



El capítulo IV de Evaristo Carriego (1930) comienza como una glosa o ratificación de "Hombre de la esquina rosada":
Mil novecientos doce. Hacia los muchos corralones de la calle Cerviño o hacia los cañaverales y huecos del Maldonado zona dejada con galpones de cinc, llamados diversamente salones, donde flameaba el tango, a diez centavos la pieza y la compañera se trenzaba todavía el orilleraje y alguna cara de varón quedaba historiada, o amanecía con desdén un compadrito muerto con una puñalada humana en el vientre.
Un poco más adelante dice:
Ya la gimnasia interesaba más que la muerte: los chicos ignoraban el visteo por atender al football, rebautizado por desidia vernácula el foba.
Dos observaciones. 1) Al igual que en las palabras puestas en boca de Rosendo Juárez, está la antinomia visteo/fútbol; hacia 1900 triunfaba el primero; hacia 1912, el segundo. 2) Borges reconoce, entonces, que, cuando él tenía trece años, ya el fútbol se había popularizado entre todas las clases sociales.
Ahora es oportuno recordar las celebérrimas palabras del "Prólogo" que, en 1955, agregó a la edición de Evaristo Carriego:
Yo creí, durante años, haberme criado en un suburbio de Buenos Aires, un suburbio de calles aventuradas y de ocasos visibles. Lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses. Palermo del cuchillo y de la guitarra andaba (me aseguran) por las esquinas [].
Ahora, pues, gracias a la información aportada, estamos en condiciones de afirmar que, en aquellos años, el Palermo del cuchillo y de la guitarra no andaba solitario por las esquinas: lo acompañaba el Palermo del fútbol y de las multitudes entusiastas.
|