Carácter hermenéutico del texto literario - Particularidad de los textos literarios
3 - Particularidad de los textos literarios
Para el autor los textos literarios poseen una especie de exigencia al ofrecerse a la lectura. Pero no es una exigencia que indique la forma como deban ser leídos, es más bien una “aparición” de la palabra cuyo significado propio es también el del texto, y cuya pronunciación es también la de su razón de ser. Es complejo descifrar esa impronta de la obra literaria. Se trata de una pretensión viva en el texto, no de la recapitulación de lo que pensó el autor al escribirlo. Quizás habría que entender esto desde un punto de vista preligüístico, es decir, la palabra puesta en el texto literario no remite simplemente a sí misma como utilizada para la representación de algo, se trata de una especie de primera expresión o primer uso del término, de donde, lo que se quiere comprender está situado antes de cualquier palabra que pretenda expresarlo. Este presupuesto sirve de base a la descripción de Gadamer: “...hay un fenómeno que se llama literatura: textos que no desaparecen, sino que se ofrecen a la comprensión con una pretensión normativa y preceden a toda posible lectura nueva del texto”6.
Esta definición deja denotar una especie de “comportamiento” de los textos literarios, pero no queda tan claro por qué tienen que ser de ese modo o qué es lo que les da esa particularidad. La respuesta de Gadamer gira en torno a una ubicación inteligible de los textos mismos. Una situación que no tiene que ver con los momentos históricos del escritor y el lector, es, como se ha dicho, un lugar prelingüístico, o incluso, un lugar pre-comprensivo: «mi tesis es que están presente únicamente en el acto de regresión a ellos. [...] Palabras que sólo “existen” retrayéndose a sí mismas, que realizan el verdadero sentido de los textos desde sí mismos, hablando...»7.
Pero es un “hablando” que no tiene palabras previas a lo hablado en el momento en que se hace uso de las mismas:
“El texto literario es justamente un texto en un grado especial porque no remite a un acto lingüístico originario, sino que prescribe por su parte todas las representaciones y actos lingüísticos [...] exige que se haga presente su figura lingüística y no sólo que se cumpla su función comunicativa. No basta con leerlo, es preciso oírlo, siquiera con el oído interior”8.
Esta presencia de la figura lingüística del texto es –según nuestra lectura– la actitud precomprensiva en la que las palabras hacen acto de presencia como expresión precisa que responde a la armonía de sentido, que es a su vez la que ha requerido una figura lingüística. En el texto literario las palabras “se autopresentan en su realidad sonora”9, la cual, junto con el discurso (que brota de las palabras) está unida a la comunicación de sentido. De todo esto podemos percibir que la particularidad de la obra literaria está orientada hacia el mantenimiento de un discurso que sigue de algún modo un sentido previo a él, de donde hablar (o escribir) es la realización de tal sentido, desde lo que se dice, desde la palabra misma, y no la representación de una idea central en la que el discurso es un medio.
En la tesis de Gadamer las palabras del texto literario hablan y conforman un sentido que justifica la continuidad del discurso, es decir, logran desde sí mismas, o mejor, son ellas mismas, desde y más allá de su significado, el verdadero sentido del texto. De donde la distinción entre sentido y figura se funda en un proceso dialéctico.
Sentido y figura
“Nace una peculiar tensión entre el sentido del discurso y la autopresentación de su figura”10. Esta tensión es producida por la importancia que tiene la “autoaparición” de cada palabra”11, en la que la palabra misma suena según una melodía que invita a seguirla. De aquí que cada palabra sea algo con una significación propia que al ser pronunciada conforma una unidad de sentido.
De este modo, la aparición de la palabra hace resonar connotaciones de sentido por significar ellas lo que designan. Pero paradójicamente la palabra no es buscada por su significado, sino por dar paso a la expresión de lo que se requiere para que en ese preciso momento –en el que es pronunciada– continúe manteniéndose la percepción de un sentido o lógica –de la atención a algo que continúa. De aquí que la figura del texto no sea otra cosa que la palabra que se autopresenta para expresar algo –que no es precisamente su significado. Esto se justifica en el hecho de que si pronunciamos una palabra que en sí significa algo pero no sostiene un sentido, inmediatamente se disloca la actitud comprensiva que mantiene vivo todo proceso de comunicación.
Cada palabra pronunciada en el texto literario inicia, por tanto, un nuevo lenguaje de sentido mayor que el común de su uso. Por esto, las figuras (palabras) no son realmente escogidas. Cada figura es la única o mejor posible en beneficio de sí, que en ese momento es el “en sí” de un sentido, es decir, palabra y sentido se identifican en el texto literario como secuencia comprensiva:
“El lenguaje y la escritura se mantienen siempre en una referencia recíproca. No son, sino que significan, incluso cuando lo significado sólo existe en la palabra manifestada. El discurso poético sólo se hace efectivo en el acto de hablar o de leer; es decir, no existe si no es comprendido”12.
Que el discurso poético –que representa aquí la literatura– no exista sino para ser comprendido, constituye la gran implicación hermenéutica que une teoría de la comprensión con lo que existe para ser comprendido. Es decir, hermenéutica y literatura están unidas por la acción de comprender. Tal parece que hemos llegado a un punto en el que habría que admitir que la hermenéutica, como teoría de la comprensión, encuentra su mejor modo de realización en el ejercicio de la lectura de los textos literarios; y que los textos literarios sólo existen por y para una actividad hermenéutica. Es plausible el modo como Gadamer llega a esta conclusión no escasa de complejidad, pero tampoco de conexiones lógicas, las cuales intentaremos describir a continuación.
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