Aquellos primeros tiempos de la infancia de Jesús fueron bastante ajetreados, no sólo porque continuamente se producían prodigios y curaciones milagrosas, apariciones de ángeles y sueños premonitorios, sino porque sus padres se vieron en la necesidad de trasladarse a Egipto, ante el peligro que representaba un Herodes furioso porque pensaba que los magos caldeos le habían engañado. Esta huida, que se produjo, según los textos apócrifos, cuando habían pasado dos años del Nacimiento, es uno de los episodios más sugerentes y llenos de prodigios.
Lo más duro fue la travesía del desierto, donde habitaban dragones y fieras hambrientas que, al ver al Niño, se inclinaban al paso de la comitiva divina y algunos hasta se incorporaban al séquito, haciendo de guías por aquellas extensiones. Pero la sed y el calor eran terribles, por lo cual, a los tres días de marcha por las ardientes arenas, María pidió que se detuvieran a descansar a la sombra de unas palmeras. No tenían agua y las palmeras estaban cargadas de frutos. La madre deseó comer de ellos y el Niño, con solo un pensamiento, hizo que se inclinase el esbelto árbol, proporcionándoles lo que no se especifica si eran dátiles o cocos. Para aliviar la sed de sus padres hizo brotar de las raíces una fuente que manaba agua fresca y dulce.
Pero Herodes, el malvado y celoso rey que temía perder su trono por el advenimiento del Mesías, había enviado sus veloces guardias a perseguirlos y una vez más, las piadosas palmeras del desierto sirvieron para ocultar a los fugitivos, formando una pantalla con sus ramas, con lo cual los guardias pasaron de largo y no los vieron.
Los cantares populares de la Navidad han recogido otro milagro, ocurrido cuando la Sagrada Familia regresaba desde Egipto a Galilea. Esta vez es el Niño el que pide a su madre de beber, y en esto llegan a un naranjal que estaba custodiado por un ciego. La madre le pide algunas naranjas para saciar la sed de su hijo:
«- Coja usted, buena señora,
coja usted, buena mujer,
y en cogiendo para el Niño,
coja las que quiera usted.
La Virgen, como era Virgen,
no cogía más que tres,
el Niño, como era Niño,
todas las quiere coger;
cuantas el niño cogía
volvían a florecer».
En premio a su generosidad, el ciego recibe de la Virgen un pañuelo para que limpie sus ojos, y al hacerlo, se ve curado de su ceguera.
La hermosa historia de los milagros de Jesús no había hecho más que empezar. Pero al principio, cuando no era más que un niño, bastante travieso por cierto, los prodigios formaban parte de sus juegos: les rompía los cántaros a los niños cuando iban a por agua al pozo, pero luego sentía compasión ante sus lloros y se los recomponía al instante, o hacía que los árboles se inclinasen para que sus amigos se pudieran subir a hacer de las suyas; otras veces hacía que se movieran los muñecos de barro que modelaban entre todos. En otra ocasión, su madre le mandó a por agua con un cántaro, pero tropezó y se le rompió la vasija, ante lo cual, Jesús recogió el agua con su pañuelo y así se la entregó a su madre.