regímenes militares contrarrevolucionarios reinstalaron los privilegios de los terratenientes criollos, truncando así el proceso de modernización capitalista y la democratización del Estado. De entonces para esta parte, los problemas políticos, sociales y económicos de Guatemala pueden remitirse a este hecho histórico, el cual se tornó en un hecho cultural traumático que repercutió en la autoestima ciudadana y en su pérdida de fe en las propias fuerza para forjar un futuro social que permitiera a la ciudadanía acceder al empleo, al salario y al consumo. De entonces para ahora, los militares han propiciado las bases de un ascenso económico para su gremio, el cual empezó con algunas prebendas que les dio Arbenz y siguió con un acelerado proceso de militarización del Estado -siempre en el marco de la Guerra Fría- y de capacitación contrainsurgente del Ejército por parte de Estados Unidos, ante el peligro inminente de las guerrillas de inspiración guevariana. De 1954 a 1960, los regímenes militares afianzaron el poder económico de los terratenientes criollos y el control del Estado por parte de coroneles y generales caracterizados por su mentalidad y métodos autoritaristas y represivos, alineados con el conservadurismo de un sector tradicionalista de la Iglesia católica y con los intereses y mandatos militares y corporativos de Washington.
Es de destacar que la política etnocultural de los dos gobiernos revolucionarios había consistido en un esfuerzo llamado "de integración" de la población indígena comunitaria -que remitía su identidad a la municipalidad, la cofradía y al derecho consuetudinario que las pautas coloniales y los sincretismos que la sobrevivencia de elementos culturales precolombinos había posibilitado- al mundo occidentalizado de los criollos y los ladinos. El indigenismo folclorizante fue la divisa de la política cultural de la revolución, que percibía a las comunidades indígenas como un lastre para la industrialización del agro si no se "modernizaba" su cultura. Con el derrocamiento de Arbenz, las comunidades indígenas se vieron de nuevo sin posibilidades de construir un futuro mejor. Las ligas campesinas y todas las formas de organización gremial y popular fueron deshechas, y el militarismo se constituyó en la única forma indiscutida de poder político.
En Guatemala, el período democrático duró diez años, de 1944 a 1954, cuando Estados Unidos, por medio de la CIA, perpetró un golpe de Estado mediante oficiales del Ejército y derrocó al segundo presidente de la revolución, Jacobo Arbenz, bajo el pretexto de que había comunistas en el Congreso de la República y que la Reforma Agraria era una medida socialista. En efecto, el Partido Comunista era legal en Guatemala y había diputados de ese partido en el Congreso. Nada extraño en la época. A esto hay que añadir que Arbenz no era comunista sino un ilustrado coronel nacionalista que intentaba, mediante el reparto de tierras ociosas (por las cuales pagó un precio justo a la United Fruit Company) a campesinos, crear las bases para una industrialización local y un mercado interno autosuficiente que permitiera desarrollar un capitalismo nacional menos dependiente de los intereses empresariales estadounidenses. Esta fue su mayor audacia y su pecado mortal. Lo que el derrocamiento de Arbenz probó fue que ya entonces era imposible pretender copiar el modelo capitalista estadounidense con fines soberanos y autónomos. Por el contrario, había que depender de él en los insostenibles términos de desventaja que conocemos. El caso de Arbenz también constituyó el primer ensayo de intervención estadounidense sin el despliegue de tropas propias (Schelsinger y Kinzer).
La libre organización obrera y campesina, así como el avance cultural y educativo del país en la época, hicieron de Guatemala la meca de políticos e intelectuales progresistas, entre los que se contó al médico argentino Ernesto Guevara, quien se asiló en la Embajada de México cuando el golpe de Estado contra Arbenz. La experiencia de Guevara en Guatemala fue determinante para el diseño del curso de la revolución cubana. El hecho de que en Cuba se desmantelara de entrada al ejército de Batista, se crearan en lo inmediato unas fuerzas armadas populares y se dejara en segundo término la redacción de una constitución política, fue una decisión directamente emanada de lo que Guevara había percibido como un error de la revolución guatemalteca y de sus inexpertos dirigentes, quienes se apresuraron a darse una constitución política dejando intacta la estructura del Ejército, de modo que cuando cundió entre ellos la frustración política y el terror, no tuvieron elementos concretos con qué resistir el embate contrarrevolucionario a pesar de que el pueblo estuvo dispuesto a defender la revolución y exigió las armas prometidas que jamás llegaron a sus manos.
Los regímenes militares contrarrevolucionarios reinstalaron los privilegios de los terratenientes criollos, truncando así el proceso de modernización capitalista y la democratización del Estado. De entonces para esta parte, los problemas políticos, sociales y económicos de Guatemala pueden remitirse a este hecho histórico, el cual se tornó en un hecho cultural traumático que repercutió en la autoestima ciudadana y en su pérdida de fe en las propias fuerza para forjar un futuro social que permitiera a la ciudadanía acceder al empleo, al salario y al consumo. De entonces para ahora, los militares han propiciado las bases de un ascenso económico para su gremio, el cual empezó con algunas prebendas que les dio Arbenz y siguió con un acelerado proceso de militarización del Estado -siempre en el marco de la Guerra Fría- y de capacitación contrainsurgente del Ejército por parte de Estados Unidos, ante el peligro inminente de las guerrillas de inspiración guevariana. De 1954 a 1960, los regímenes militares afianzaron el poder económico de los terratenientes criollos y el control del Estado por parte de coroneles y generales caracterizados por su mentalidad y métodos autoritaristas y represivos, alineados con el conservadurismo de un sector tradicionalista de la Iglesia católica y con los intereses y mandatos militares y corporativos de Washington.
Es de destacar que la política etnocultural de los dos gobiernos revolucionarios había consistido en un esfuerzo llamado "de integración" de la población indígena comunitaria -que remitía su identidad a la municipalidad, la cofradía y al derecho consuetudinario que las pautas coloniales y los sincretismos que la sobrevivencia de elementos culturales precolombinos había posibilitado- al mundo occidentalizado de los criollos y los ladinos. El indigenismo folclorizante fue la divisa de la política cultural de la revolución, que percibía a las comunidades indígenas como un lastre para la industrialización del agro si no se "modernizaba" su cultura. Con el derrocamiento de Arbenz, las comunidades indígenas se vieron de nuevo sin posibilidades de construir un futuro mejor. Las ligas campesinas y todas las formas de organización gremial y popular fueron deshechas, y el militarismo se constituyó en la única forma indiscutida de poder político.
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