



(1 opiniones)
“ La naturaleza utópica de la acción cultural para la libertad es lo que la diferencia, por encima de todo, de la acción cultural para la dominación.” Esta pedagogía utópica está preñada de esperanza, pues ser utópico no sólo es ser idealista, es indispensable embestir la realidad desenmascarándola, en la denuncia está la anunciación de una nueva realidad como proyecto histórico. La acción cultural para la dominación tiene como objetivo la domesticación del individuo, nada tiene para anunciar, intentará que el futuro repita su presente, nunca podrá ser utópica, ni profética. No necesita la utopía. Pero nosotros sí precisamos la utopía. Precisamos instalarnos con nuestros adolescentes en los sueños colectivos, esos que el desánimo ha desdibujado, y desde allí intentar aprehender el significado más hondo de la utopía. Partir de aquella comarca idealizada por el pensador inglés More que acuñó ese extraño nombre.
Fernando Andacht en “El paisaje de los signos” refiriéndose a ‘Utopía’ dice que “Era el lugar que no era, el sitio de ninguna parte precisamente porque era parte del fantasma social, de un deseo colectivo de dar con todas las aspiraciones terrenas sin la finitud de la carne y su tristeza”. Moro, influido por Platón introduce las ideas de comunidad de bienes, de igualdad entre hombres y mujeres pero va más lejos, elimina las clases, las castas sociales. Cervantes abandona el plano de la palabra, de la intelectualidad, para mostrar desde la literatura que la utopía, no tiene que situarse en el vacío de lo inalcanzable, que el pensamiento utópico no se aniquila a sí mismo.
Desde la dominación se nos ha dicho que la perfección es irrealizable, que una sociedad perfecta anularía las revoluciones, los cambios, el progreso. Sabemos que esa comarca puede abandonar el horizonte, acercándose, si es pensada y construida por cada uno de nosotros, fundándose en la virtud, si el poder, ese ‘malo encantador’, solo oficia al igual que con Sancho como purgador de nuestros afanes materiales.
|