[...] Sipes, analizando los datos provenientes de 20 sociedades, la mitad relativamente pacificas y la otra mitad relativamente belicosas, llega a estas conclusiones:
— No existe relación funcional, sobre el tiempo, entre deportes y actividad guerrera.
— La guerra y el deporte combativo no son canales alternativos para descargar tensiones acumuladas, sino que son componentes de una más amplia pauta cultual.
— El modelo de descarga de impulsos no es aplicable a los seres humanos (Id., 80).
En consonancia con su modeloGoldste¡n](1975) cree que existen dos modos de controlar la agresión: remedios a corto plazo y soluciones a largo plazo.
Entre los remedios a corto plazo cita los siguientes:
— Modificar el ambiente físico cambiando la apariencia "deshumanizada"^de edificios, transportes públicos, etc.
— Cambiar el sisterna jurídico penal existente, en su triple componente policial, judicial y carcelario. En primer lugar, acercando a los policías a la comunidad, reclutando agentes entre minorías discriminadas, exigiendo titulaciones medias, con abundantes patrullas de a pie y procurando que los policías vivan en los barrios que deben vigilar. En segundo término, revisando los códigos penales, agilizando los trámites judiciales, de tal manera que en la comisión de un delito, el lapso de tiempo entre la detención del sujeto y su castigo no sea tan dilatado como actualmente acontece, ya que, en virtud de la conocida ley psicológica, es ejemplar y eficaz el castigo que sigue inmediatamente al acto indeseable. En tercer lugar, que las cárceles cumplan las funciones de
rehabilitación, protección y disuasión que teóricamente tienen asignadas (Id., 135-6).
— Diseñar programas de tratamiento psicológico, para jóvenes delincuentes, incidiendo en aquellos rasgos más importantes en el surgimiento de conductas agresivas: impulsividad, pérdida de control cognitivo sobre la conducta, incapacidad de aplazar la gratificación, etc.
— Controlar severamente la venta de armas.
Las soluciones a más largo plazo deben tener en cuenta que la agresión se aprende, y ajustar las estrategias a esa premisa básica: minimizando el número de modelos agresivos, aumentando los costos personales de toda conducta violenta, disminuyendo los refuerzos positivos de la agresión, estableciendo modos de conseguir metas deseables sin tener que recurrir a la violencia, etc. (Id., 146-7). Todo ello, naturalmente, acompañado por un conjunto de medidas sociales y políticas, de intervención en la Familia y la Escuela, los medios de comunicación social, cambios en la estructura social, etc.
Por su parte. Zillman (1979') ajusta sus estrategias de control de la agresión a las funciones que ésta cumple en el comportamiento del individuo. Recordemos que según Zillman la agresión seria para obtener incentivos con bajo costo y para evitar incomodidades o molestias al sujeto. En este sentido, la distribución equitativa de los recursos podría aumentar las posibilidades de no aparición de conducta agresiva. Asimismo, el autor propone técnicas de castigo, que si bien tienen escaso o nulo valor correctivo, todavía, a su juicio, conservan valor disuasor. Se trata de un castigo no físico sino de desprivación de condiciones gratificantes, y que se aplicará de forma equitativa y justa a todos los transgresores de la Ley.