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Balance crítico del siglo XX histórico - Ocasos de siglo y de milenio histórico. Albores de un mundo nuevo

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Creative Commons Artículo de Carlos Antonio Aguirre Rojas - 15 de Septiembre de 2005
Temas Relacionados: HistoriaPensamiento y política
4. Ocasos de siglo y de milenio histórico. Albores de un mundo nuevo
«Periodos de este tipo, periodos de transición, ofrecen una ocasión especial para la reflexión: (...) los hombres ponen en cuestión gran parte del comportamiento de generaciones anteriores...»
Norbert Elías, El proceso de la civilización, 1939.-
Para los defensores de la tesis de un corto siglo XX, la caída del Muro de Berlín y el fin de los proyectos del socialismo realmente existente, es en ocasiones interpretada en el sentido de que una de sus posibles consecuencias principales sería la del fortalecimiento, quizá sólo coyuntural pero importante, del poderío de Estados Unidos y del unilateralismo claro en cuanto al diseño actual de la geopolítica mundial. Es decir, una situación en la que, a la espera de nuevas revoluciones sociales o de nuevas transformaciones radicales, el capitalismo actual parecería enseñorearse ampliamente por todo el planeta (19).

En cambio, para los defensores de un largo siglo XX, cuyo desarrollo estaría todavía en curso, esa fecha simbólica de 1989 sólo habría representado el colapso total del liberalismo y de su hegemonía ideológica mundial, lo que implica que los trece últimos años transcurridos sean más bien evaluados como la continuación de los dos procesos de decadencia iniciados desde 1968-73, procesos que acompasan el declive y el fin de la hegemonía mundial norteamericana, con el periodo terminal de vida del capitalismo como sistema histórico específico. Procesos que, entonces, se verían todavía agudizados y acrecentados con ese desmoronamiento de la ideología liberal, la que hasta antes de 1989, funcionaba como un cierto elemento de cohesión ideológica de ese mismo sistema capitalista mundial.

Dos evaluaciones muy diferentes de la última década recién vivida, que también llevan, lógicamente, a muy distintas evaluaciones de los agitados sucesos que hemos vivido en los últimos veinte meses, sucesos que, en tanto signos o señales de procesos y de realidades más profundos, pueden permitirnos también avizorar un poco los futuros previsibles que habremos de enfrentar en los próximos años y décadas por venir.

Entonces, cuando analizamos estos últimos trece años vividos, y también los sucesos más recientes, desde esa visión de un muy largo siglo XX que aquí hemos planteado, coincidiríamos mucho más con la tesis que ubica a estos años y a estos sucesos más recientes como manifestaciones de esa creciente e indetenible decadencia de Estados Unidos como potencia hegemónica mundial, y al mismo tiempo también como claras evidencias de esa crisis final del capitalismo en tanto que sistema histórico particular. Pero, a diferencia de los promotores de un siglo XX largo, y puesto que consideramos a las múltiples experiencias de la revolución rusa, china, vietnamita o cubana, como eslabones de la línea de progreso reales y genuinos de los movimientos anticapitalistas de los últimos ciento cincuenta años, pensamos que el corte de 1989-91 es también el de la crisis definitiva y el colapso general de las viejas izquierdas, reformistas y autoritarias, que vivieron durante décadas apoyándose en el falso mito de que el "socialismo realmente existente" si era un proyecto no capitalista, después de su etapa de vida inicial, y que divulgaron por todo el mundo, durante casi todo el siglo XX cronológico, una versión simplificada, manualesca y vulgar, del marxismo en particular y del pensamiento crítico en general.

Lo que nos permite entonces analizar, de una manera más profunda, los últimos años y los sucesos recientes. Y entonces, comprender que esa respuesta de Estados Unidos a la tragedia del 11 de septiembre, está dictada no por su gran fuerza y por su poderío como potencia única del sistema mundial, sino más bien por su creciente e indetenible debilidad, sumada a su también irreversible declive como poder hegemónico mundial. Pues lo que representan, tanto la absurda invasión a Afganistán, como el inmoral ataque en contra de Irak -realizado contra el pueblo afgano y contra el pueblo iraquí, bajo el pretexto de capturar a Osama Bin Laden y a Sadam Husein--, es en el fondo el fraudulento uso de la fuerza militar estadounidense dentro de la guerra económica en contra de Europa.

Porque desde hace treinta años, Estados Unidos ha estado perdiendo sistemáticamente la competencia económica, tanto con Europa occidental como con Japón, en los planos tecnológico, productivo, comercial y financiero, lo que ha hecho que hoy, en el año 2003, Estados Unidos no sea ya el líder en ninguno de esos cuatro ámbitos mencionados. Pero, dado que el único liderazgo que aún conserva es el liderazgo como primera potencia militar del mundo, entonces Estados Unidos está recurriendo, en Afganistán y sobre todo en Irak, a este poderío militar, el que utiliza como su última carta posible para tratar de revertir su derrota tecnológica, productiva, comercial y financiera en una eventual victoria futura (20).

Como un jugador tramposo, que al ir perdiendo mientras se respetan las reglas del juego, saca su pistola al final para tratar de quedarse con toda la apuesta, así Estados Unidos ha estado usando su fuerza militar para tratar de cambiar el rumbo general de esa competencia económica mundial con Europa occidental y con Japón. Pero, dado que el poder militar depende del poderío económico, y puesto que la economía norteamericana está también en un claro proceso de decadencia, entonces este uso fraudulento de la fuerza militar no puede triunfar en el mediano plazo en lo que corresponde a la competencia económica. Lo que quiere decir que, más allá de las apariencias inmediatas, Estados Unidos se derrumbará muy pronto como potencia hegemónica mundial, igual que le sucedió a Holanda a finales del siglo XVII y a Inglaterra en el último tercio del siglo XIX (21).

También desde esta óptica del muy largo siglo XX, resultan muy importantes hechos como la emergencia o el relanzamiento fuerte de varios nuevos movimientos sociales anticapitalistas, que han cobrado un protagonismo especial después de la caída del Muro de Berlín y del fin histórico de la Unión Soviética. Movimientos como el de los dignos indígenas rebeldes neozapatistas de México, o el de los 'Sin Tierra' brasileños, pero también como el movimiento de los piqueteros argentinos, y los de los indígenas ecuatorianos, bolivianos o peruanos entre otros. Nuevos o renovados movimientos anticapitalistas, que estando presentes un poco a todo lo largo y ancho del planeta, parecen sin embargo haber alcanzado un grado de presencia social y de desarrollo político más alto, dentro de los distintos espacios nacionales de nuestro semicontinente latinoamericano.

Concentración mucho mayor y mas intensa de varios de los más importantes movimientos anticapitalistas del mundo, dentro de las naciones y el espacio global de América Latina, que permite presagiar la tesis de que, en los lustros inmediatos por venir, nuestro semicontinente habrá de jugar un rol central y de primera importancia dentro de la transformación histórica global que terminará con el capitalismo, para sustituirlo con un nuevo sistema histórico, rol central derivado de esa especie de función que ahora parece detentar Latinoamérica, en tanto que frente de vanguardia principal del movimiento anticapitalista mundial. Lo que explica el hecho de que, tanto el Primer Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo, como también los dos grandes Foros Sociales Mundiales, hayan tenido lugar en países de América Latina, en México y en Brasil respectivamente (22).

Y si estos nuevos o renovados movimientos anticapitalistas son también el último eslabón de la larga cadena comenzada con las revoluciones de 1848, están entonces obligados a asumir las lecciones principales de la herencia de todos los ensayos y experiencias que los han precedido en el siglo y medio anterior. Y ello tanto respecto del tipo de movimiento anticapitalista que hoy hace falta construir, como también respecto del tipo de cambios radicales y de transformaciones globales que ahora sería necesario impulsar. Porque a diferencia de los movimientos impulsados por las viejas izquierdas verticales, reformistas y autoritarias, las nuevas izquierdas se presentan en cambio como movimientos plurales, abiertos, tolerantes y mucho más horizontales y flexibles en sus formas de organización y de decisión. Al mismo tiempo, y a tono con estos nuevos movimientos sociales, más incluyentes, más diversos y más plurales, van a multiplicarse y diversificarse también sus diferentes demandas y frentes de lucha, pasando a incorporar, junto a las esenciales reivindicaciones económicas y políticas de cambio social, también los problemas culturales, las cuestiones de género, los temas de la discriminación social y del racismo, los reclamos de los grupos ecologistas, la lucha por la gestión y el uso de los espacios sociales, la defensa de los derechos de las minorías de todo tipo, o el derecho a la diferencia en sus múltiples expresiones, entre muchos otros de los nuevos temas de la agenda de lucha de estos nuevos movimientos sociales anticapitalistas.

Simultáneamente, han cambiado también los modos de concebir los procesos de cambio social global que promueven e impulsan estos nuevos movimientos anticapitalistas, los que en vez de fomentar el cambio puramente político de sustituir a un pequeño grupo en el poder por otro, delegándole a este último todas las decisiones importantes, han comenzado a pelear en cambio por un involucramiento permanente de las masas en la toma de decisiones políticas, involucramiento que desarrolla distintas formas de la autogestión popular, en una lógica en la que las propias masas populares se vuelven no sólo el apoyo colectivo del movimiento, sino los propios constructores activos y permanentes de las nuevas formas y figuras del también nuevo sistema histórico con el que ellas intentarán sustituir al agonizante sistema capitalista actual.

Y si el capitalismo mundial de los últimos trece años, tiene como dos de sus líneas de evolución centrales a estas que hemos mencionado, la de la gestación de una familia de múltiples nuevas izquierdas modernas, inclusivas y mucho más radicales que las antiguas, y de otra parte la de la acelerada doble decadencia de la hegemonía de Estados Unidos y la del conjunto de las principales estructuras de esta misma sociedad burguesa capitalista, es pertinente entonces preguntarse acerca de cuál podría ser la naturaleza y el carácter del nuevo sistema histórico que, en las próximas décadas, terminará por sustituir a este capitalismo mundial. Y es claro que la respuesta a esta pregunta se encuentra más allá del final del muy largo siglo XX histórico, y del segundo milenio histórico que también concluye con ese siglo XX muy largo.

Pero esa respuesta sólo será el fruto de nuestra acción colectiva, de nuestra inteligencia social, y de nuestra voluntad y capacidad de construir, allende este capitalismo injusto, explotador, despótico y discriminador, una nueva sociedad más libre, más justa, más autogestiva y más racional en todos los sentidos. Confiemos en que con el nuevo siglo XXI histórico, y con el nuevo tercer milenio histórico, llegará también ese mundo nuevo y superior con el que soñaron y por el que pelearon tantas generaciones de hombres lúcidos, honestos, abnegados e inteligentes, que vivieron a lo largo de este muy largo siglo XX de la historia humana, que en unos pocos lustros habrá sin duda llegado ya a su fin.
Autor y licencia de 'Balance crítico del siglo XX histórico - Ocasos de siglo y de milenio histórico. Albores de un mundo nuevo'
Carlos Antonio Aguirre Rojas Extraído de: http://www.lainsignia.org

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