A nivel temático el carácter posmodernista de Freeway se fundamenta en la caracterización invertida de sus dos personajes principales, Vanessa y Bob Wolverton, como base de una visión poco conformista de la realidad social. Vanessa es la heroína de la historia que lucha contra todos los obstáculos a pesar de encontrarse virtualmente sola en el mundo y sin ninguna de las atribuciones sociales que la convertirían en una triunfadora dentro del prototipo clásico del cine comercial contemporáneo: es pobre, es semi-analfabeta y es también una delincuente. En vez de caracterizar a su protagonista como perteneciente a una minoría étnica, Matthew Bright ha apostado por convertirla en una representante de la llamada white trash o basura blanca, la clase baja blanca que malvive con trabajos sin cualificación y que la única casa que puede aspirar a comprar es una caravana. De esta forma el elemento étnico se elimina para plantear el conflicto entre Vanessa y Wolverton únicamente en términos de clase social y sexualidad. Vanessa es mujer frente a la masculinidad de Wolverton, es pobre frente a su riqueza y es semi-analfabeta frente a su cultura, como se manifiesta en los gramaticalmente inconexos diálogos de ella y en las elaboradas réplicas de él. Sin embargo, también es buena frente a su maldad. Ni la policía ni los medios de comunicación creen a Vanessa cuando afirma que Wolverton es el asesino de la I-5 porque es mucho más fácil creer que ella es un peligro para la sociedad que él, un guardián del orden social como psicólogo infantil, sea realmente un asesino. Es este orden de cosas lo que la obliga a tener que acabar con su vida: Wolverton está protegido frente al sistema. Desde luego el conflicto de clases no un tópico habitual en el cine comercial norteamericano y cuando es planteado nunca lo es de una forma tan radical como en Freeway, una denuncia de la desigualdad social en la que no se salvan tampoco las instituciones de la familia, la policía, el sistema judicial, los medios de comunicación y los educadores. Catherine Orenstein ha destacado lo subversivo de que sea precisamente un psicólogo infantil el villano de la historia cuando los más influyentes análisis sobre cuentos de hadas que han surgido en los últimos tiempos en los estudios folkloristas han sido los acercamientos psicoanalíticos que han considerado este tipo de relatos como lugares seguros en los que los niños pueden expresar sus miedos e inseguridades [17]. El reverso de esa idea es que precisamente la psicología infantil puede ser una herramienta poderosa para manipular las mentes más débiles, el conocimiento aplicado a la explotación y no la liberación, otra idea oposicional del posmodernismo.
El elemento étnico, aunque no funciona dentro del núcleo del conflicto entre Vanessa y Wolverton, también forma parte de la película. Es cierto que Wolverton sabe que el tono de su piel le ayuda a mantener la apariencia de respetabilidad, aunque para Vanessa es un elemento que carece de importancia. Su novio Chopper es negro y si quisiera también podría unirse al grupo latino de Mesquita. Sin embargo, la etnicidad sí es algo que afecta a cómo los demás la ven a ella. El agente Breer, que es negro, la estereotipa cuando le dice que al ser su madre prostituta ella está condenada a ser igualmente una. Breer la ha categorizado como “basura blanca” y no le da el beneficio de la duda hasta que posteriormente descubre la existencia de Chopper y eso cuestiona cómo había juzgado a Vanessa hasta entonces. Sin embargo, Freeway es esencialmente un relato feminista y por ello Vanessa no es en ningún caso una víctima que necesita la ayuda de los demás, como bien ejemplifican sus ayudantes. Por un lado, está Chopper Wood, cuyo nombre (literalmente Cortador de Madera) es una referencia a los leñadores que en la versión del relato de los hermanos Grimm liberaban a la indefensa y devorada Caperucita. En este caso Chopper le da a Vanessa su pistola y es ésta la que debe decidir si la quiere utilizar o no, aunque irónicamente ese acto generoso le impide poder defenderse cuando es atacado por miembros de una banda rival. Sus otros dos ayudantes, los agentes Breer y Wallace, acaban al final creyéndola, desenmascaran la doble vida de Wolverton (cuyo nombre es asimismo una referencia a lobo, wolf) y corren en su ayuda al parque de caravanas. Sin embargo, cuando llegan allí Vanessa ya ha acabado con su enemigo, por lo que, con su actuación o sin ella, Wolverton no hubiera vuelto a matar. Pero en ningún caso Vanessa es un prototipo de heroína, ni siquiera del nuevo tipo de mujer independiente y poderosa popularizada en los años noventa gracias a series de televisión feministas como Xena, la princesa guerrera (Sindicación, 1995-2001), Nikita (USA Network, 1997-2001) o Buffy, cazavampiros (WB, 1997-2001; UPN, 2001-03). Vanessa no tiene grandes aspiraciones ni pretende erigirse en defensora de nada. Mata a Wolverton porque es atacada primero en las dos ocasiones, de la misma forma que le pega sendas palizas al agente Breer cuando insinúa que está determinada a ser una prostituta por genética y a Mesquita cuando pretende reafirmar su poder en el centro de detención ejerciéndolo sobre ella. Tampoco tiene problemas en atacar a los guardias para huir del centro de detención y sólo se convierte en vengadora al encerrar en el maletero al cliente que pretendía que le hiciera una felación sin tener dinero para pagarle. Incluso muestra ser extremadamente cruel cuando en la aparición ante el tribunal que va a juzgarla comienza a insultar y humillar al desfigurado Wolverton de todas las maneras posibles. El carácter contradictorio de esta heroína que sólo desea que el mundo la deje en paz se muestra cuando decide matar a Wolverton en su primer encuentro, con el espectador puesto ante el dilema de aprobar su ejecución o confiar en el sistema. Finalmente Vanessa decide acabar con su vida y en una situación cuanto menos sorprendente recurre a la religión y le da la oportunidad de depositar su fe en Jesucristo. A pesar del efecto cómico buscado, la fe de Vanessa es auténtica y después de consumar el hecho reza al lado de lo que cree que es el cadáver de Wolverton. La presencia de la religión en este contexto no es en realidad extraña, porque en las ejecuciones siempre existen sacerdotes para consolar a la víctima y a menudo para sancionar la propia aplicación del castigo, un concepto decididamente judeo-cristiano. El reverso de Vanessa es la esposa de Wolverton, Mimi, que a través de la caracterización de la actriz Brooke Shields es bella, elegante y muy sofisticada. En una adaptación convencional de un cuento de hadas ella podría encarnar fácilmente a la princesa, tanto por su elitismo como por su sumisión, de igual forma que Wolverton, un profesional joven y blanco, podría ser un príncipe. Cuando Mimi finalmente empuña un arma no la utiliza para defenderse como Vanessa, sino para huir de una situación desagradable suicidándose después de descubrir la cara oculta de su marido. El colofón al cuento de hadas posmodernista es su irónico final. Vanessa no está mucho mejor que antes: sin padres, sin novio, sin abuela y con su destino más que probable en un centro de detención de menores por su violenta fuga anterior. Aunque, heroína a su pesar, nunca se ha dejado victimizar ni por Wolverton ni por el paternalismo del resto de la sociedad.