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Progresivamente minada por el poder autoritario de quienes se encargan de su formación, la voluntad propia de Jaime se encamina a la rendición fatal. Como los murciélagos de Goya, el discurso del padre Lanzagorta -“Te prohibo pensar en un cuerpo desnudo. Te prohibo pensar en una mujer. Te prohibo pensar en los placeres de tu propio cuerpo.” (LBC, p. 87)- ronda la mente del joven, haciéndole caer en honda postración cada nuevo “amanecer gris”, cuando “empapado de su amor solitario yace boca abajo y cierra con todas sus fuerzas los ojos adoloridos.” (LBC, p. 99) Al crecer su desesperación, se da cuenta de la inutilidad de reproducir, ahora, una situación de víctima tan abastracta como la que había inocentemente asumido, años antes, delante del Cristo Negro mexicano: “La vergüenza le sube desde las plantas de los pies. Siente el cuerpo como una arena negra. Se incorpora y después se hinca y abre los brazos en cruz. Pero las palabras no le salen, y su dramática postura acaba por parecerle ridícula.” (LBC, p. 99)
Al identificar en Asunción la figura de una mujer deseable y no solamente una figura materna de cuyo contacto le habían privado desde su nacimiento (pasa a llamarla “tía” en vez de “mamá”), el joven Ceballos simboliza nueva versión del complejo de Edipo, caracterizada por el mismo juego de ambivalencia entre el amor y el odio (Ricoeur, 1986, p. 308). Uno de los acontecimientos que contribuyen para la transformación de este conflicto es, sin duda, el momento en que Jaime finalmente descubre a su madre -la “Fina”- entre las prostitutas del bar frecuentado en compañía de Juan Manuel. Tras la revelación de las recientes verdades (sobre la expulsión de Adelina de la familia y la prisión de Ezequiel Zuno), Jaime aún logra enfrentarse con la ira de Barcácel. Sin embargo, prontamente las imágenes de la madre y del minero amigo, bien como el eco de las “palabras de las personas solas y humilladas” convierten la agresión al tío en “gestos grotescos de una pantomima”. Permitiéndonos una vez más entrever las analogías intertextuales que le aproximan de otros personajes literarios, Jaime pasa a actuar movido por la creencia del Nazarín19 de Pérez Galdós: asume el sacrificio como instrumento de redención de los pecados de la sociedad que busca combatir, decidido a transformar en acción concreta lo que antes había concebido tan sólo como un ideal de nobleza.
Abriendo el séptimo capítulo, la escena de flagelación de Jaime evoca de forma mórbida20 algunos episodios bíblicos referentes a Jesús: la tentación en el desierto (Lucas, 4:15) y la oración en el Getsemaní (Lucas, 22:39s), en los que se manifiesta la conciencia tanto de la fragilidad de la carne como de la árdua misión a cumplir; o, aún, la presentación a Pilatos y la condena a la muerte (Mateo, 26-27). Jaime parece creer que la flagelación -ese rito de transfiguración hiperbólica de los preceptos morales católicos tan drásticamente arraigado a las prácticas religiosas de la formación clerical- al convertirse en sacrificio le permitirá encarnar por completo el mismo papel de víctima expiatoria de los pecados humanos asumido por el Cristo histórico y justiciero:
Levanta el brazo. Ezequiel vuelve a ser conducido con las manos atadas, por las calles. Adelina vuelve a levantar, en el tendajón, su vaso de cerveza; y hace caer sobre las espaldas el látigo de espinas; [...] Una espina agura se clava bajo la tetilla: al arrancar el látigo trenzado, siente que el gancho le levanta la carne. [...] Toca la sangre espesa y cae de rodillas entre los matorrales. [...] las espinas manchadas caen de nuevo sobre las heridas abiertas. [...] Un abrojo se clava secamente en el sexo y el muchacho grita por primera vez. El cuerpo cae de boca; los brazos cuelgan hacia la pendiente de la tierra. (LBC, p. 134-35)
[...] porque lo malo no puede quedar sin castigo; porque alguien tiene que echarse encima lo que los demás no quieren [...]. (LBC, p. 136)
En respuesta a las acusaciones de Jaime, de que la Iglesia es el lugar adonde van los tíos y todos los demás para sentirse buena gente una vez a la semana, el padre Obregón busca inculcarle la creencia de que la Iglesia sigue siendo “el cuerpo de Cristo en la tierra”. Valiéndose de palabras que repiten la argumentación de fundamento tomista presente en el Primer Sueño, de Sóror Juana Inés de la Cruz, Obregón condena el carácter pretensioso y narcisista de Jaime en su intento de imitar la humillación de Jesús:
Piensa que tus pecados no son sino pecados de tu edad. Sólo pueden ser pecados del amor que empieza a buscarse y a encontrarse a sí mismo. [...] Somos mortales y débiles, y sólo podemos cumplir con los deberes cotidianos de nuestra condición. [...] Lo sublime está muy lejos de nuestras fuerzas. Contentémonos. (LBC, p. 149-50)
En el claroscuro de la iglesia, el encuentro de Jaime con su confesor revive el mismo tono conciliador entre individuo y mundo reconocible en muchas de las composiciones de Sóror Juana, especialmente las de cuño filosófico-moral, en las que ciertas dicotomías barrocas -carne/espírito, amor profano/amor sagrado- se diluyen ante una opción consciente: el fortalecimiento interior (el perfeccionamiento del intelecto) a través del conocimiento (tanto humano como divino) y no del placer. Con la sangre de Jaime en sus manos, renovada alusión al agónico encuentro de los mundos del rojo y del negro, Obregón comprende, en fin, el sentido de las palabras del adolescente. La inesperada reacción del sacerdote, que se postra delante de Jaime en posición de fervoroso culto, contraría de forma paradójica los principios expuestos anteriormente durante la desesperanzada prédica dirigida al joven: “[...] corrió detrás de él, se hincó a sus pies y, levantando la cara, exclamó: -¡Ruega por mí!” (LBC, p. 153).
Estos acontecimientos recientes, de los cuales Jaime sale una vez más profundamente transformado, concurren al cierre de todo un nuevo ciclo. Jaime asiste a la destrucción de su creencia en la abnegación individual como fuerza capaz de regenerar la sociedad, y ni el dramático -aunque dubitable- reconocimiento del padre Obregón consigue restiruirle la dignidad. Totalmente vano, su suplicio se asemeja ahora a una versión deturpada del necio castigo que su fracasado héroe Julian Sorel inflige a si mismo al inmovilizar el brazo derecho junto al pecho por dos meses, sólo porque, descuidado, elogiara a Napoleón eufóricamente durante la cena de padres en la casa de Chélan. Siguiendo la interpretación tendenciosa de la enseñanza cristiana presente en el discurso de Obregón, es decir, servir a Dios “a la manera humana y de acuerdo con el tiempo” a la espera de que algún día pudiera servirle “a la manera divina y de acuerdo con la eternidad” (LBC, p. 152), Jaime se rinde al imperioso dominio de las circunstancias. Cumpliendo el destino común a la mayoría de los personajes de Fuentes, no se da cuenta de que sus nuevas actitudes le marcarán por toda la vida, porque todo había sido “tan diferente de lo que había pensado”:
Los teoremas complejos del amor y el pecado, de la caída y la salvación, que había trazado en su mente. Y esta sencillez plana, vulgar, de los hechos reales: fornicar, conformarse, morir. Se dijo que era un muchachito ridículo. [...] El niño tonto se imaginaba que la vida se detenía a cada instante como para celebrarse a sí misma y otorgar a cada acto un valor final. Y no era así, corría, no se detenía jamás; hoy arrojaba en los brazos rápidos de una prostituta, mañana apresaba a un hombre entre dos gendarmes, otro día se emborrachaba en una cantina, al siguiente se escrurría dentro de un féretro. [...] (LBC, p. 183)
Desacralizada por el tiránico carpe diem barroco impuesto por el mundo en que vive, la percepción del tiempo se transforma, para Jaime, en desenfrenada cronología de hechos banales y desprovistos de sentido. Concluye que para consolarle del fracaso le restan el apoyo de los tíos y la garantía de la vida que le preparan como legado de sus antepasados: “Me someto al orden, para no caer en la desesperación. Perdón, Ezequiel; perdón, Adelina; perdón Juan Manuel”. (LBC, p. 190). Jaime sella finalmente esta especie de pacto al mantener su primer relación sexual con la prostituta favorita de su padre, materialización de la imagen materna en la cual se funden Adelina y Asunción. En el burdel, el adolescente tropezaría aún con el tío, “sin zapatos, sin saco, con grandes manchas de sudor debajo de las axilas y un gorrito de crepé sobre la cabeza rala” (LBC, p. 175) y decide guardar el secreto de este encuentro como un triunfo para el futuro. Comprende, entonces, el sentido de la vida que acaba de aceptar: “Los Pepe Mateos, los Jorge Barcácel tenían razón: aquí se viene a rellenar el tiempo que casualmente nos regalaron con palabras rápidas y acciones ligeras.” (LBC, p. 183)
Con un carácter notoriamente ritual, el sacrificio del gato gris de Asunción (cuyos “ojos cerrados traducían una satisfacción ciega en el roce y el cariño” y junto a los cuales Jaime había descubierto la otra faz de Guanajuato) actualiza el martirio de Jesus Christos-Jaime Ceballos al simbolizar la destrucción final de los sueños de juventud y de toda posibilidad de auténtico placer:
Como el Domingo de Pascua, se sentó en la solera y dejó que el gato se arrimara, caliente y sensual a sus piernas. [...]
[...] tomó la piedra que atrancaba el portón, la levantó y la dejó caer sobre el cráneo de la bestia. El maullido seco del gato, sus ojos redondos y plateados abiertos con luces de azoro y súplica, rasgaron por un segundo el ojo y el oído de Jaime: con la planta del pie, sofocó el estertor del animal [...] La mirada de Jaime; la sangre de Jaime. [...]
Lo importante era esconder esa carroña [...] (LBC, p. 184-85)
Transfigurado, el cuerpo del animal reproduce tanto la imagen del Cristo Negro como la de Jaime después de la flagelación: el pelo revuelto y ensangrentado, la misma mirada metálica fijada en el espacio, indefinida. La carroña en que se transforma el cuerpo del gato se confunde con la imagen del cuerpo de Jaime lacerado y rodeado por zopilotes, los cuales, según mitos aztecas, cumplián la función de mantener limpia la tierra para los dioses (como Tlazol en Por boca de los dioses, de Los días enmascarados). Jaime quiere limpiar los vestigios no propiamente de su crímen, sino de su pecado, simbolizado ahora en la ideseable sensualidad del felino.
Tras la despedida de Juan Manuel, trabajador sindicalizado y decidido a aceptar el empleo de ferroviario en la capital, Jaime camina por los callejones de Guanajuato pensando que en el mundo donde vivía Cristo habitaba las buenas conciencias, pertenecía a los hombres de bien, a la gente decente, a las buenas reputaciones: “¡Que cargara el diablo con los humildes, con los pecadores, con los abandonados, con los rebeldes, con los miserables, con todos los que quedaban al margen del orden aceptado!” (LBC, p. 190). De forma análoga al final de La región más transparente, la novela termina con las últimas palabras de la introducción: mientras desde sus las cúpulas, rejas y calles Guanajuato devuelve a la luna un violento reflejo, Jaime regresa, por fin, a la mansión “de cantera” de la familia Ceballos, que se abre para recibirle y en cuyo zaguán verde, imagen de un Paraíso grande y acogedor, reconoce el prenuncio de un futuro equilibrado, definitivamente protegido contra las últimas embestidas de las fútiles esperanzas de una adolescencia perdida.
Paradigma de la cultura católico-burguesa interiorana, la familia Ceballos-Barcácel asume el estatuto de Chronos, actuando como mediadora entre Eros y Thanatos, con el intento de establecer un abcecado armisticio o composición entre el deseo individual y el medio social (Ricoeur, 1986, p. 299). Considerando Eros -aunque hipócritamente- como un indeseable foco de egoísmo mortal, se encarga de fomentar el proceso de interiorización de su fuerza vital (violenta, perturbadora, agónica) a favor de la estabilidad de todo el grupo. Los valores de esa cultura se configuran, por lo tanto, como una paradójica vía de muerte (represión del deseo individual) contra la muerte (rivalidad y aniquilación colectiva). (Ricoeur, p. 301 y 303)
Aunque ansiando una transformación, la misma que pensó identificar en el rito litúrgico, desde su origen Jaime se encuentra irremediablemente condenado a permanecer, inmóvil, en el punto de partida. Dejándose duplicar en una representación abstracta, su sacrificio se convierte en un rito más entre los muchos que gobiernan su restricto mundo. Al contrario de lo que le parece mostrar su percepción, el tiempo que rige su existencia no es, en verdad, vertiginoso y cambiante. Fagocitado por una clase social que impide que el tiempo transcurra, como observa Lydia T. Pinkus21, Jaime Ceballos recorre un trayecto ilusorio. Y esta lectura de Pinkus se confirma si observamos los modos verbales empleados por el narrador a lo largo del texto, a través de los cuales se revela la anticipación del futuro en pleno pasado:
Supo entonces que sería un brillante alumno de Derecho, que pronunciaría discursos oficiales, que sería el joven mimado del Partido de la Revolución en el estado, que se recibiría con todos los honores, que las familias decentes lo pondrían de ejemplo, que se casaría con una muchacha rica, que fundaría un hogar: que viviría con la conciencia tranquila. (LBC, p. 190)
Asumiendo, por fin, el mismo “idioma de lacayos” que había aprendido a destestar con la Literatura, con Goya y el amigo Juan Manuel, Jaime acaba vencido por la fuerza coartadora de los Ceballos-Barcácel, quienes, incestuosamente unidos por los valores que cultivan, en su mundo secreto reviven la astucia de Chronos: devoran a los seres que engendran para que se mantenga inmutable su fuente de poder.
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