El procedimiento para la elección del candidato a guardar la virginidad de María fue por demás curioso. El sacerdote convocó a los varones de la tribu de Judá que no tuvieran esposa a que acudieran con una vara en la mano, pues, una vez colocadas en la parte más secreta del templo, de la que saliera una paloma volando sería la señal del elegido. La vara de José, que era pequeña, había quedado descartada, quizá por despiste del buen sacerdote. Un ángel tuvo que avisarle que incluyera precisamente aquella varita en el conjunto, pues de allí iba a salir la paloma augural, como efectivamente sucedió; y ante la sorpresa de todos, el carpintero José fue el destinado a guardar a la mística virgen.
José tenía su taller en Cafarnaún y allí estuvo trabajando una buena temporada, hasta que, cuando volvía a Nazaret, se encontró con la desagradable sorpresa de que la niña que le había sido confiada estaba embarazada. Es comprensible el disgusto y la vergüenza que le produjo saber la noticia y que no se creyera la versión que le daban todos de que nadie la había tocado y que sólo podía haber sido un ángel, con el que conversaba muy a menudo. Tuvo que ser el referido ángel el que se le apareciese en sueños y le tranquilizase, garantizándole que la criatura que esperaba su joven esposa era obra del Espíritu Santo. Lo difícil fue convencer a los sacerdotes, que no aceptaron aquellas versiones y sometieron a José y a María a una curiosa prueba: debían beber el agua sagrada y dar siete vueltas alrededor del altar y si no se producía ninguna señal visible en sus rostros era indicio de que no mentían. Así lo hicieron, con lo que al final quedó probada la inocencia tanto de la santa virgen como del buen carpintero.