Bases biológicas de la violencia - ALGUNAS CONSIDERACIONES HISTÓRICAS
Artículo creado por Ángel Ponce de León. Extraido de: http://www.editorial-na.com/articulos/articulo.asp?art=12
17 de Mayo de 2005
Psicología, Agresividad
1 - ALGUNAS CONSIDERACIONES HISTÓRICAS
Las pasiones, responsables finales de los actos desenfrenados, han sido localizadas desde siempre en las vísceras. El corazón con preferencia a las demás, pero también el bazo, el hígado, el páncreas, han participado de este curioso privilegio de posesión.
La etnia Dgom, ubicada en la costa occidental de África, concibe el bazo como sede de las emociones reprimidas; el páncreas es el asentamiento del arte adivinatorio, de las intuiciones y de las premoniciones y el hígado es el reposo de las alegrías y el humor. La palabra recorre estos caminos hasta el cerebro, cargándose de imágenes mentales y sentimientos al pasar por las clavículas y asoma por la boca.
La primera interpretación con visos de ciencia que aparece en la historia de la cultura occidental es la de Aristóteles. Para el Estagirita el corazón es el asiento de las pasiones, siendo el cerebro su refrigerador. La víscera cardiaca calienta la sangre y las imágenes mentales. Es curioso cómo se atisbaban las funcionalidades del cerebro hoy aceptadas por la comunidad científica.
Para Descartes es la glándula pineal la sede de la emoción, glándula que repica al ser sacudida por los estados espirituales animaloides, que a su vez entran en movimiento con mayor o menor celeridad cuando su poseedor se halla dominado por un afecto intenso.
Para la ciencia de los siglos XVIII y XIX la vida psíquica queda confinada en el sistema nervioso, y en especial, en esa fina capa de células que es la corteza cerebral. La Frenología sitúa toda la vida emocional en la arquitectura cerebral; sin embargo, las investigaciones sobre la localización de las funciones cerebrales hechas por neurocirujanos afirman que la corteza cerebral es asiento de aptitudes generales y no específicas, pues se pueden estimular y anular mediante impulsos eléctricos todas las zonas de la corteza sin que el sujeto experimente la menor emoción o cambio apreciable en su estado de ánimo.
Se concluye pues que la vida emocional debe tener asiento anatómico en zonas profundas del cerebro. Así, Cannon la localiza en el tálamo, pero pronto Papez debilita esa teoría formulando la suya propia describiendo el llamado circuito que lleva su nombre, en el que están implicadas estructuras límbicas.
En palabras de Breuer, si la psicología ha sido considerada como la geografía de la superficie espiritual, el psicoanálisis es psicología de la profundidad. Es el intento de los no biólogos de aproximarse a la captura de los elementos patógenos que afectan al alma, pues no basta con la mera comprensión del fenómeno psíquico, y en especial del fenómeno de la conducta violenta, sino que hay que explicar, de-mostrar, en la medida de lo posible, el qué y el cómo de la perversión.
En el crimen, culmen de las conductas violentas, hay factores determinantes, condicionantes, endógenos y exógenos, hereditarios, congénitos y adquiridos.
Basset emitió la teoría de la diencefalosis criminógena, en sintonía con los resultados de las experiencias que imputan a la región basal hipotalámica, en conexión con áreas prefrontales, las acciones amorales o criminales.
Pero los resultados más concluyentes, hasta mediados los años setenta, proceden de las experiencias de los neurofisiólogos. Bard estudia en gatos descerebrados pero con los núcleos hipotalámicos llamados núcleos rojos intactos un singular aspecto emotivo que llamó Shamrage; consistía en un estado de cólera difusa, ciega, implacable. Sugería que al faltar el control, la modulación cortical, el estallido de la emoción se hacía evidente.
El español Rodríguez Delgado, primero en Zürich y luego en Yale, es un pionero de estas investigaciones, coetáneo de un ilustre fisiólogo en la Facultad de Medicina de Madrid, el doctor Gallego, profesor que fue nuestro en los años setenta.
La etnia Dgom, ubicada en la costa occidental de África, concibe el bazo como sede de las emociones reprimidas; el páncreas es el asentamiento del arte adivinatorio, de las intuiciones y de las premoniciones y el hígado es el reposo de las alegrías y el humor. La palabra recorre estos caminos hasta el cerebro, cargándose de imágenes mentales y sentimientos al pasar por las clavículas y asoma por la boca.
La primera interpretación con visos de ciencia que aparece en la historia de la cultura occidental es la de Aristóteles. Para el Estagirita el corazón es el asiento de las pasiones, siendo el cerebro su refrigerador. La víscera cardiaca calienta la sangre y las imágenes mentales. Es curioso cómo se atisbaban las funcionalidades del cerebro hoy aceptadas por la comunidad científica.
Para Descartes es la glándula pineal la sede de la emoción, glándula que repica al ser sacudida por los estados espirituales animaloides, que a su vez entran en movimiento con mayor o menor celeridad cuando su poseedor se halla dominado por un afecto intenso.
Para la ciencia de los siglos XVIII y XIX la vida psíquica queda confinada en el sistema nervioso, y en especial, en esa fina capa de células que es la corteza cerebral. La Frenología sitúa toda la vida emocional en la arquitectura cerebral; sin embargo, las investigaciones sobre la localización de las funciones cerebrales hechas por neurocirujanos afirman que la corteza cerebral es asiento de aptitudes generales y no específicas, pues se pueden estimular y anular mediante impulsos eléctricos todas las zonas de la corteza sin que el sujeto experimente la menor emoción o cambio apreciable en su estado de ánimo.
Se concluye pues que la vida emocional debe tener asiento anatómico en zonas profundas del cerebro. Así, Cannon la localiza en el tálamo, pero pronto Papez debilita esa teoría formulando la suya propia describiendo el llamado circuito que lleva su nombre, en el que están implicadas estructuras límbicas.
En palabras de Breuer, si la psicología ha sido considerada como la geografía de la superficie espiritual, el psicoanálisis es psicología de la profundidad. Es el intento de los no biólogos de aproximarse a la captura de los elementos patógenos que afectan al alma, pues no basta con la mera comprensión del fenómeno psíquico, y en especial del fenómeno de la conducta violenta, sino que hay que explicar, de-mostrar, en la medida de lo posible, el qué y el cómo de la perversión.
En el crimen, culmen de las conductas violentas, hay factores determinantes, condicionantes, endógenos y exógenos, hereditarios, congénitos y adquiridos.
Basset emitió la teoría de la diencefalosis criminógena, en sintonía con los resultados de las experiencias que imputan a la región basal hipotalámica, en conexión con áreas prefrontales, las acciones amorales o criminales.
Pero los resultados más concluyentes, hasta mediados los años setenta, proceden de las experiencias de los neurofisiólogos. Bard estudia en gatos descerebrados pero con los núcleos hipotalámicos llamados núcleos rojos intactos un singular aspecto emotivo que llamó Shamrage; consistía en un estado de cólera difusa, ciega, implacable. Sugería que al faltar el control, la modulación cortical, el estallido de la emoción se hacía evidente.
El español Rodríguez Delgado, primero en Zürich y luego en Yale, es un pionero de estas investigaciones, coetáneo de un ilustre fisiólogo en la Facultad de Medicina de Madrid, el doctor Gallego, profesor que fue nuestro en los años setenta.
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