1 - Analisis de Las buenas conciencias (I)

Artículo creado por Maria Aparecida da Silva. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/bintenc.html
16 de Septiembre de 2006

Por su tendencia realista, opuesta al tono alucinante (lingüístico y temático) de Los días enmascarados y La región más transparente, la novela Las buenas conciencias1 (1959) sigue siendo un inesperado anacronismo en el conjunto de narrativas ficcionales de Carlos Fuentes, a pesar de la reiterada explicación de los motivos que llevaron al autor a imitar el estilo de Benito Pérez Galdós: “Yo no puedo hablar de la misma manera de la cultura recoleta, católica, provinciana de Guanajuato, que de otra marcada por el por-art, el consumo y los medios de información.”2

Acostumbrados a la desordenada confluencia de tiempos y espacios característica de sus primeros relatos -parte del proceso definido por Fuentes como ficcionalización total-, público y crítica se sorprendieron de la linealidad impuesta al texto como plasmación de un mundo interiorano que sólo puede expresarse “en estas formas muy siglo XIX” (Harss & Dohmann, p. 365). Además, Fuentes había ya identificado en la prosa galdosiana la anticipación de algunas de las técnicas practicadas por los nuevos narradores hispanoamericanos, como, por ejemplo, la intratextualidad, visto que en los relatos del escritor español se repiten con frecuencia episodios y personajes de sus obras precedentes. Esto significa, como advirtió Torrente Ballester (1969, p. 427), que a las figuras concebidas por Pérez Galdós no les rige una ley particular, en una especie de astronomía interior, sino una ley que les impone el autor desde afuera, transformado éste, en fin, en testigo que persigue a sus propios personajes, examinando y apuntando los datos de la realidad. Al igual que Pérez Galdós, Fuentes buscó conferir a Las buenas conciencias la misma dimensión social que se forja en la profunda relación de los personajes con su tiempo. También la minucia en la presentación ambiental contribuye para la manifestación de la personalidad espiritual de los caracteres, que adquieren “individualidad concreta a través de un gesto, de una pasión, de un vicio o de un dolor.” (Torrente Ballester, p. 83)

En Las buenas conciencias, sin embargo, las convergencias y divergencias de estilo equivalen. Al contrario de Pérez Galdós, bastante influenciado por el naturalismo y el cientificismo finiseculares, Fuentes refrena la tendencia al agotamiento descriptivo, alcanzando así la síntesis y la intuición de lo esencial, por lo general ausentes, según los críticos, de las obras del escritor español. En Pérez Galdós, una sutil ironía, que encuentra en el uso del lenguaje popular una de sus más ricas expresiones, ameniza el tono de indignación que asume el narrador al tratar de ciertas deformaciones de los hábitos y de las pasiones humanas, el amor entre ellas, visto más bien como perversión que como sentimiento. Fuentes buscó imprimir en Las buenas conciencias este mismo tono irónico cuando, siguiendo el ejemplo del escritor realista, satiriza el determinismo que parece condicionar la vida de la gran mayoría de sus personajes, casi siempre nacidos en fechas no muy gloriosas para la historia nacional. Pero reflejando la influencia de los esquemas narrativos de sus dos primeros libros, en los que predomina, como en Rulfo, el estilo confesional, Fuentes no exime al narrador en tercera persona de una complicidad con relación al destino de los protagonistas, recreando así la tensión derivada de la confrontación entre la tentativa de distanciamiento crítico y la necesidad de participación en la angustiante búsqueda de la verdad personal dentro de un anquilosado orden social. Tanto para Pérez Galdós como para Fuentes, el gran centro de interés narrativo es la evolución de la pequeña burguesía, en tanto que elemento actuante y transformador dentro de un determinado período de la Historia nacional. Sin embargo, la Guanajuato de Fuentes poco tiene que ver con el bullicioso mundo de transición madrileño captado por Pérez Galdós. En Las buenas conciencias, la pequeña ciudad de antaño aparece, en verdad, como que salida de las páginas del realista José María Pereda o del modernista Jacinto Benavente, cuyas obras retratan la cristalización de la vida provinciana, “donde lo inalterable y lo inmóvil se han convertido en lo bueno” y donde inmediatamente “se juzga malo todo lo que vive, lo que se mueve no porque viva o se mueva, sino porque amenaza conmover y destruir las formas de vida respetadas.” (Torrente Ballester, p. 86)

El gran mérito del autor mexicano fue saber adaptar la especialísima doble concepción galdosiana de un inconsciente individual y un inconsciente colectivo, la cual, imbuida de un “cervantismo de fondo”3, refleja a través de nuevo prisma el eterno conflicto entre la dinámica de la fantasía personal y el marasmo de valores y normas sociales que (pre)moldan la realidad. Se comprende así el porqué de la dedicatoria dirigida a Luis Buñuel -“gran destructor de conciencias tranquilas”-, bien como la función mediadora de los epígrafes, citas de las obras de Søren Kierkegaard y Emmanuel Mounier, que prenuncian la crisis del individualismo y la condena al fracaso como temas nodales del relato.4

En una Guanajuato que es para México lo que Flandes representa para Europa (“el cogollo, la esencia de un estilo, la casticidad exacta”) y cuyos habitantes son “mochos laicos” capaces “de servir a la iglesia más oportuna” desde que ésta les pueda garantizar “la mejor administración práctica de la ‘voluntad general’ teórica” (LBC, p. 14-5), se delinea un conflicto irresoluble desencadenado en la figura del joven protagonista Jaime Ceballos, el mismo personaje que, ya entonces en edad adulta, abogado y novio de Betina Régules, frecuenta los meetings nocturnos de La región más transparente y que vuelve a actuar, ya casado, en las extravagantes fiestas promovidas por Artemio Cruz. Un doble y contradictorio movimiento de rechazo y protección exagerada marca, como un estigma, la presencia de Jaime en el clan de los Ceballos, la pobre familia de inmigrantes madrileños que hacia 1852 logra instalar en la ciudad su tienda de “paños”. Habiendo ambos patriarcas Higino y Pepe curiosamente fallecido en fatídicas fechas (el primero, el día en que Maximiliano pisa tierras veracruzanas; el segundo, el día del asesinato del revolucionario Aquiles Serdán, el más notable dirigente maderista), pasa a las manos del marido de la heredera Asunción Ceballos -el guachupín5 Barcácel del Moral- la responsabilidad de preservar el status alcanzado por la familia a lo largo de los años, no sin algunos estorbos y buena dosis de ilegalidad como, por ejemplo, la compra, bajo la protección del régimen porfirista, de grandes extensiones de tierra usurpadas de los labriegos, por lo general indios sin títulos de propiedad. El niño vendría a nacer bajo el signo de una orfandad camuflada: angustiada e impotente ante la fuerza opresora de los valores de la burguesía provinciana, Adelina abandona al marido; Rodolfo mantiene, a su vez, una proximidad desobligada que señala el abandono simbólico del hijo, cuya educación deposita ciegamente en las manos de los tíos (y tambiém padrinos) del niño. Con el traslado definitivo de Asunción y Barcácel a la casa de Jardín Morelos, se inicia la invasión física y psíquica del restricto mundo de Jaime, moldeado por “interesada devoción” y una “normatividad farisaica”.

Diferentemente de Pérez Galdós, Fuentes no centra el punto de interés de la obra en la infancia del protagonista, época considerada por el escritor español como una edad de inocencia y redención, lo que justifica la muerte prematura de algunos de sus más importantes personajes, en general niños enfermos y débiles6. Para poder expresar en Las buenas conciencias la confrontación entre la formación de una identidad individual y la acción unificadora y alienante de los valores católico-burgueses, Fuentes nos presenta a un Jaime Ceballos en plena adolescencia, dividido entre la obediencia y la rebeldía al enterarse de la existencia de otra realidad, que se le revela en el desconcertador descubrimiento del propio cuerpo y de la sexualidad. En esa especie de fase fálica, como sin duda la denominaría Freud7, el joven comienza a interrogarse acerca de la legitimidad de los valores que le había impuesto la autoridad patriarcal del tío, para quien, según su concepción maniqueísta del mundo, buenos eran todos aquellos que pensaban como él. Con Barcácel, Jaime aprende desde luego que debe venerar la tradición y el buen nombre de los Ceballos, “paradigma de caballeros... de gente decente”, y que “la familia y la religión son los tesoros del hombre” (LBC, p. 41). Pero también muy temprano percibe la hipocresía que, en la práctica, anula la intención edificante de esos preceptos morales. Pasa a odiar este apellido, en cuya raíz cebar parece identificar el destino que le han reservado.

A los trece años enfrenta su primer crisis de identidad, que se manifiesta de forma sugestiva durante los tres días de la Semana Santa. En el viernes de la Pasión, entre las festividades que animan la Procesión del Señor, representación clásica de la reconciliación de las partes y del todo (Bossy, 1990, p. 91), Jaime ve y siente algo distinto al contemplar la imagen del gran Cristo Negro mexicano -“el cuerpo sangrante, los ojos de metal ciego, el greñero de espinas [...] el Cristo lo miraba a él” (LBC, p. 52)-8 que le hace sentirse, por primera vez, como el verdadero protagonista de la historia de su propia vida. El realismo del Cristo Negro intensifica su creencia en el efectivo carácter ritual y, por lo tanto, regenerador del sacrificio que esa imagen representa, tan contrario a la monótona y ya mecánica repetición de los ritos cuaresmales y cotidianos tradicionalmente cumplidos, con imperturbable rigidez, por la familia Ceballos. Durante la frugal cena de aquella noche, se dibuja ante sus ojos la primera manifestación simbólica de una serie de motivos recurrentes, los cuales, de ahí en adelante, indicarán el progresivo cambio de sus actitudes respecto a la realidad que le cerca: en el centro de la luminaria del comedor piensa vislumbrar el cuerpo dilacerado del Cristo Negro y, por primera vez, sueña con una muerte de terror en la cual la sensación de seguridad y confort es bruscamente suprimida con la irrupción de una figura ajena9: “Era un muerto con dolor y sangre. Un muerto espantoso que entre las manos claveteadas portaba una ofrenda misteriosa, indefinible en el sueño. La figura se agrandaba entre rugidos; aplastaba a los muertos conocidos.” (LBC, p. 55)

El Sábado de Gloria despierta la esperanza de una efectiva transformación. Pasado el período de desolación y tristeza simbolizado en los funéreos paños morados que encubrían las imágenes amigas de los santos, inaccesibles, así, a los pedidos de ayuda y consuelo (Bossy, p. 67), la vida renace para el adolescente. Mas para Jaime este simbolismo religioso no es meramente expresión de una experiencia mística, pues parece contener la promesa de una nueva revelación, tan concreta como la fruición de las insospechadas y placenteras sensaciones que sólo ahora consigue percibir. Erotizados en la excitación imaginativa de Jaime, objetos y acciones se manifiestan como símbolos fálicos que dan forma palpable a esta nueva comprensión de la realidad: el rumor del agua “tibia y ferrosa” al atingirle las axilas durante el baño; el contacto inesperado con esos hombros y rodillas rígidos, diferentes, como si los huesos ya no integraran el cuerpo “acostumbrado”, sino el cuerpo “de otro”; la alegría de la luz consumiendo el erecto cirio pascual, que al sacrificarse ilumina, desprendiendo barbas aplastadas “con segura lentitud”, bajo la exclamación jubilosa del Exultet, mientras la voz de Asunción repite a su lado: “... y en la resurrección de la carne, amén” (LBC, p. 58).

Como genuina parusía10, el Domingo de Pascua le anuncia la llegada de otro mundo: el cotidiano de los “rostros mestizos, de cuero asoleado y profundos surcos faciales”, mundo éste luego reconocido e incorporado por los ávidos sentidos del joven: “[...] de regreso de la misa, sale al portón de la casa con una naranja en la mano y se sienta sobre la solera. Extiende los pies hacia las baldosas calientes. Chupa el jugo tibio de la fruta y ve pasar las personas y los oficios. [...] El muchacho quiere tocar y apresar los colores; [...]” (LBC, p. 62-3). Jaime busca retener, como la mirada del Cristo, ese presente cambiante y pleno que le arranca de la inmovilidad impuesta por un pasado ajeno. En la antigua caballeriza, el recuerdo de los fantasiosos flashes con los cuales su padre había reconstituido los gloriosos días de la ciudad se confunde con el rancio del lugar: olor de sudor, de excremento, de calor de sexo de caballo, animal que también aquí se asocia, como en La región más transparente, al erotismo. Jaime conduce los animales “imaginados que tiran de la carroza inválida”, recuerdo de sus antepasados, y se deja invadir por la fiesta de imágenes y sensaciones de aquella otra realidad recién descubierta, justificativa palpable para la efusión de vida que, allí abajo, en su propio cuerpo, le impulsa y domina:

Y las manos apretadas de Jaime [...] pueden tocar, con la respiración llena y los ojos perdidos en el tumulto de los colores, los muñones de los baldados, la cera derretida de las veladoras, las nalgas levantadas de la placera, las tetas recién nacidas de las muchachas: el mundo que nace pronto, vive pronto, muere pronto. Suelta las riendas, mete la mano por la bragueta y acaricia el vello que apareció hace unos días. [...] No sabe cómo pronunciar las palabras de amor a toda esa vida fluyente y rica que ha visto durante la mañana [...]. Piensa sólo que todo se ha ido ya. [...] Y que él lo ama todo, lo quiere todo, para tocarlo y regarlo sobre su piel y mamar los zumos de cada cuerpo frutal. (LBC, p. 64-5)

La fugacidad de la fruición gozada en su placer solitario infunde en el joven un sentimiento de pérdida (“el mundo entero huyó entre sus ojos y sus dedos”) haciéndole recurrir al único cuerpo “inmóvil y amoroso” conocido que le espera, “retorcido y negro”, clavado en la cruz nudosa. Éste es, sin duda, uno de los mejores pasajes de la obra, en la que el autor consigue expresar magistralmente, de forma compacta e incisiva, la atmósfera a la vez tierna y cómica que envuelve la visita de Jaime a la imagen del gran Cristo Negro mexicano. Delante de la figura barroca de laca brillante, el miedo de Jaime da lugar a un “amor inexplicable”, idéntico al que “le estremece al recordar el mundo vivo de la mañana o el cirio consumido del Sábado de Gloria”. Atormentado por su naciente sensualidad, se reconoce una vez más en la imagen dilacerada, identificación ya sugerida en las mismas iniciales JC de Jaime Ceballos y Jesus Christos:

Una comenzón que nunca había sentido le asciende desde la parte más tibia de la ingle y le desciende desde la gravedad ansiosa del plexo. Abraza los pies crucificados. [...]

[...] Cuando la nueva y primera alegría ha pasado, Jaime levanta los ojos hacia la figura y no sabe si el cuerpo del Cristo es el suyo, y si él de Jaime Ceballos se extiende sobre la cruz. (LBC, p. 66)

Asegurándose “del silencio y lejanía del altar”, en la intimidad de ese contacto casi pecaminoso, casi prohibido, Jaime obra, él mismo, la revelación final. Con una actitud extremada, levanta el “faldón rojo, bordado de pedrería” que se mantiene tieso entre el vientre y los muslos de la imagen, buscando allí la respuesta para sus anhelos. Descubre, sin embargo, que la reproducción natural termina en las rodillas cubiertas: “El resto es una cruz de palo que sostiene el torso herido y los brazos abiertos” (LBC, p. 67). Al Cristo Negro le falta precisamente lo que Jaime ansía por encontrar: el cuerpo y el sexo, centros eróticos vitales condenados y finalmente suprimidos por los dogmas católicos, además de disfrazados por la moral burguesa11. Deshaciéndose de esta forma el único vínculo sensible entre ambos, el joven Ceballos está definitivamente a merced del solitario destino que le conduce a la edad adulta y a la individualidad.

Un encuentro imprevisto vendría a completar este agónico proceso de transformación. En la tarde del mismo Domingo de Pascua, Jaime se sorprende al tropezar, en la caballeriza, con una figura desconocida, notada al principio a través del brusco contacto físico y del olor de la transpiración, un olor nuevo, diferente. Ezequiel Zuno, el minero sindicalista perseguido por la policía, conquista la confianza del joven, que decide ayudarle a refugiarse por una noche en la casa de Jardín Morelos. Con su mirada franca y sus palabras confiantes y enérgicas, Zuno logra despertar en Jaime una nueva perspectiva de la realidad: el sentido de la libertad, sensación todavía no disfrutada por el joven Ceballos, quien, tullido en su pequeño mundo, se cree como las mariposas de tía Asunción, hincadas (al igual que el Cristo Negro) con alfileres dentro de una caja, “manía adolescente, ahora olvidada”. Entre las imágenes recurrentes que se proyectan a todo instante en la mente agitada de Jaime, Ezequiel Zuno pasa a ocupar el primer plano, más radiante y promisor que el cirio pascual, encendido tan sólo para consumirse; mucho más cercano que el Cristo Nego y “no mudo como la imagen crucificada”. Siente que ahora las cosas del mundo “se fijan, no escapan más a su mano”, reunidas por el vigor físico y moral de esa figura catalizadora.

La Semana Santa termina y con ella se cierra, insoluble, el primer ciclo de vida de Jaime. El supuesto carácter sagrado de esa fiesta no vence al frustrante cotidiano, en el cual imperan los actos profanos de la ideología dominante, cuya más cruel ilustración se manifiesta en la escena de la captura del minero Zuno. El joven Ceballos se aflige al presenciar casualmente la marcha del reo cautivo. Ocupando un breve bloque narrativo, este pasaje de la obra guarda analogías con los Pasos de la Pasión, transformados en realidad presente y concreta, vivida por un ser próximo y palpable: los soldados que conducen al hombre con las manos atadas; la mirada fija de Zuno sobre el empedrado; el sudor que le cubre la frente y las espaldas; los rayos de sombra proyectados por las bayonetas sobre su rostro. Mas, aquí, es Jaime y no Zuno quien se desploma: “[...] corría hacia atrás dando la cara al piquete. Descendió abruptamente la calleja. Perdió pie y los hombres pasaron a su lado” (LBC, p. 78). La inútil tentativa de declarar al amigo su inocencia se convierte en culpa asumida, sentimiento negativo que persiste aún cuando Jaime finalmente descubre, años después, que Barcácel fue, de hecho, el delator.

Es la inserción de un elemento nuevo en su cotidiano lo que le permite a Jaime luchar secretamente contra la realidad sofocante: la Literatura. Entre las páginas de su primer libro, la Biblia -que había pedido a los tíos al completar los catorce años de edad, y que se le regalaron no sin resistencia: “Barcácel pensó que leer las Escrituras directamente era cosa de protestantes” (LBC, p. 83)-, surgen dudas fomentadas por palabras oídas en su casa pero que sólo ahora adquieren sentido. Situaciones desconocidas se le presentan en imágenes vivas, estremeciendo su aparente tranquilidad y haciéndole pensar “en algo que comenzó a llamar ‘problemas’, semejantes, pero más difíciles que los del álgebra” (LBC, p. 83-4). En las líneas de ese gran libro ilustrado de tapas azules, Jaime encuentra un mundo de sorpresas y revelaciones análogo al palpitante universo callejero de aquella iluminada mañana del Sábado de Gloria. Una vez más, es la caballeriza polvorienta, escenario de los juegos infantiles, el espacio privilegiado de fruición sensual que vuelve a cobijar, como antaño, las nuevas sensaciones, ahora geminadas al calor de las “lecturas afiebradas, repetidas hasta que las palabras se grabaran en la memoria” (LBC, p. 83). Por intermedio del texto bíblico, Jaime abandona su actitud meramente contemplativa, pasando a asumir, poco a poco, una postura más reflexiva. Repetidas ahora en el mismo lugar antes ocupado por Ezequiel Zuno, las palabras de un Cristo humano y auténtico se confunden con la historia de la lucha del minero: “Yo he venido a arrojar el fuego sobre la tierra [...]. Porque en adelante se dividirán las casas: se dividirán el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre...” (LBC, p. 84). La escisión anunciada en la parábola comienza a cumplirse efectivamente cuando, durante el rosario de las siete, Jaime “lucha con palabras distintas” que se oponen con nitidez al sonsonete del rezo y a las reminiscencias de otros discursos pronunciados, en familia, en el convivio diario.

2 opiniones

las buenas conciencias

quiciera el analisis literarioo
Las buenas conciencias.

Creo que fue el mejor libro que ha escrito por que habla de lo importante que era antes el nivel social.

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