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Autoritarismo e interculturalidad - La lucha guerrillera en la Guerra Fría

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Artículo creado por Mario Roberto Morales. Extraido de: http://www.lainsignia.org
16 de Septiembre de 2005
Ciencias socialesPensamiento y política

6 - La lucha guerrillera en la Guerra Fría

En 1960 gobernaba el país un senil general corrupto de nombre Miguel Idígoras Fuentes, quien había accedido al pedido de Estados Unidos de prestar el territorio guatemalteco para que pilotos mercenarios se entrenaran y lo usaran como base para invadir la Cuba castrista. Un puñado de oficiales del Ejército, entrenados en contrainsurgencia en academias estadounidenses, se rebelaron contra esta medida, que consideraron como una afrenta a la soberanía nacional y una deshonra para la institución armada, y propiciaron un golpe de Estado que fracasó. Idígoras entonces ofreció una amnistía a los alzados, muchos de los cuales se acogieron a ella, pero unos cuantos no lo hicieron y se refugiaron en las montañas del oriente del país y de Honduras, constituyéndose así en el primer núcleo guerrillero que iniciaría una lucha armada que habría de durar 36 años. Este alzamiento fracasado ocurrió el 13 de noviembre de 1960.

Para entonces, el Partido Comunista (llamado Partido Guatemalteco del Trabajo, PGT) funcionaba en la clandestinidad. Sus dirigentes lograron contactar en Honduras a los jefes militares del fallido alzamiento del 13 de noviembre -cuyos más destacados miembros eran Marco Antonio Yon Sosa y Luis Augusto Turcios Lima- y les proporcionaron algunos cuadros políticos y militantes del ala juvenil del partido (la Juventud Patriótica del Trabajo, JPT), entre quienes se contaba a César Montes, con lo que las guerrillas, llamadas Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre (MR-13), empezaron su accionar guerrillero en el oriente y en la ciudad, en 1962, bajo las banderas del socialismo y pronunciándose contra la oligarquía, el Ejército y el imperialismo. Los primeros guerrilleros guatemaltecos fueron pues una extraña mezcla de militares contrainsurgentes entrenados en Estados Unidos y comunistas estalinistas auspiciados por la Unión Soviética.

De 1962 a 1966, las guerrillas del MR-13 comandadas por Yon Sosa, y luego (debido a la primera de muchas escisiones posteriores) las de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR), comandadas por Luis Turcios Lima y César Montes, mantuvieron en jaque al Ejército y la policía en su lucha por el socialismo, ya abiertamente influida por Cuba. El foquismo guerrillero, sin embargo, pronto dio muestras de debilidad junto al juvenilismo indisciplinado de muchos de los imberbes guerrilleros, y Turcios Lima fue asesinado en 1966, aparentemente en una conspiración orquestada por la CIA a través de militantes traidores del PGT, partido con el que las FAR se habían distanciado en el marco de la polémica entre los partidarios de la lucha armada guerrillera y quienes abogaban por la lucha pacífica de masas como principal forma de lucha revolucionaria. Es decir, en el marco de la lucha ideológica entre los partidos comunistas burocratizados y los jóvenes guerrilleros inspirados tanto en el guevarismo y el fidelismo cubanos como en la exitosa lucha de los vietnamitas.

La muerte de Turcios Lima fue el principio del final del primer ciclo armado guerrillero guatemalteco. En 1968, la actividad rebelde había prácticamente terminado después de una campaña contrainsurgente en la que fueron asesinadas miles de personas en el oriente del país, y que fue lanzada desde la base militar de Zacapa por quien llegaría a ser presidente de la república en 1970: el entonces coronel (y posteriormente general) Carlos Arana Osorio. Termina así la etapa foquista del movimiento armado, y se inicia un proceso de enriquecimiento ilícito de la cúpula militar que, por medio de Arana, accede a grandes extensiones de tierras y entra de lleno en el negocio de las finanzas y otras inversiones, inaugurando una casta de nuevos ricos que se expande al amparo de la corrupción y la impunidad de la burocracia estatal y castrense (Morales, La ideología).

Un segundo ciclo armado empezó a principios de los años setenta, esta vez desde el occidente del país, en zonas de población indígena, impulsado por algunos cuadros guerrilleros que sobrevivieron a la primera etapa armada y quienes habían fundado dos nuevas organizaciones guerrilleras, además de las FAR y el PGT: el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) y la Organización del Pueblo en Armas (ORPA). Hubo organizaciones más pequeñas, como la surgida de una escisión producida por luchas ideológicas y de poder en el seno de la organización Regional de Occidente de las FAR (que después sería la ORPA), y que se llamó Movimiento Revolucionario del Pueblo Ixim (MRP-Ixim), la cual fue perseguida por la ORPA y el EGP, ocasionando con ello el asesinato de sus dirigentes por el Ejército.

La estrategia escogida esta vez no fue la del foquismo sino la de la guerra popular prolongada, inspirada en la lucha vietnamita, y contando para ello con la población indígena del altiplano noroccidental, que fue reclutada masivamente no gracias a los planteos marxistas-leninistas de los dirigentes guerrilleros ladinos, sino por obra de la labor catequizadora de una organización llamada Acción Católica, que profesaba los principios de la Teología de la Liberación y que contaba con un trabajo de base previo en las comunidades indígenas. Las hostilidades fueron iniciadas por un nucleo guerrillero ladino a principios de los años setenta en la región de Ixcán, el cual realizó "ajusticiamientos selectivos" de finqueros y comisionados militares, con el objetivo de provocar y atraer al Ejército al área escogida para empantanarlo en una guerra de desgaste de la que no pudiera salir sino en el largo plazo (Payeras).

A esta estrategia el Ejército respondió con capturas y torturas selectivas, y con una intensa labor de inteligencia e infiltración de las filas guerrilleras que lo llevó a diseñar una contraofensiva según el modelo seguido por el ejército estadounidense en Viet Nam, consistente en "quitarle el agua al pez", es decir, aniquilar la base civil de apoyo a las guerrillas (en este caso, las comunidades indígenas) e indoctrinar a los sobrevivientes en aldeas estratégicas o campos de concentración, que en Guatemala se llamaron "polos de desarrollo" (Black).

En enero de 1982 las organizaciones guerrilleras se coalicionan, por presiones de Cuba, en la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), y al mismo tiempo el Ejército lanza de lleno su ofensiva contrainsurgente, para lo cual perpetra un golpe de Estado contra el general en turno y pone a Efraín Ríos Montt en la jefatura de facto del Ejército y del Gobierno. En los siguientes meses ocurren reiteradas masacres de población civil indígena en el campo, y de estudiantes, profesionales universitarios y obreros en las ciudades, de modo que ya a mediados de ese mismo año las guerrillas estaban neutralizadas en sus posibilidades de lograr siquiera un equilibro de fuerzas con su enemigo. Para 1984, se calcula que la cauda de muertos oscilaba entre 100 y 200 mil. Los desplazados internos eran un millón, y los emigrados hacia México y otros países unos 250 mil. La gran mayoría comprendida en estas cifras era indígena.

Esta estrategia contrainsurgente se vio favorecida por un error estratégico de la guerrilla, el cual consta en los documentos de la época (Harnecker), consistente en que sus dirigentes dejaron inerme a la población civil cuando el Ejército realizaba sus incursiones punitivas de "tierra arrasada", y no la movilizaba ni la armaba ni le ofrecía vías de escape o formas de resistencia. Buena parte de la población indígena se sintió entonces traicionada por la guerrilla y, como estaba siendo perseguida por el Ejército, reaccionó en contra de la izquierda y de la religión católica (en su versión de la teología de la liberación), volcándose hacia el colaboracionismo con los militares y hacia las sectas fundamentalistas protestantes de Estados Unidos, cuyas iglesias -por intermediación de Ríos Montt- evangelizaron a los sobrevivientes de las masacres ofreciéndoles un culto alegre, musical y salpicado de catarsis de avivamiento, en el que se podía obtener rápidamente poder comunitario como pastor evangélico, todo lo cual contrastaba con el aburrido e incomprensible culto católico, cuyos sacerdotes-guerrilleros-profetas de la teología de la liberación aparecían ahora como mentirosos y traidores (Carmack, Guatemala: cosecha. Stoll, Between).

Tanto los testimonios indígenas de las víctimas de la "tierra arrasada" como las conclusiones de los informes de las comisiones de la verdad documentan la responsabilidad compartida por el Ejército y la guerrilla en lo referido a las masacres, a evidentes infiltraciones en las cúpulas dirigenciales de los grupos guerrrileros, y en relación a los extraños desenlaces finales del conflicto armado, el cual se prolongó artificialmente hasta 1996 (año en que, en circunstancias de una secretividad sospechosa, se firmó la paz) porque así convino a las partes en conflicto. Por un lado, el Ejército justificaba ayudas militares y presupuestos abultados mediante la admisión de la existencia de guerrillas izquierdistas en el país, aunque estuvieran neutralizadas militarmente desde 1982. Y por el otro, la URNG justificaba la solidaridad internacional de iglesias, gobiernos y organismos de financiamiento internacionales que creían en los falsos informes militares que elaboraba desde México, Costa Rica y Cuba, según los cuales la guerrilla estaba "ganando la guerra" en Guatemala (CEH. Stoll, Rigoberta. Morales, La articulación; Stoll-Menchú).
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